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James Blake Assume Form

Nadie lo duda. Podría haber triunfado en el tenis, el fútbol o el atletismo. Se decantó por lo último, y sobresalió en sus actuaciones. Hasta que se hartó. Cuando se pasó al balón, hizo pruebas en un par de equipos, pero acabó arrinconado en la liga australiana. La historia es la de Usain Bolt pero, lo crean o no, tiene mucho que ver con la de James Blake. Ambos andan en los primeros compases de la treintena y son genios en lo suyo (siendo lo suyo muchas cosas).

La vuelta del británico en 2019 con “Assume Form”, cuarto disco de estudio, se parece a las andaduras del jamaicano en el Central Coast Mariners; lejos queda ese sueño del cambio por todo lo alto, de debutar directamente con el Borussia Dortmund. Aunque el atrevimiento de no seguir haciendo rodar la manivela en el sentido bien, el predecible, merece un reconocimiento.

El londinense se lo pasó todo de joven: dubstep, soul, contemporáneo. Pero su incursión en un pop algo más de vanguardia, urbano y abierto de miras, camino parecido al que han adoptado otras de las voces más respetadas de este siglo, su amigo Bon Iver, por ejemplo, se ha quedado algo por debajo de su caché. En una liga exótica.

James Blake ha escuchado los vientos de la modernidad y ha descompuesto su ego en Assume Form. Lejos de una obra redonda como “Overgrown” (13), el británico ha jugado al paseo revuelto pero con poco peso más allá de aquello que él realmente ya sabía hacer: emocionar vocalmente y con bases que no son más que un tintineo, acompañadas de una sutil melodía a piano. Espacio y silencio. El nuevo largo de Blake contiene más recorridos, más emociones: se ha reconocido, se ha aceptado, ya no sólo está roto. Hay un vistoso choque con la imagen del londinense de hielo, incluso en la portada. Cierto es que logra embelesar con el tema que abre el disco, homónimo; o que fulmina al oyente en el cierre, con la preciosa ‘Lullably For My Insomniac’, donde cimienta una de sus particulares iglesias sonoras; y que sorprende al final con la risueña ‘I’ll Come Too’ o la optimista, vestido inusual, ‘Power On’; pero se pierde en aguas demasiado inconcretas con el cotizado Travis Scott (‘Mile High’) e incluso con Rosalía (‘Barefoot In The Park’), con quien se aventura con el castellano, apuesta autolesiva, y con quien comparte la idea, con matices, de hacer un disco dedicado al amor. No sólo a la parte quebradiza de éste. También, ojo, a la ilusión.

James Blake está destinado a brillar en lo que quiera. Vuelva o no a su particular atletismo. Las condiciones le son prácticamente innatas y las ganas de probarse, existen. La paleta de colores se ha abierto sin remedio: ya no es sólo un chico modélico, ahora hace lo que le da realmente la gana. Encandile o no con ello.

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