La tarde del sábado acudimos al estadio de San Mamés donde se celebraban los conciertos previos a la gala de la MTV Europe Music Awards, en un ambiente de bienvenida en el que se respiraba aquello de mucha policía y poca diversión.

Los precios populares de las entradas, cinco euros para los asistentes -algo más para los contribuyentes-, hicieron que un espectro de gente bastante amplio tomase la iniciativa de acudir al recinto, si bien parece que muchos demoraron la llegada apurando la hora de cierre de los controles de seguridad.

Sin mucho esfuerzo nos apostamos en una de las primeras filas al lado de la pasarela del escenario, y allí, a partir de las 19:00, Oihan Vega de Gaztea empezó a amenizarnos la espera, con un mix de canciones de La Polla, Su ta Gar (Jo ta Ke), R.I.P. (Lepoan Hartu), Barricada, etc., que entre el repertorio y esa especie de plástico raro que parecía una txosna de las fiestas de Amaña (Eibar) con el que habían cubierto el escenario -y que, la verdad, hubiese sido una fantasía que Muse se lo llevase volando- parecía más bien el preludio de unas fiestas patronales.

Hace ya bastante años, un 9 de abril de 1950 (día de Pascua) durante una misa en la Catedral de Notre-Dame de París, Michel Mourre de unos 20 años, el Pussy Riot originario, con ideación conspiradora y ánimo de remover conciencias, subió al púlpito y leyó un sermón que había escrito su amigo Serge Berna, en el que habló sobre un cielo vacío, acusó de estafa a la iglesia católica y pregonó que Dios había muerto. Todo ello utilizando los medios propios de la institución y, recibiendo a consecuencia, una buena paliza por parte de la turba de feligreses ofendidos.

La noche del sábado, en un ambiente más complaciente y ciñéndonos al terreno musical, nosotros escuchábamos el más actual “Hil da Jainkoa” de Pi L.T. en otro tipo de Catedral, mientras esperábamos la actuación de Berri Txarrak, cuya participación en la World Stage había dado lugar a numerosas opiniones, inquietudes y discusiones desde que fueran anunciados como grupo participante de este evento de la MTV. Y quizá sin quererlo, los componentes de Berri Txarrak se hubiesen convertido en aquella cuadrilla de Michel Mourre, generando con su decisión un debate necesario sobre el modelo de sociedad que se fomenta, incluyendo las propuestas artísticas y musicales, a través de este tipo de eventos franquicia. La paliza en este caso se redujo a otro cisma de tradición histórica en el que algún que otro feligrés zarandeaba la acusación de venta.

Berri Txarrak por Eider Iturriaga – Izarbe Photo

Con esos antecedentes en nuestra cabeza y un cuarto de hora antes de la hora prevista, Berri Txarrak salió por fin al escenario. Bajo la imagen del título INFRA proyectado en las pantallas, en referencia a su último trabajo “Infrasoinuak”, los temas se sucedieron sin descanso y como escurriéndose cada vez más deprisa, como si de la última arena de un reloj se tratase, a lo largo de escasa media hora.

Dieron comienzo con “Etsia”, donde advertimos que los graves iban a atronar nuestro corazón durante toda la actuación, igual que lo haría la imagen de Iñigo Cabacas, impresa sobre el parche del bombo de la batería. “Katedral Bat” se retorcía como verdadero mantra de nuestras propias vidas -desaprender lo aprendido, olvidar lo olvidado, carpe noctem-. Y tras “Spoiler!”, Gorka decidió abordar directamente el “elephant in the room”, señalando que el debate no debería centrarse en si ellos debían estar allí, sino en qué puede hacer cada uno de nosotros para que la cultura euskaldun no permanezca invisible, destacando aquél momento como una plataforma de difusión que no iban a dudar en empuñar. Iniciaron entonces los severos riffs de “Jaio Musika Hil”, con un mensaje de autoafirmación –“Zuek segitu rock’n’rolla sabaltzen, zaindu irudia, guk bihotzak josiko ditugu berriz…”-, con el punto de emoción que podíamos sentir en el recinto. Sonó “Hitzen Oinarri Ahula” cuestionando el amor de quien reduce a las personas a mera propiedad, y nos martirizaron un rato, aunque en términos de aforo nos sintiéramos bastante más cómodos que en el último concierto del BEC, con el tema de agacharnos. La recta final se cerraba con “Ikasten”, “Denak Ez Du Balio” y “Eskuak”, abandonando el escenario entre aplausos.

Tras una nueva incursión de Oihan Vega en nuestros oídos y una breve introducción por parte de la presentadora, llegó el grupo que demostró la dicotomía total entre los gustos del público asistente.

Los Crystal Fighters pusieron la nota de suspense introductorio con unos minutos de txalaparta, y de repente, “I Love London”, y aquello era Eurovisión y Euskal Herria se llevaba los twelve points de la mano de las dos coristas que, después relegadas a un segundo plano de mujer florero a pesar de la voz de alguna de ellas, corrían ikurriña en mano por la pasarela. A pesar de la voz del cantante, que venía de echar el alquitrán en Candanchú, el primer tema sonó pegadizo y añadió un poco de distensión y mamarracheo al espectáculo.

El resto de los temas, calificados como festivaleros de forma reiterativa, fueron un cruce entre la BSO de Banana Joe y los anuncios de telefonía. Sonaron “Love Is All I Got”, “All Night” y “Boomin’ In Your Jeep” entre otros. Resumiendo, gente poniendo gestos de corazoncitos con las manos, algún que otro momento de paquito el chocolatero y finalmente, el estupor generalizado ante la pregunta del esquiador: “¿Entonses vamos a la playita ahorita no?”. Lo más destacable fue sin duda la aparición de “Aukeran dantza konpainia” en “Plague”, con un zortziko txikia que nos dejó boquiabiertos como remate final.

A lo largo de esta semana oí cómo una locutora de radio decía que la noche del sábado, más que con la cultura de base, tenía que ver con otra cosa, “con el espectáculo” decía. Pues bien, si hablamos de espectáculo, el ofrecido por MUSE (fotos inferiores y encabezado) en San Mamés se escribió en mayúsculas.

El sargento Drill Sergeant, alter ego del Sargento Hartman, abría la puerta a “Pyscho” y a la temática futurista, en ocasiones apocalíptica, que inundó el estadio a lo largo de algo más de una hora y que se repartió como una buena dosis de soma entre los allí congregados.

Con una puesta en escena algo más austera que en otras ocasiones, los de MUSE dieron especial protagonismo a los temas del último disco, “Simulation Theory”, que saldrá a la venta este 9 de noviembre de 2018. Realidad distópica, de esta teoría de la simulación, que alguno casi parecía reproducir observando al grupo a través de un móvil que a su vez captaba las imágenes de las 18 pantallas expuestas en el horizonte.

De esta forma sonaron “Pressure”, acompañada de pirotecnia y fuegos artificiales, con pequeño tropiezo de Matt incluido, y “The Dark Side”, en la que salió ataviado con una Manson Mirror preciosa de la que no podía desprender la mirada.

Un batería en trance daba pie a la íntima “Plug in Baby” mientras imponentes columnas de fuego se alzaban a ambos lados del escenario y la gente coreaba arrobada ante una sucesión de imágenes que no conseguían eclipsar el lamento en el falsete de Matt Bellamy.

Siguió “Unsustainable” como interludio inusual y unas notas sueltas que parecían volver el tiempo del revés. En “Madness”, un Chris Wolstenholme impecable a una totémica línea de bajo envolvía la actuación del cantante, manejando con soltura juegos ópticos de estética futurista en los que únicamente su cara y una especie de gafas holográficas eran suficientes para dominar la situación.

Del nuevo álbum también sonaron una “Thought Contagion” quizá algo más prescindible y la atmosférica “Dig Down”, con potente estribillo y vocación de himno, donde Chris se afanaba en dibujar lienzos estelares en el apéndice digital que aparecía adherido al bajo.

El impacto visual de “Supermassive Black Hole” dió pie a “Starlight”, que fue otro de los momentos más coreados de la noche, en un estadio convertido en parte del recital operístico de un Matt de manos desnudas, donde nadie dudaba en creer en promesas de nunca desaparecer. “Time Is Running Out” y “Mercy” fueron las últimas antes de los bises.

Aunque la banda siga evolucionando y experimentando, para la recta final eligieron dos de las piedras angulares de su trayectoria más actual. Un solitario Matt se adelantaba en la pasarela para guiarnos en “Uprising”, durante algunos instantes en los que debió sentirse como un pequeño dios ante un San Mamés abarrotado que seguía su arenga futurista con devoción. Y finalmente, Chris a la armónica -que acabó lanzando al público-, nos ponía la piel de gallina interpretando un “Knights Of Cydonia” que se nos antojó breve a pesar de su duración, poniendo el broche final a la actuación de una banda que, a pesar de su larga trayectoria sigue expandiéndose en todo su fulgor.