Una decena de hombres y una mujer volvieron a poner en el mapa musical una pequeña localidad portuaria inglesa: Bristol. Allí, en los noventa, algunos de ellos y otros más se inventaron lo que se bautizó como “trip-hop”, hipnótica amalgama de sonidos urbanos tamizados por una oscuridad brumosa y densa y una tensión que podía mascarse. Una síntesis futurista pero con corazón, sostenida por el cemento del bajo omnipresente. Como antes Liverpool o Manchester, Bristol se convirtió en improbable capital mundial de la vanguardia musical.

Una lectura superficial guiada exclusivamente por el precio de las entradas -y la muy buena entrada en el recinto madrileño-, nos diría que en tiempos de vacas flacas en las ventas de discos, el colectivo se ha apuntado sin complejos al carro de las efemérides lucrativas. Con su tercer disco Mezzanine (Virgin/1998) llegaron al gran público, pese a flirtear con sonidos robustos, guitarras distorsionadas y ambientes turbios. Una cumbre artística y comercial de aquel género, que vendió más de dos millones y medio de copias, algo hoy inconcebible para un grupo con semejantes inquietudes.

Sin embargo, el milimétrico y hasta cierto punto provocador espectáculo, con proyecciones montadas por el documentalista británico Adam Curtis y el cerebro de la banda Robert Del Naja (quien, para muchos, también está detrás del enigmático e inteligente artista callejero Banksy, aunque eso nunca se ha confirmado), propone bastante más que la simple recreación del álbum. Con el orden cambiado y versiones intercaladas de las canciones que sampleaban (imponentes también las de The Cure y Bauhaus), donde apuestan por su lado de banda de rock sin más artificios que su contrastada melomanía, las canciones van emergiendo de la nada con nuevos matices. Por si fuera poco, en esta gira nos tocaban la fibra sensible con la presencia etérea de Elizabeth Fraser, vocalista de los míticos Cocteau Twins y cantante en tres cortes del álbum, que no se prodiga para nada ante los focos, menos en giras de esta dimensión.

En Madrid les tocaba también compensar su dolorosa cancelación del pasado Mad Cool, que entonces ahondó su imagen pública decididamente hosca. Y lo hicieron a conciencia, pese al retraso de media hora que despertó los fantasmas. El fascinante arranque con su maravillosa relectura de I Found A Reason de Velvet Underground, e imágenes de Tony Blair, Saddam Hussein, Putin y Lady Di intercaladas con una especie de aséptica ciudad futurista, borró cualquier duda: sabíamos que nos esperaba una noche única. La carga política de las imágenes proyectadas y los mensajes en no pocas ocasiones traducidos al castellano, nunca le robaron protagonismo a lo principal, la música, recreada con un sonido nítido, impecable. Ahí es donde se comprueba que esa propuesta en la que confluyen con nervio e intensidad el dub, el hip-hop, la electrónica nebulosa, la angulosidad del post-punk y el rock correoso, no sólo no se ha acartonado, sino que sigue fresca y vigente. Hubo alguna virguería técnica, como la voz grabada de la vocalista Sarah Jay en Dissolved Girl, perfectamente sincronizada con un vídeo. Del Naja, por el cual parecen no pasar los años, está muy cómodo y metido cuando le toca llevar el peso en cortes de oscuridad densa como Inertia Creeps.

Las emociones se desbordaron cuando una tímida Elizabeth Fraser demostró que su voz de otro mundo sigue intocable, mal que le pese a las imitadoras que han surgido en estos años. Ya en el final, el inicio de Teardrop provocó algo parecido a un terremoto, como sucedió con el crescendo y explosión eléctrica de Angel, ésta con la venerable presencia del legendario cantante jamaicano Horace Andy, que había salido dos veces más.

“Estamos atrapados en un bucle sin fin, hay que dejar atrás los fantasmas del pasado, es hora de empezar a construir el futuro”, afirman los de Bristol al final de su espectáculo tras su reflexión sobre la memoria colectiva, la manipulación algorítmica de la información y el caos de Oriente Medio. Saber de dónde venimos para entender cómo estamos. Massive Attack son muy buenos planteando preguntas incómodas. Ni siquiera el acostumbrado hermetismo de Del Naja y compañía -ni una palabra al respetable- o algunas concesiones fáciles -el pim-pam-pum a Trump, por antipático que sea, está ya demasiado visto- empañaron su demostración de poderío en poco más de hora y media en la que, ante todo, conjuraron emociones a escala humana. Lo que, por encima de todo, les ha hecho esenciales.