Había ganas en la ciudad de acoger al fin la vista de Nacho Umbert, tras dar continuidad el artista al sobresaliente nivel de su debut “Ay…” (Acuarela, 10) en No os creáis ni la mitad” “(Acuarela, 11), demostrando así encontrarse en un excepcional momento inspirativo. El barcelonés posee una escalofriante capacidad para interpretar historias que nos rodean con una sutil ironía apenas apreciable, además de una naturalidad y clarividencia inquietantes con las que hacer partícipe a todo aquel que decida escuchar. Y es que hay artistas cuyas canciones nunca vuelven a representar lo mismo tras recibir el oyente el impacto emocional desprendido desde el escenario. Sucede entonces que el significado de las piezas adquiere un nivel que supera lo meramente anecdótico para introducirse con insistencia en el plano personal. Tal circunstancia se hace agudamente efectiva en la obra del ex Paperhouse, que alternó castellano y catalán a lo largo de temas de sus dos discos como “Confidencias en el palomar”, “El mort i el degollat”, “La moral distraída”, la propia “No os creáis ni la mitad”, “La verdad es que me da igual”, “Colorete y quitasueño” o la desgarradora historia de “El Sr. Esteve”. El autor resultó flanqueado con precisión por Gràcia Pedro en representación de La Compañía, manejándose entre el minimalismo de la guitarra eléctrica, mandolina y slide guitar. Definitivamente recuperado para la escena musical tras más de una década de silencio, Nacho Umbert supo establecer una conexión inquebrantable con un público que completó la mitad del aforo para no arrepentirse, con la veracidad entrelazada de sus canciones ejerciendo como sólidos eslabones entre ambos.