Localice a un músico con talento, déle la posibilidad de una vida fácil de sexo con modelos, muchas drogas y rock and roll. Déjele espacio para dar conciertos pésimos en el que tocará grandísimas canciones y tendrá usted una nueva víctima a la que devorar. Junto a los Libertines, Peter Doherty formó parte de la banda más influyente de la pasada década, con el permiso de los Strokes, pero con mejores canciones aunque un poco peor vendidas. Lo que en el grupo de Nueva York era pose y plagio, en los británicos era inspiración y Doherty la ha mantenido en sus trabajos en solitario. Tanto en Babyshambles como defendiendo los temas de su último trabajo, “Grace/Wastelands”, no parece haber tenido problemas en ese aspecto. Lo que es triste es que en directo se convierta en una parodia de si mismo, como pudimos ver anoche en Joy Eslava. Van a encontrar muy poco de música y mucho de relato costumbrista en esta crónica, porque la actuación del británico, de concierto, tuvo poco. Tal vez sea que no estoy demasiado familiarizado con el rock para adolescentes, ni con cómo se comportan cuando nadie les ve, o que ser zarandeado por jóvenes realmente molestos –tan jóvenes que da apuro decirles nada- siempre le hace a uno sentirse mayor. Por otra parte, hasta el debilucho de la clase tiene la posibilidad de creerse un semidiós con 18 años. O un dios entero. Y la utiliza.

Unas jovencitas se quejaban por lo que les había costado llegar a primera fila y la cantidad de personitas que querían quitarles el sitio. Bienvenidas al mundo real, queridas niñas, esto es un concierto y así funcionan las cosas. Angelitos despertando al rock de hace cuatro temporadas. Un outlet más en sus vidas. Un telón rojo esperaba la salida de Peter Doherty, mientras que el nerviosismo se apoderaba del público. Salió, y el histerismo se desata antes de que enchufe la guitarra. Esto pinta mal. Sólo con su acústica, empieza con “Can´t Stand me Now”. Se fuma un cigarro, le dan un disco para firmar y, educadísimo, se esfuerza en contentar a un público que ha ido a verle a él, no a escuchar sus canciones. Intercala temas de Libertines con otros de Babyshambles y de su disco en solitario. Algunos aprovechan los momentos de mayor intensidad (acústica) para besarse con ganas, quién sabe si por primera vez. Dos bailarinas de ballet salen al escenario para acompañarle en “For Lovers”. Su voz suena quebrada, pero mantiene ese acento Hockney que le convierte en un cantante soberbio cuando tiene el día, y aunque fuera en momentos escasísimos, brilló durante al menos un cuarto de hora sobre las tablas de Joy Eslava aunque sirviera más de banda sonora para crear los recuerdos de “mis primeros conciertos” que para ver un directo en condiciones. Cuando un “fuck” se celebra más que las canciones, mal estamos. “Don´t look back into the sun”, “Time for Heroes”, “What a Waster” o “What Katty did next” siguen siendo composiciones que pueden defenderse solas sin arrebatos eléctricos, y que tienen un encanto especial en formato acústico.
Poco que decir de los temas nuevos, pasaron realmente inadvertidos. Los chiquillos querían carne, y Doherty se la dio. Paraba el show para hablar con los fans, subió a cuatro al escenario, se quedó con una chica en la siguiente canción y se acercó tanto a ella que a punto estuvimos de tener que llamar al Samur por un vahído. El punto de romanticismo decadente y canalla nunca está de más. A punto de marcharse, le entregan una botella de whisky, le siguen tirando cigarros (no ha dejado de fumar en toda la actuación, ni parte del público tampoco) y le dan un ramo de rosas. Doherty contesta con “Fuck Forever”, lo que no deja de tener cierta actitud. En estos momentos, las primeras filas se parecen demasiado a un patio de colegio alborotado y dado que necesito mis gafas para encontrar el camino a casa, dudo entre hacerme un ovillo para intentar salir, o echarle valor. Escapando de la multitud, vuelve al escenario con una interesante versión de “She Loves You” de los Beatles. Los bises se hacen largos con dos canciones soporíferas que compensa con una agradable “Albion”, con las bailarinas envueltas en banderas del Reino Unido, Saltan espontáneos a cantar, aparecen –inexplicablemente- camareros con bocadillos, y Peter Doherty se da un baño de multitudes volviendo al escenario con su impecable traje, gafas de sol, cigarro encendido y una bandera del Betis. A la salida, alguien que me ha visto tomar notas me pregunta mi opinión. Poco convencido con mi respuesta, me dice que si Doherty ya sabía lo que se iba a encontrar aquí, para qué se iba a esforzar más. Anonadado, deseo que las sombras de la Gran Vía iluminen su corta existencia y pongan algo de criterio en sus palabras, mientras que con las manos en los bolsillos, voy silbando “Fuck Forever”.