A voces, pero sin gritos (benditos gritos)
Conciertos / Maria Arnal I Marcel Bagés

A voces, pero sin gritos (benditos gritos)

8 / 10
Yeray S. Iborra — 23-04-2021
Empresa — Festival Mil·lenni
Fecha — 22 abril, 2021
Sala — Teatro Tivoli
Fotógrafo — Jordi Calvera

La evolución de la propuesta es clara como que el mundo es otro desde la llegada del Coronavirus. Y el directo ha seguido los mismos derroteros. La candidez guitarra y voz de sus inicios, la idea de canción de su anterior trabajo, ha cambiado por un espectáculo más estético, coreografiado y vanguardista. Una idea que también está en el nuevo disco y que –sinceramente– en un principio es como cambiarse el móvil. Uno no encuentra nada, pero poco a poco va apreciando las nuevas posibilidades.

El inicio de la puesta en escena de “Clamor” (21) puede pecar de hiperpensado, incluso frío: Maria Arnal de blanco inmaculado compartido con Tarta Relena, bañadas por un rayo de luz angelical, y el resto, oscuridad, y allí, Marcel Bagés y David Soler. Pero entrado el viaje, se potencian las bondades del antes dúo, las bondades del giro radical de “Clamor”: los golpes son más golpes, el silencio es más sobrecogedor y la producción más potente que la ‘canción’.

Quién iba a decir que el “levantarse” –literal, físico– de la anterior gira iba a derivar en una propuesta tan extremada.

Todo en blancos y negros, como ese universo nuevo hacia el que se expande “Clamor”. La música, los arreglos, empiezan muy en segundo plano, apagados. La guitarra, que ya no marca el compás, casi muteada. Las voces mandan. Las voces de Maria Arnal y Tarta Relena sirven para cargar el ambiente, pero también para un lirismo exultante, bello y robusto. Las voces han ganado la batalla. Ecos. Deformidad. A voces, pero sin gritos. Una apuesta, curiosamente, tremendamente exigente para la cantante, que como solista se había probado hasta en el fado, pero no tanto en el pop contemporáneo.

Pese a ser el primer día de tres, el espectáculo ya viene rodado, con estreno en Vic, con el disco todavía en barbecho. No hay ni medio fallo: sonidos y soniditos donde toca, cuando toca. Asusta la precisión. Tal vez por ello, la gente tarda en interactuar. Es mucha información nueva: el dúo ya contaba con ello –comentaban en entrevista para este medio– al dar este paso artístico.

“La gent” entra en paradoja, es paradigma de la tensión en la que vive el nuevo proyecto: una canción coreadísima hasta la fecha, pero que ahora, ante una puesta en escena tan estilizada, con la voz de Arnal al infinito sobre un bajo asfixiante, con cambio de luces apabullante, apaga el graderío, que ahora no canta, solo aplaude.

La gente siente admiración, pero menos puentes a la participación; pese a los intentos de la catalana, que finalmente calan.

“Os invito a cantarla”, dice. Y susurra: “‘Quin plor més gran que duc’…” (“A la vida”).

Silencio.

Segundo intento: “‘Quin plor’…”. La gente se suelta. Algo. Cuesta.

¿Quién sería tan descarado de pintar ante el pintor?

“Este es un disco de muchas voces que se vuelve en todavía más voces. También las vuestras”, insiste Arnal. Por desgracia: ‘decir’ no es siempre motor de acción.

La apuesta artística tan marcada de Maria Arnal y Marcel Bagés tiene el riesgo de museizar el bolo. El silencio espectral mientras se les escucha es como el de no poder tocar una obra en el Prado. Cuesta romper esa barrera. Pero a medida que avanza, el público se sumerge y todo se parece más al graffiti. El respeto no es admirar la obra, sino intervenirla.

“Ball del vetlatori” se toca en su versión prematura: desnuda, el formato canción que les funcionó en sus EPs, que fueron arrinconando en su primer disco, “45 cerebros y un corazón” (17), y que ya en “Clamor” es anécdota, salvo excepción (“Misterio”, “Fiera de mí” o la celebrada, tras bises, “Meteorit ferit”).

Finalmente, “Canción total” rompe la poca tensión esteta que rondaba el Teatre Tívoli, un enclave ovalado, de asiento rojo terciopelo, que no ayuda tampoco a acercar el escenario a las butacas.

El artista de pop se mueve en un lugar extraño, entre su evolución y el habitual –y contrapuesto– anhelo del público; en general, voluntad porque nada cambie, a tenor de los gritos, añorados durante gran parte del concierto, y presentes en “Tú que vienes a rondarme”. Es valiente la apuesta del dúo, pero conlleva asumir tiranteces con parte de su legado pop. Hubo mucho pensado en el bolo, pero también euforia: al final, baile desacomplejado y vívido de Maria Arnal con “Verbena”, un cierre del concierto al que todo el mundo se hubiese unido. “Ventura” es la vuelta a la enajenación que la gente quería para sí: palmas y culos inquietos en los pupitres.

No se preocupen, sigue –y seguirá– en la agenda del dúo la comunicación: “Si algo nos ha dejado la pandemia es la necesidad de reencontrarnos. Tenemos mucho por hacer, reinventar qué significa estar juntas”, comentaba Arnal minutos antes del toque de queda, como preludio del “Cant de la Sibil·la”, una proclama a la destrucción de las ideas que ya no nos sirven y en pro de pensar otras maneras de estar juntos. Todo maridará. Toda nueva forma cuesta al principio.

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