Primer año del Primavera Sound New Normal. Primer año en el que el reggaetón y sobre todo el mainstream pop se cuelan en letras grandes en el cartel del festival barcelonés. Y objetivos conseguidos con éxito. Porque si algo podemos afirmar sin temor a equivocarnos es que las mujeres han sido las grandes triunfadoras de esta edición. Suyos han sido los mejores conciertos del año y los que más se recordarán. Lo del reggaetón ya es otra historia. Menos presente en la parrilla de lo que sus detractores imaginaban, al final no ha tenido tanto protagonismo como para arrancarse la pelambrera a zarpazos. Más importancia ha tenido, sin lugar a dudas, la consolidación definitiva del rap como parte indispensable del Primavera y el fichaje de, como decíamos antes, un nutrido puñado de artistas para públicos hasta ahora bastante alejados de la idea que teníamos en la cabeza del festival.

Es obvio que algunos géneros casi se han evaporado (muy poco metal, por ejemplo), pero las guitarras han continuado formando parte importante del cartel con bandas de todo tipo: jóvenes, leyendas que se reunían de nuevo o artistas maduritos que siguen vigentes.

Ahora bien, algunas dudas sí se han planteado. Si cuesta tanto dar con nuevos nombres de guitarras que nuevas audiencias, ¿será más sencillo encontrar nuevos artistas de reggaetón o de pop que lo consigan? ¿Ha bajado realmente la media de edad de los asistentes al Primavera Sound o sencillamente se ha sumado un público muy distinto al que estábamos acostumbrados? La respuesta, el año que viene.

 

Jueves 30 de mayo

Las Odio han dado un paso adelante conceptualmente hablando con su segundo disco. Es posible que la espontaneidad de su debut haya quedado algo apartada, pero a cambio “Autoficción” (19) es un álbum mucho más rico, deudor del post-punk de finales de los setenta y primeros ochenta. De ahí que su actuación resultase ideal para abrir los conciertos al aire libre de la primera jornada de pago en el Fòrum, algo que confirmaron todos los presentes. Las cosas resultaron más complicadas para Elena Setién u Odina, pese a sus actuaciones más que correctas. La gente quería más movimiento y de ahí que Dream Wife tuviesen mejor acogida en el Adidas Originals. Aunque para éxito, el que tuvieron un hora más tarde las japonesas Shonen Knife, a quien la audiencia –de varias generaciones– rindió homenaje de la mejor forma posible. Con un griterío desbocado y con unos aplausos que se extendieron durante varios minutos tras concluir un concierto de puro punk pop efervescente y adictivo. Tampoco les fue nada mal a Aliment, que abrían la tanda de actuaciones especiales del Your Heineken Stage, en el que una banda nacional rendía tributo a uno de sus referentes. Tanto es así, que uno diría que los catalanes sonaron mejor de lo que consiguieron en su momento los propios TV Personalities, cuyo repertorio –quedó claro una vez más– valía mucho más de lo que la historia les ha permitido reclamar. Sorprendieron sobre todo los andaluces Viva Belgrado, que bordaron sus versiones de At The Drive-In, consiguiendo que sonasen incluso más vibrantes.

Mientras todo esto sucedía al aire libre, en el coqueto auditorio se sucedían las propuestas más íntimas y de aroma evidentemente folk. De hecho, la encargada de abrir las actuaciones de este recinto, era una de esas veteranas del folk inglés de finales de los sesentas que, de vez en cuando, el festival rescata del olvido . Bridget St John firmó una actuación correcta apuntalada con su acústica y un violonchelo que creaba un denso colchón de notas sobre el que proyectarse. Un viaje en el túnel del tiempo tranquilo y acompasado que demostró que quién tuvo retuvo. Tras la veterana, le tocó el turno a una joven promesa como Julien Baker que puede salir a cualquier escenario con la tranquilidad de tener discos tan sólidos y bellos como Turn Out The Lights y canciones tiernas y próximas como “Appoitments”. La principal pega es que uno echó a faltar un poco más de tensión y dinamismo en un concierto demasiado plácido, que también hubiera ganado enteros de presentarse en formato banda. Algo que en un festival de esta categoría y un recinto de esas dimensiones debería estar casi obligado por contrato.

Alice Phoebe Lou demostró en el escenario Primavera que tiene tablas y futuro. Su actuación fue brillante y sin estridencias dando preferencia a los cortes de su notable y recién estrenado “Paper Castles“, la banda que la acompañaba cubrió las espaldas de la sudafricana de manera briosa. Como todos los presentes esperaban “She” cerró su set y fue el colofón a una actuación ideal para abrir boca y prepararse a lo que estaba por venir.

Después del espectáculo que montó en su bolo de 2017 en el Primavera, y de hecho, cada vez que ha pisado el Parc del Forum, la expectación era grande para ver con que excentricidad sorprendería Mac Demarco. Pero esta vez, con un disco recién sacado mucho más folk y acústico, su concierto no daba para tanta locura. Con muchas canciones nuevas combinadas con sus grandes hits, Demarco dio un buen concierto que no pasará a la historia. Más o menos lo mismo que nos viene a la cabeza al recordar la actuación de Stephen Malkmus & The Jicks. El año que viene volverá con Pavement, pero esa será otra historia. En realidad, el suyo fue el concierto más obviable de cuantos pasaron por el escenario Primavera durante el resto de la noche. Guided By Voices posiblemente no ganaron nuevos fans con su concierto, pero los que ya tenían salieron siéndolo incluso un poco más. En cuanto a las mujeres, Christine & The Queens ofreció uno de los conciertos más frescos y sólidos de todos los que vimos en el festival. Arropada siempre por sus bailarines pese a ser la verdadera protagonista de su show, Héloïse Letissier cuenta con un bien muy preciado en cuestiones de pop rock, un magnetismo que se entrelaza con un talento que se entiende muchísimo mejor cuando se la ve sobre un escenario. Allí es donde el concepto y el espíritu ochentas de su propuesta toman todo el máximo sentido. Y más desatada incluso se mostró durante su breve colaboración con Charli XCX durante la actuación de esta última. Aparición inesperada, sobre todo teniendo en cuenta que por el festival andaban Carly Rae Jepsen, CupcakKe, Mykki Blanco y Lizzo, nombres con los que la británica ha colaborado en algún momento de su carrera. Juntas presentaron una novedad, “Gone”, una pieza que encandiló a quienes ya estábamos a esas horas rendidos a sus pies. Hubo otras divas en el festival que reunieron a más público y ofrecieron un espectáculo más descomunal, pero a la hora de encajar hits en una hora, Charli XCX fue la campeona. Desde ese “I Love It” que compartió con Icona Pop años atrás hasta “Boys”, “Vroom Vroom” o la final “1999” con la audiencia ejerciendo de Troye Sivan.

Courtney Barnett

Mientras Sigrid hacía bailar y ver la vida con una sonrisa a quienes se pasaron por el escenario Pitchfork (su candidez al hablar sobre su familia se transmitió por el aire, cambiando las expresiones del público), Nas celebraba el veinticinco aniversario de su clásico “Illmatic”, una obra referencial del rap clásico. Lógico, pues, si no obligado, que buena parte de sus canciones nutrieran el concierto de Nas. Así fue, e himnos como “The World Is Yours”, “N.Y. State Of Mind” y “Life’s A Bitch” fueron cayendo para disfrute del personal. Disfrute que, a pesar de estar frente a un repertorio legendario, costaba mantener a lo largo de todo el concierto, marcado tanto por la excelencia técnica de Nas como por una abundancia de tics clásicos que daban cierta sensación de haber viajado en el tiempo (y no para bien). Véase la terrible introducción beethovenesca a “I Can”, por ejemplo. Eso sí, punto a favor por rescatar “Cops Shot The Kid” y “Adam And Eve”, los dos mejores temas del irregular “Nasir” (18).

Las primeras notas del “Iron Man” de Black Sabbath daban la bienvenida al set de Danny Brown en el Ray-Ban, y con él arrancó motores un jueves que hasta ese momento estaba siendo más para echar la siesta que para otra cosa. Empezó con un buen puñado de temas de “XXX” (11), un disco que, si bien suena como un tiro, acusa el paso del tiempo, así que hubo que esperar a “Ain’t It Funny”, que dio comienzo a una traca final centrada en “Atrocity Exhibition” (18), para que el concierto alzara el vuelo del todo. A partir de ahí, eso sí, gloria bendita gracias a un Brown más que solvente al micro a lo largo de todo el bolo.

Mientras todo eso sucedía en los recintos de dimensión más humana, a Courtney Barnett le tocaba graduarse en uno de los escenarios más magnos del festival. Voluntad y ganas no le faltaron, tampoco canciones, pero al finalizar su show la sensación de que el mismo bolo, hubiera brillado e impactado más en una ubicación más ajustada a su formato trío, permaneció en el aire. Pese a todo fue un placer disfrutar de su aguerrido indie-rock y de canciones ganadoras como “Everybody Here Hates You” o “Pedestrian At Best”. Tema con el que se despidieron demostrando que, su crepitar de guitarras, mantiene vivo el espíritu de Dinosaur Jr o The Breeders mucho mejor que alguno de esos mismos veteranos en la actualidad. Y sino que se lo pregunten a Stephen Malkmus.

Interpol no se esforzaron demasiado en sorprender al público –algo que, en realidad, nunca han pretendido– y acabaron por ofrecer uno de sus conciertos habituales, esos en los que no suelen faltar canciones como “PDA” o “Slow Hands”, y en los que van intercalando sus novedades recientes, como en este caso “Fine Mess”.

Erykah Badu empezó prometiendo mucho. Muchísimo. Si me hubieran preguntado durante los primeros quince minutos del concierto habría apostado todos mis ahorros (que no pasan de tres cifras, pero bueno) a que sería uno de los mejores conciertos del festival, tanto por puesta en escena como por el repertorio y por la voz espectacular de Badu. Pero con el paso de los minutos el hechizo se fue desvaneciendo por momentos, dando paso a un concierto un tanto irregular en el que, en ocasiones, surgían momentos realmente brillantes. ¿Concierto irregular con momentos brillantes? Podríamos estar hablando también del primero de los dos shows de Dirty Projectors en esta edición del festival. Porque así fue su actuación. Una hora de viaje musical con escalas en el lugar exacto en el que le apeteciera a David Longstreth y su nutrida banda, una suerte de Talking Heads de la nueva era, con ganas de deconstruir el legado del Paul Simon africanista y convertirlo en una experiencia bizarra entre el pop experimental, la world music y la ingesta de alguna planta relajante importada de alguna cordillera africana o asiática. Pero una experiencia inimitable y capaz de llenarnos.

fka twigs primavera sound 2019 montse galeano

FKA Twigs

Del escenario Seat Village Stage nos quedamos con dos. Si pones el “1 Sec” de Novelist para calentar de cara a un bolo tienes que estar muy seguro de lo que vas a hacer después. Por suerte, Erik Urano y Zar1 son los adecuados para una misión así, y más teniendo en cuenta lo contado de sus apariciones públicas. El vallisoletano dio un repaso enérgico y especialmente saltarín a lo mejor de todo su repertorio, tanto de sus referencias para Breaking Bass como el reciente “Balaclava” (18) o esa obra maestra que es “Cosmonautica” (14), y desplegó todo su universo sonoro de forma impecable. No se le podía pedir más. IDK, por su parte, dio muestras de ser un artista aún en crecimiento con un bolo correcto y un tanto evidente en cuanto a sus influencias principales. Ganas y habilidades al micro tiene, y pide a gritos una oportunidad en un escenario más grande. Y hablando de escenarios más grandes, Future llegó al Seat para demostrar por qué su directo está entre los mejores del trap atlantero, y estuvo a punto de hacerlo. La propuesta es, a decir verdad, infalible: audiovisuales de altura cargados de glitches, con efectos también en las pantallas laterales, graves de los que te cambian de sitio los órganos y una batería de hits inapelable. Pero esta vez se hizo de rogar un poco –le vimos en Lisboa con un espectáculo similar y un setlist más sólido hace dos años– y la recta inicial del concierto fue más floja de lo que podría haber sido, empañando uno de los conciertos con más puntos para brillar de la jornada. Había expectación por el regreso de FKA Twigs, alimentada entre otras cosas por inactividad reciente, y estuvo tan justificada a priori como a posteriori. Un show hipnótico, dividido en cuatro actos y sostenido en una Thalia Barnett magnética, vocalmente impecable y espectacular en todos los números de danza. Comenzó sola frente al telón, siguió rodeada de bailarines, en el tercer acto desveló la estructura de andamios que se ocultaba tras la cortina y en la que estaban parapetados los músicos, tomó una espada samurai para una coreografía de inspiración wushu y dejó un mar de bocas abiertas elevada en la barra de pole dance, auténtico clímax de uno de los conciertos más ambiciosos de este Primavera.

Empress Of no es una recién llegada y a pesar de algunos fallos técnicos provocados por un apagón informático -estas cosas antes no pasaban- sacó la actuación adelante. Lorely Rodriguez ha pasado de quedarse triste en su habitación, a intentar hacer bailar a todo el mundo. Sin embargo, su abrazo al pop más bailable no ha rebajado la calidad de su propuesta. En directo ella y otra músico llevaron los mejores cortes de su repertorio a un nivel fiesta poco esperado. No toda la música que se baila tiene que estar vacía.

Mykki Blanco supo sacar partido de la hora (alrededor de las cuatro de la mañana) y protagonizar un show impactante, caótico y destinado a ser recordado por cada uno de los que estaban allí como algo especial. Con fuerza, con una energía diferente a todo lo visto hasta el momento y con momentos mágicos, como la coreografía improvisada con una valla de seguridad gigante. De los que dan la sensación de estar viendo algo realmente vivo y de los que frustra explicar en palabras.

Lo que fue una lástima es que el escenario Adidas Originals no remontase demasiado el vuelo tras el concierto de Shonen Knife, pese a la solvencia de algunos de los legendarios artistas que se pasearon por sus tablas. Ocurrió con Stiff Little Fingers –quienes más público congregaron–, cercanos y eficaces, capaces de estar a la altura pese al paso del tiempo. Si alguien se preguntaba si iba en serio eso de que Metallica les han elegido especialmente para ser teloneros suyos en junio, sepan que es cierto. Las escasas bandas de metal que formaban parte del cartel de este año lucharon contra los inconvenientes horarios, pero salieron bien parados. Myrkur, pero sobre todo Carcass. Sonaron contundentes e intensos como sus seguidores esperaban, pero tuvieron que contentarse solamente con eso, con tocar para sus fieles. Algo parecido a lo que ocurriría con Nitzer Ebb hacia las tres de la noche. “Cuánto has cambiado”. Frases manidas en un ridículo ascensor. Cuñadeces que no se pueden aplicar a ellos, que tras casi cuarenta años de carrera siguen siendo garantía del mejor –y el más oscuro– baile. Lo único moderno en su existencia es el impoluto traje de Douglas Mccarthy, el resto es un viaje en el tiempo con paisajes industriales y techno. Su EBM inamovible embelesó a propios y quién sabe si también a algún que otro extraño.

 

Viernes 31 de mayo

Aunque Lucy Dacus y Snail Mail no ofrecieron malos conciertos, el viernes a primera hora destacaron más el puñado de artistas nacionales elegidos para abrir fuego. A saber, Putochinomaricón, Lidia Damunt y María José Llergo, cada uno de su padre y de su madre.

Yo soy de los que ha quedado un poco decepcionado con lo nuevo de Putochinomaricón, no me voy a esconder. Escogería cualquier tema de la primera mixtape por encima de todos los de la última. Pero tampoco voy a negar que en el Primavera salió a por todas y le salió bien: hasta la parroquia guiri quedó convencida por un espectáculo mucho más completo (ya no sale él solo con un portátil, sino que apuesta por la performance con acompañantes) en el que brillaron más que nunca esos pequeños himnos de “Corazón de cerdo con ginseng al vapor” (18). Petardeo, diversión y reivindicación: básicamente lo que definió el viernes del Primavera 2019. Petardeo poco con Lidia Damunt, eso sí, pero mucha reivindicación y bastante diversión. En formato trío y mucho más suelta que nunca, Damunt ni se inmutó por la hora con la que le había tocado lidiar. Gracias a ello, ofreció un concierto que no tenía nada que envidiar a las artistas internacionales con las que tenía que competir en horario.

María José Llergo está ahora mismo en pleno proceso de crecimiento y de maduración de su música. Rompiendo fronteras y clichés, pero manteniendo las coordenadas más personales de su propuesta, se permite experimentar con la electrónica de luminarias nacionales como Lost Twin –en estudio y en concierto– o Skyhook –en estudio–. Cada día da un paso adelante y ninguno atrás. La miramos, y la vemos… cada vez más arriba.

El jazz nunca ha sido el fuerte del Primavera Sound, pero algo, lo que se dice algo, siempre ha habido, especialmente cuando se toca con otros géneros. Y en eso Sons Of Kemet son los reyes. Cuatro baterías sirvieron de fuerza de choque junto a la tuba de Theon Cross y el saxofón de Shabaka Hutchings, y dieron rienda suelta a su cara más contundente con los cortes del sobresaliente “Your Queen Is A Reptile” (18) como excusa. Algunos detalles y matices del disco se perdieron en la vorágine afrobeat, pero la fuerza del directo lo compensaba con creces.

Kurt Vile

El dominio de la guitarra de Kurt Vile es simplemente exquisito y lo volvió a demostrar. En los festivales los artistas suelen disponer de alrededor de una hora para tocar, y a veces parece haber la costumbre de que tienen que meter tantas canciones como se pueda allí dentro. Pero no fue el caso de Vile & The Violators en el Pull&Bear. Fueron ocho o nueve temas tocados tranquilamente, dándole caña cuanto tenía que hacerlo y siendo tierno cuando tocaba. Un Kurt poco hablador, pero dando un concierto para disfrutar. Al mismo tiempo, en el Primavera, Geoff Barrow imprimía su ritmo a base de motorik sucio con BEAK >, en compañía de Billy Fuller y Will Young. Como Low unas horas más tarde, disfrutarles requiere de cierta concentración y esfuerzo, pero cuando uno escucha el clic en su mente y se mete dentro del concierto, la experiencia se suma a nuestra lista particular de citas para el recuerdo. Ambas lo fueron, aunque la propuesta de los estadounidenses no está tan encorsetada como la de los británicos, pese a ser tres músicos. Los de Duluth ganaron por eso y porque BEAK> jamás tendrán a Mimi Parker en su formación.

Julia Holter nos robó el corazón a todos en el auditori del Forum su música merecía un escenario así, y ella respondió con creces. Su propuesta, tan difícil  de digerir para muchos, es un manjar para los que conectamos con su rico universo. Su folk de influencias clásicas y del mundo de la lírica la convierten en una pieza fundamental de la música actual. ¿Recuerdan cuando P.J Harvey arriesgaba? pues cabe decir que estaba lejos del poderío de la Julia actual.

Diría que pocas bandas pillaron tan por sorpresa al público guiri como los andaluces Derby Motoreta’s Burrito Kachimba. Porque si querían energía, la tuvieron a porrillo; si querían producto español, ellos lo son; y si querían una combinación sorprendente, qué duda cabe de que los Motoreta tienen mano diestra para fusionar el mejor rock andaluz de los setenta con el desparpajo psicodélico del siglo XXI. Por eso a nadie le extrañaría que la ovación final tras “El salto del gitano” hubiera destrozado algún que otro tímpano en las primeras filas.

Carly Rae Jepsen decidió no apostar por la grandilocuencia y dejar que las canciones brillaran por sí mismas. Y la mayoría de ellas lo hicieron. Tanto que se permitió el lujo de soltar “Call Me Maybe” hacia la mitad del concierto, quizás para quitarse de encima a quienes la han clasificado de one hit wonder a pesar de que, con el paso de los años, ha acumulado una buena colección de canciones redondas y vitales. Como espectáculo fue un poco más predecible de la cuenta y no aportaba mucho más de lo que se puede encontrar en estudio, pero a pie de escenario, con espacio suficiente para bailar y purpurina en abundancia, funcionó exactamente como debía.

Nadie podrá decir que Miley Cyrus no lo intentó. Vino con formación completita, se enfundó el cuero, salió dispuesta a demostrar que estaba hecha toda una rockera, y se desprendió de un tesoro como “Nothing Breaks Like A Heart”, de lo más contundente de su setlist, rapidito. Pero Miley Cyrus sonó antigua. Además, tocó poco. Los muchos que se desplazaron a verla, eso sí, se movieron de lo lindo. Una estrella, pese al riesgo de boutade, es una estrella. Quien sonó antigua, pero con fundamento fue Liz Phair. La revelación que supuso “Exile On Guyville” (93) se evaporó conforme sus siguientes discos la llevaban a otros puertos en los que nadie nos esperaba. El mensaje se mantiene ahí veinticinco años más tarde, pero nosotros ya no estamos para su rock americano impecablemente ejecutado. En el escenario Primavera, Jawbreaker ofrecían la dosis anual de hardcore y lo hicieron con una dignidad encomiable. Blake Schwarzenbach se mostró afable, sonaron muy bien y los tres nos hicieron recuperar unos años que todavía teníamos muy frescos en la memoria, pero nos faltó un plus de intensidad para que su presencia en el Primavera Sound se escribiese en letras doradas.

Ya hemos hablado de los shows de Carly Rae Jepsen y Miley Cyrus, pero si hubo una ganadora auténtica en el duelo de divas o divinas de los dos escenarios más grandes, esa no fue otra que Janelle Monàe. Salió convencida y conocedora de que su último disco, “Dirty Computer” le proporciona un universo conceptual muy sólido que desplegar sobre las tablas,  y eso se vio reflejado en temas como “Crazy, Classic Life”, Django Jane” o un “I Got The Juice” que aprovechó para invitar a tres chicas del público a demostrar sobre las tablas que eran poseedoras de ese ‘juice’ del que ella anda sobrada. . Un set-list que no obstante se hizo algo corto, pero al que sacó todo el partido del mundo apoyada en el cuerpo de baile que le acompaña,  sumado a un vestuario de ensueño que tuvo su punto álgido cuando recrearon el videoclip de “Pynk”. En “Make Me Feel” se coronó como digna sucesora de Prince y se despidió por todo lo alto con una esperada “Tightrope” muy coreada en la que se dejó querer por el público

Tame Impala

Y mientras Suede convencían -y mucho- a los nostálgicos con un repertorio en el que no faltaron los grandes clásicos y con un Brett Anderson en plena forma, Tame Impala se lanzaron a un show preciosista y preciso que dejó un excelente sabor de boca. Y todo  gracias a una ejecución impecable y unas proyecciones de tinte psicodélico que auparon hasta la cima temas ganadores como “Elephant” o esa “Feels Like We Only Go Backwards” que los empareja de forma directa con The Flaming Lips. Una banda a la  parecen  haber pillado el relevo festivalero. Solo cabe esperar que en el futuro no se queden tan atascados como estos.

Aldous Harding basó su set del escenario Pitchfork en “Designer” y nos dejó con el corazón al borde del quebranto, Aldous tiene una personalidad arrolladora, llega incluso a incomodarte con esa seguridad en sí misma que tiene. “Zoo Eyes”, “Treasure” o “The Barrel” se incrustaron en el alma de los presentes y nos dejó sin aliento. Su folk de ultramundo retumbó gracias a unas canciones exuberantes tan brillantes como el futuro de la neozelandesa. Otro de los grandes momentos del Primavera de este año.

Yves Tumor salió con atuendo glam y una banda convencional –si se le puede llamar convencional a un guitarrista que parecía haber salido de una audición para Mötley Crüe– que reproducía el ruidismo de su música dentro de coordenadas rockeras, lejos de los ropajes electrónicos de visitas anteriores. Y las cosas como son, si decidimos meterlo en esa categoría, diría que el de Yves Tumor fue uno de los mejores conciertos de rock del festival. Sí, por encima de todas las viejas glorias del indie por las que pasé. Sorry not sorry. Hubo quien pensó que habría un concepto más reivindicativo dentro del show, pero al fin y al cabo, Yves Tumor no necesita verbalizar la transgresión. Solo encarnarla. Para verbalizar tenemos a Kate Tempest, un torbellino que suelta palabras a la velocidad de una M-249 sin errar nunca el disparo. Donde pone el ojo pone la palabra y donde pone la palabra mete el balazo. Nadie como ella para subrayar ese empoderamiento del que tanto se ha hablado durante esta edición. Un empoderamiento que, en su caso, es sexual, intelectual y de clase social.

El concierto de Mura Masa en el escenario Ray-Ban era uno de los actos de electrónica más esperados por público de todos los ámbitos, y no decepcionó. Si acaso, sorprendió a los que esperaban un dj set y se encontraron un directo bien engrasado en el que Alex Crossan, por momentos, quedaba en segundo plano y dejaba buena parte del protagonismo a Fliss, que ejerció de cantante y animadora incansable interpretando un buen puñado de singles del productor de Guernsey. Se echó de menos alguna colaboración sobre el escenario, como Charli XCX o slowthai, pero más allá de eso demostró ser una garantía para cualquier festival.

No despediremos el viernes, sin echarle un repaso a lo que aconteció durante la jornada en el escenario Adidas Originals. Al margen de la ya citada Lidia Damunt, tuvimos fundamentalmente mucha guitarra y bastante bruta. A excepción, claro está, de las japonesas Chai. Porque las propuestas exóticas esta edición vinieron de la mano de Japón. Para que no se diga que lo único que conocemos del país asiático es el J-pop y las gyozas, tanto Shonen Knife –jueves– como Chai –viernes– y Haru Nemuri –sábado– demostraron que el berreo está más que extendido por el globo. Las más versátiles fueron Chai, capaces de un pop-rock fresquito, y a ratos alucinado. Repasaron sin titubeos su última referencia, “Punk” (19). Menos exóticos eran Amyl & The Sniffers, posiblemente la formación más acelerada y punk de todas las programadas este año. Nos habían visitado hacía unos meses, pero esta vez volvían ya con su largo publicado por Rough Trade y con la mala leche que esperábamos. Los canadienses Fucked Up tampoco es que suenen flojeras, la verdad, pero mientras ellos van madurando y buscando nuevos caminos para su música, Amyl & The Sniffers están todavía en la etapa de pegarse cabezazos contra las paredes, lanzar cerveza sobre el equipo y demás virtudes que nos ha brindado el punk desde sus inicios. Y nosotros tan contentos.

Eso de que no era una edición de guitarras quedó en entredicho desde el primer momento. Con poco público por la coincidencia con Tame Impala, los euskaldunes Lisabö reivindicaron, entre el noise y el post-hardcore, las viejas-nuevas formas: la base importa un bledo, lo importante es la actitud. De eso andan sobradísimos (no fueron tímidos los pogos).

 

Sábado 1 de junio

La resaca acumulada no fue suficiente para minar la afluencia de público en Ama Lou, que ya había dejado muy buen sabor de boca en el último Primavera Club. Aquí repitió éxito y sumó varios puntos a la lista de motivos, entre ellos la presencia escénica, que parece haber crecido en los últimos meses, el paso de tener a un Dj disparando bases a tener una banda sólida detrás –siempre en un discreto segundo plano, eso sí– y el estreno de algún tema nuevo que promete hacerle subir muchos escalones en el cotizado panorama r&b británico.

El sábado pudimos vivir una de las actuaciones más particulares de las vividas en el Primavera durante los últimos años. Le Mystère des Voix Bulgares ofrecieron un concierto para rendir cuentas con quienes se sorprendieron cuando Ivo Watts-Russell publicó dos álbumes de este peculiar coro femenino en 4AD. El tiempo ha pasado y la formación está de vuelta con un disco, “BooCheeMish”, en el que participa la mismísima Lisa Gerrard (Dead Can Dance). Juntas nos llevaron de la mano a través de un viaje extraño y exótico en el que brillaron las solistas y el beatboxer que las acompañaba.

La efervescencia y las ganas de fiesta fueron la nota dominante del bolo de Boy Pablo. Y es que si algo les sobra son ganas de pasárselo bien y, sin duda, fue lo que transmitieron en el escenario. Tenían la papeleta de abrir la programación del enorme escenario Seat y aprobaron con nota. Aunque también es cierto que les faltan años de recorrido para llenar de sonido el escenario. Aun así, con su buen rollo de lo más contagioso y rebosantes de energía, tocaron sus hits para un público considerable teniendo en cuenta la hora de su concierto.

En la categoría de sorpresas, Haru Nemuri se llevó la palma. El festival la presentaba como una “idol atípica”, y lo es: pasa del screamo al j-pop y de ahí al hip hop en segundos, y engancha más /y más rapido) de lo que parece. Creo que fue el concierto con un porcentaje mayor de gente sonriendo después de Balvin. Y a la vez, mientras en el Adidas Originals se escuchaba japonés, en el Ray-Ban se escuchaba yoruba gracias a Daymé Arocena. La cubana llevó una propuesta relativamente clásica y jazzera que salpicaba continuamente de ritmos como el bolero, la salsa y el guaguancó. La gente no bailaba mucho, pero había una razón de peso: la voz de Daymé provoca bocas abiertas y ojos como platos con mucha facilidad.

Built To Spill lograron reunir en las primeras filas a los más veteranos del lugar, esos que hace veinte años vieron su vida cambiada por discos como “Keep It Like A Secret” y no les defraudaron. Aquellos ajenos a la leyenda de la banda decirles que se perdieron un pedazo de historia del rock fundamental. Al final en el festival hubo más guitarras de las que nos quieren hacer creer. Por ejemplo, las de Primal Scream, convertidos con el paso en una formación de rock’n’roll clásico que poco tiene ya que demostrar. Su concierto de este año no tuvo altibajos y la despedida con “Country Girl” y “Rocks” del tirón frente a un escenario Primavera llenísimo dejó claro que su público les continúa siendo fiel.

Frank Carter & The Rattlesnake

Frank Carter & The Rattlesnakes vendrían a ser algo así como la versión contundente de Alex Turner, un tipo que aparte de canciones redondas tiene un corazón que no le cabe en el pecho, como demostró con sus discursos entre canciones y su entrega en directo. Si alguien buscaba locura y actitud rockera Frank era su hombre. Nada más empezar el concierto ya estaba cantando sobre la gente y es que Frank lo dio todo. “End Of Suffering” es su disco más redondo y con actuaciones como esta se ha ganado el cielo. Una palabra, actitud. Kali Uchis fue una de las decepciones dolorosas del festival. Un concierto más bien plano y frío, desaprovechado a nivel de repertorio (¿cuántos temas sobresalientes de “Isolation” (18) quedaron fuera?) y de esos que, sin ser terribles, no acaban de convencer a nadie. La versión del “Pobre Diabla” de Don Omar fue, probablemente, lo mejor de una actuación con mucho más potencial de lo que pudimos ver sobre el escenario. Una hora más tarde, la hermanísima, léase Solange, ofrecía un concierto intachable, el tercero en el festival a lo largo de estos últimos años: escenografía cuidada, una banda impecable y una voz a la altura de pocas. Todo ello al servicio de un repertorio que evita la linealidad gracias a las indudables virtudes de la estadounidense.

Posiblemente Nathy Peluso  era, a priori, de las menos trascendentes ante tanta diva encumbrada que tocaba en el festival Sin embargo, lejos de amilanarse, la argentina salió como un vendaval con ganas de comerse el escenario y demostrar que no estaba dispuesta a que se le quedara grande. Su urban latino tiene luces y sombras y no todo el repertorio está a la misma altura, pero a actitud y desparpajo no hay quién la gane y su fiereza interpretativa dejó huella en temas como “La Sandunguera”. De tapada nada de nada.

Quién nos iba a decir que una de las mejoras propuestas electrónicas, con la finezza por bandera y dispuesta hacia los paisajes, la íbamos a ver en Mordor. Ni en los cierres, ni en el Bits. James Blake tuvo el sábado un slot envenenado: tarde ya para andar con florituras demasiado ralentizadas pero todavía pronto para soltar manduca de la buena. Encontró el equilibrio perfecto. A sus sintetizadores, y acompañado de batería, el británico desgranó “Assume Form” (19), incorporando construcciones más variadas a su canónico soul electrónico. A la vez, subió la intensidad en la parte final del show. Y el público lo agradeció. Acabó vitoreado. En calidad, las sesiones de la noche ya no remontarían.

J Balvin

Pusha T nos dio menos de lo esperado. El pesado inicio con el DJ haciendo de calentamiento en una actuación de una hora estaba fuera de lugar, aunque eso provocó el histerismo del respetable cuando salió a escena Push. Los cortes de “Daytona” sonaron brutales, el público estaba entregadísimo pero faltó algo que sí nos dio Danny Brown, esas ganas de comerse el mundo. A pesar de todo y aunque parezca mentira, Push demostró por momentos no tener rival.
Algo quedó claro en los arranques del concierto de Rosalía: la sorpresa fue mutua. Los asistentes, que desbordaron el escenario Pull&Bear en uno de los bolos más multitudinarios de la edición, fliparon con la puesta en escena. Y la catalana debió emocionarse también ante la respuesta del público, pues las lágrimas estuvieron a punto de brotar tras una interpretación celestial de “Catalina”. Ahí se sesgó algo el sentimiento. La evolución de Rosalía desde la pasada edición de Sónar (aún con “El mal querer” por estrenar) ha sido apoteósica y ahora la cantante es una estrella del pop, también sobre las tablas: coristas, bailarines, pantallas y brilli-brilli. La emoción, y a ratos el poderío de una voz enmascarada por el beat, quedaron relegadas en adelante por el baile. Cierto es que sólo hacia la mitad, el repaso de los interludios más calmos de su último disco, hubo algo de valle. El receso acabó cuando sus últimos éxitos sonaron en tromba: “Con altura”, sin Balvin (sí subió James Blake, algo hierático), o “Autu Cuture”. Y el público fundió baterías en los stories. Otro new normal de este Primavera Sound: podemos tener divas del pop con acento catalán. Un poco más tarde, ahí estaba el embajador del reggaetón. “Y si el pueblo pide (Reggaetón, reggaetón)/No se lo vo’ a negar (Reggaetón, reggaetón)”. J Balvin se sabía protagonista, quizás no de un momento histórico, pero sí de un punto de inflexión. El primer artista de reggaetón en un escenario grande del Primavera. Y anda que no ha habido revuelo y comentarios catastrofistas por un cartel que, a la hora de la verdad, tenía… ¿un 1% de reggaetón? ¿Menos? El caso es que la actuación de Balvin, por motivos varios, era de las importantes, y supo aprovechar ese foco con un concierto para todos los públicos. Para todos, todos. Un greatest hits en toda regla, tanto que fueron varios los temas de “Vibras” (18), el disco que, al fin y al cabo, le ha llevado hasta el Primavera, los que se quedaron fuera. La puesta en escena hipercolorista, sobradamente conocida para cualquiera con cuenta en Instagram, los muñequitos nube-Michelín, los pequeños ganchos escénicos que iba introduciendo según el tema… Todo al servicio de un espectáculo desenfadado, divertido y diseñado a medida para hacer disfrutar. “Hago música que entretiene”, canta Balvin en un “Mi gente” con el que acabó por todo lo alto el primer gran concierto de reggaetón del Primavera Sound. Y si Balvin era la prueba de fuego del género, no será el último gran concierto de reggaetón del festival.

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Rosalía

Neneh Cherry es como el diablo sabe más por vieja que por diablo y nos llevó al cielo con un setlist elegido con sabiduría, salteando sus cortes más recientes con sus clásicos de toda la vida. Acompañada de una banda de músicos como la copa de un pino, ella disfrutó sobre el escenario casi más que nosotros la inicial “Manchild” o su ya mítico “7 Seconds” fueron un regalo inolvidable. El cierre con “Buffalo Stance” la guinda de un concierto para enmarcar. En el escenario Adidas Originals, June Of 44 nos dejaron sin habla, nos robaron el corazón y nos llevaron atrás en el tiempo. Pocos hablarán de su concierto pero lograron que nos olvidásemos de dónde estábamos y que hacíamos allí. Teletransportados por una banda que ejecutó un cancionero con una precisión de cirujano y que mantiene toda la contundencia de sus años de gloria. Algo parecido ocurrió con The Messthetics, tres instrumentistas del copón bendito que saben cómo dejarse llevar frente al público como si estuviesen ensayando en su local con la puerta abierta. Joe Lally y Brendan Canty llevan tocando juntos décadas, de ahí que no sorprenda la precisión de sus cambios y sobre todo la química especial que crean con lo mínimo. Mientras, Anthony Pirog deja que su guitarra jazzy y progresiva navegue sobre lo que sus compañeros crean. El año pasado publicaron un álbum, pero la verdad es que su actuación hubiera funcionado igual sin que ni siquiera les hubiésemos escuchado una vez. Ah, y además su presencia supone lo más cerca que han estado Fugazi de tocar en el Primavera Sound hasta la fecha. Y ya que estamos con post-hardcore y similares, Shellac, todavía a la luz del día, ofrecieron una más de sus conciertos. Sería una estupidez decir si fue de los buenos o de los no tan buenos, porque el año que viene volverán a estar ahí y nosotros con ellos.
Lo de Stereolab es de otro planeta. Llevaban diez años sin hacer giras, de hecho el del Primavera Sound era el quinto concierto desde que volvieron a activarse a finales de mayo, pero eso no se notó ni lo más mínimo durante la hora, más o menos, que duró su actuación. Y es que sonaron como si jamás se hubieran separado y como si llevasen una década de tour seguido. Rozaron la perfección en cada uno de sus temas, la ejecución fue impecable, pero no por ello se mostraron herméticos o prefabricados, sino todo lo contrario, en este caso, el control les otorgó libertad. Para muchos fue la primera vez que veían de la banda sin Mary Hansen –líder vocal junto a Laetitia Sadier, desaparecida en 2002–. Activaron el engranaje con “Come And Play In The Milky Night” iniciando una selección excelentemente hilvanada, sin fisuras, movida por un reluciente motor kraut pop, en la que no faltaron “Miss Modular” “Metronomic Underground”, o “John Cage Bubblebum”.

El sábado fue testigo, según avanzó de la noche, de tres de los conciertos de rap más salvajes y celebrados de todo el Primavera. Por una parte, CupcakKe, que fue al grano desde el minuto uno con un repertorio sin fisuras, una fuerza desatada y un sonido que golpeaba duro, duro. Honestamente, podría pasarme seis horas viendo a cientos de personas cantando letras como “His dick smaller than my toes/I’d rather ride Squidward nose” a grito pelado. Más tarde Jpegmafia demostraría, una vez más, que la reputación de sus directos está plenamente justificada. Esta vez pasó más tiempo encima del escenario que abajo –en el Primavera Club no fue así–, pero fue igualmente visceral y a la vez, de alguna forma, cercano y encantador. Bonus track: en un momento dado cantó con una baguette en la mano. Por último, slowthai se resarció del concierto regulero de hace unos meses –también en el Primavera Club– con un set sudoroso y triunfal. Buscó el equilibrio entre sus viejos temas y los de “Nothing Great About Britain” (19), se quedó en gayumbos al poco de empezar –toda una seña de identidad ya– y no tuvo que insistir demasiado para que se empezaran a montar pogos hooliganeros de esos con los que vas descubriendo moratones durante los dos días siguientes. Una hora antes, también en el escenario Pitchfork, Danny L Harle, uno de los principales representantes de PC Music que andaban este año por el Primavera, se descolgó con un set anfetamínico y perfectamente estructurado con el que, a su manera, reclamó a gritos un revival eurobeat. Él o los que estaban allí dando botes como si no hubiera mañana. O todos, ya no sé. Pero, por Dios, que haya un revival eurobeat.