La actuación de Ljubliana And The Seawolf en su concierto del 2016 en Zamora dejó a su paso cierto poso, en un descubrimiento valioso que aún seguía presente entre los asistentes a aquella velada. Entonces, algunos quedamos prendados de la originalidad manifiesta del grupo barcelonés, ubicado en esa liga compuesta por formaciones inquietas artísticamente que, a pesar de su calidad y sólido directo, permanecen poco menos que en el anonimato. En el caso del cuarteto que nos ocupa, quizá ellos mismos se encuentren más cómodos en esa posición secundaria y alejada de cualquier foco, dado su talante anárquico y alejamiento diametral de todo aquello que huela a preestablecido.

Esa es al menos la sensación que también dejó su segunda visita a la ciudad –ahora presentando el nuevo EP “Shit Dope” (Bankrobber, 18)–, en la que repitieron sobre el escenario del Avalon Café y donde se (re)encontraron con un público no demasiado numeroso pero suficientemente entusiasta, sobre todo una vez superada la toma de contacto inicial. La formación da impecable salida a su música, liderada por el arrojo de su excéntrico vocalista (y guitarrista) Pot Batlle –siempre teatrero y pintoresco en su ejecución-, en lo que se sucede como una mezcla indiscriminada y difícilmente clasificable. La electricidad de guitarras noventeras se entremezclan con ambientes propios de los 70 y de las óperas rock o los discos conceptuales, mientras que el kraut-rock, el jazz y la psicodelia también tienen su parte de protagonismo, además del habitual falsete de Batlle apuntando hacia el glam-rock. La miscelánea –tan compleja como hipnótica para el destinatario final– deja a su paso unas canciones plagadas de artistas y estructuras atípicas e irregulares que, pasadas por el tamiz de cuatro músicos compenetrados y solventes, pueden llegar a tornarse fascinantes.

Canciones con peso propio como “Vaccum”, “Burn The Witch”, “Dancing With Wolves”, “Shit Dope”, “Cigarettes”, o una solvente revisión del “Hey” de Pixies ya en los bises completaron algo más de una hora de concierto. Una medida adecuada para los objetivos de los músicos, y tras la cual los asistentes seguían buscando infructuosamente referentes válidos con los que, al menos, ubicar ligeramente al combo. Poco importa en realidad, porque el grupo posee una valiosa identidad que no parece que tengan la más mínima intención de sacrificar, lo que unido a su manifiesta juventud, obliga a seguirles la pista en un futuro inmediato.