Pudo ser en Madrid, pero fue en Córdoba. Precisamente ciudad de la que Enrique Morente confesó alguna vez guardar uno de los mejores recuerdos de la gira de Omega. El Festival de la Guitarra cerraba su edición de este año con un estreno que, lo quieran o no, se agarraba a las expectativas, algunas justas y otras menos cabales. Treinta años de aquella espantá que produjo Omega en la música popular de aquí a Nueva York y justo en el momento, esta última década, en el que este disco ha sido cabecera y catecismo de una generación de artistas que lo han llevado de la vanguardia a la tendencia.
Una brisa muy generosa para un once de julio en la Axerquía ondea la pantalla que arranca una cuenta atrás en imágenes y dígitos que se detienen en este 2026. Tres vidas decía António Arias, Lorca, Leonard Cohen y Enrique Morente, en el epílogo, mientras bailaba el último vals del espectáculo con el cuarto en discordia, Kiki Morente. El hijo del padre acaparaba un foco especialmente deslumbrante y acallaba el run run tomando solo el centro del escenario, allí donde espera la silla vacía y una conversación pendiente con el maestro, antes de entonar eso de “Un cantaor debe morir”. Pero no debía ser esa noche. Porque aquí no habíamos venido a hablar ni de muerte ni mucho menos de resurrección.
Como no podía ser de otra manera, el comienzo tuvo esos desajustes técnicos propios de un estreno, todo el elenco echándose la mano al pinganillo y el público, que no llenó el aforo completo, con las mismas caras de desconcierto que en el 96, pero por razones muy diferentes, más por lo que no estaban escuchando, la voz de Antonio Arias por ejemplo. Lástima que el encaje de piezas nos pilló ya en pleno “Manhattan” sin haber conquistado ni Berlín ni la Axerquía. No estaba la cosa para que apareciera Estrella Morente como en 2009, de hecho no hubo apariciones sorpresa, y eso que estando en Córdoba algunos pensamos en Vicente Amigo -protagonizó el prólogo del festival este año- en “La Aurora de Nueva York”. Muy plano todo todavía aunque Kiki dejando claro que este Omega iba a tener voz propia, la suya. El primer acto lo cerraban Lagartija Nick con “Niña ahogada en el pozo”, un tema que los granadinos recuperaron también para su reciente disco en directo. Antonio Arias, Juan Codorniu, JJ Machuca y David Fernández se quitaron esas máscaras a lo Jacques Lecoq que ya lucían en su origen y que daban esa dimensión teatral o más bien, de teatrico como diría Enrique, a un espectáculo que debía huir de ese encadenado de salvapantallas actual. A esa propuesta escénica se sumaba y se trufaba entre la banda el irreductible bailaor y coreógrafo Israel Galván en su primera aparición.

El menor de los Morente regresó al escenario para arrancar un segundo acto por tangos, y claro, fuera caretas, aquí Kiki domina. “Solo del pastor bobo” le dio centro al espectáculo y a su protagonista. “Sacerdotes” un tema más libre en estructura, que se convirtió en el primer momento de comunión generalizada en la Axerquía con esa pregunta eterna. ¿Quién te escribirá canciones de amor?. Con “Adán” se cierra la parte más introspectiva, la más humana, la más desnuda, pero la mas reveladora del nuevo actor de Omega que se demuestra preparado para afrontar la última parte del recorrido. Arrancaba la ceremonia comunal a la que todos los asistentes querían sumarse, querían vivir de nuevo o volver a experimentar. Y entonces llegó el “Kyrie Eleison”. No como una canción, sino como una frontera. Las voces de Noemí Humanes y Aroa Palomo, ocultas tras aquellas máscaras blancas, dejaron de ser coros y jaleos para convertirse en un coro litúrgico. Ya no importaba quién cantaba. Importaba la ceremonia. También Israel Galván encontró por fin su sitio. Hasta ese momento había atravesado el escenario como una presencia inquietante, casi un espíritu que se colaba entre los músicos. A partir de ahí comenzó a bailar el silencio, a dialogar con cada pausa y cada golpe de percusión como si fuera un instrumento más. Fue el instante en que el concierto dejó definitivamente de parecer un concierto para convertirse en un ritual. Los golpes del “yunque” de David Fernández devolvieron el cante a la fragua, al origen. Entonces se abrieron las puertas y comenzaron a caer las estatuas. Sonó “Omega”. Kiki volvió a ponerse la chaqueta que había aguardado sobre la silla durante buena parte del espectáculo. No era la de Enrique. Era la suya. Y quizá en ese detalle residía una de las claves de esta nueva lectura. Fue entonces cuando dejó de cargar con el peso de un apellido para sostener, con voz propia, una obra que nunca quiso imitar.
Si el segundo acto había conducido al hombre hasta el umbral del rito, el tercero terminó de consumarlo. "Vuelta de paseo" devolvió el protagonismo a Lagartija Nick, recordando que Omega nunca fue un diálogo entre dos mundos, sino la creación de un lenguaje nuevo. Recuperaron toda la electricidad que convirtió aquel disco en un territorio inexplorado y empujaron el espectáculo hasta ese punto de no retorno donde ya no existían el flamenco, el rock o la poesía por separado. Solo Omega.
Después solo quedaba la oración. "Aleluya" dejó de ser una versión de Leonard Cohen para convertirse en una plegaria contemporánea. Antonio Arias la dedicó a una Palestina libre con una petición tan clara y expresa como «Netanyahu, no dispares. Los niños son inocentes». Durante unos minutos, la Axerquía pareció detener el tiempo. Las voces, el coro, el baile y la banda dejaron de ocupar lugares distintos para formar un único cuerpo. Kiki dejó el centro del escenario y caminó hasta el borde, buscando el contacto con un público que ya no contemplaba el ritual, formaba parte de él.
Todo el elenco abandonó el escenario. El ritual había concluido. Quedaba la celebración. Antonio Arias regresó para poner palabras a lo que acababa de suceder.Y es que el granadino se erigió en el auténtico maestro de ceremonias de la noche, exhibiendo además un estado de forma excepcional, gracias, de paso, a nuestra Sanidad Pública. Habló de las tres vidas que habían hecho posible Omega: Federico García Lorca, Leonard Cohen y Enrique Morente. Y entonces añadió una cuarta. La de Kiki. No como heredero, sino como alguien que acababa de incorporarse a una historia que ya también le pertenece. Antes de arrancar "Pequeño vals vienés", ambos se fundieron en un baile lento, casi íntimo, el mismo con el que se despiden quienes saben que acaban de compartir algo irrepetible.
Pero ya lo decía el guión “Esta no es manera de decir adiós” y la Axerquía esbozaba una sonrisa ya relajada a un lado y otro del escenario. Faltaba la “Dama errante” la que siempre ha estado detrás, entre bambalinas y todo lo ha dandarandado por ellos, tenía que estar la otra Aurora del Albaycín, la Carbonell, quien cerrara al baile y en Córdoba, otra de esas mil y una noches.
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.