Acto de fé
ConciertosLa Liturgia Del Vermú

Acto de fé

8 / 10
Javier Luque — 08-06-2026
Empresa — Teatro Principal de Zamora
Fecha — 06 junio, 2026
Sala — Fundación Rei Afonso Henriques, Zamora
Fotografía — Sara Incera (Cedidas por la organización)

En tiempos en los que muchos festivales parecen cortados por el mismo patrón, con carteles intercambiables y experiencias diseñadas casi con el mismo molde, encontrarse con una propuesta que apuesta por una identidad propia empieza a parecer una pequeña herejía. Pero las cosas bien hechas abren otros caminos y oportunidades. Para empezar, la elección del espacio ya fue el primer acierto de La Liturgia del Vermú: el convento de San Francisco Extraponte –aka Fundación Rei Afonso Henriques– de Zamora.

La idea, además, no podía estar mejor hilada con el propio nombre del festival. La Liturgia del Vermú propone convertir ese ritual tan reconocible de salir a tomar algo al mediodía en una experiencia casi religiosa, pero sin solemnidad impostada: una congregación alrededor de la música, la comida y la bebida entendidas con cierto mimo. Y eso, aunque pueda parecer una obviedad, ya marca distancias con otros festivales, en donde muchas veces todo parece medido menos el cuidado por la experiencia completa del público.

Aquí, en cambio, había una intención más amable y menos acelerada. También en el horario, que arrancaba a mediodía y terminaba a las once de la noche, permitiendo que el festival no fuera solo territorio de quienes encadenan conciertos y pulseras durante todo el año, sino también de familias, curiosos y público que quizá no siempre se acerca a este tipo de propuestas. En ese sentido, el orden de actuaciones no era una decisión casual, sino una forma inteligente de abrir la puerta desde primera hora a la escena local, a los amigos, a las familias y a todos aquellos que entienden que la música en directo también puede disfrutarse sin necesidad de esperar a la madrugada.

Y lo cierto es que el arranque funcionó. Pequeño Rock & Roll tiró de grandes éxitos de los ochenta, noventa y primeros dosmiles, pero sin limitarse a la comodidad de la nostalgia. Su puesta en escena dinámica, cercana y pensada para hacer participar al público consiguió que los asistentes empezaran a bailar y saltar desde el primer momento, algo especialmente valioso en un evento que quería dejar claro desde el mediodía que aquello iba a ser una celebración.

Después llegó el turno de Delameseta, grupo de Valladolid con una propuesta tan divertida como difícil de encasillar. Se les puede catalogar como electrofolk, pero eso solo explica una parte de lo que ocurre sobre el escenario: raíces profundas del folclore, bases electrónicas con músculo y una forma de entender la fiesta que provocó muchas sonrisas y más de un baile regional con espíritu de rave. Vangoura, dúo madrileño formado por Miguel Figueras e Ignacio Alarcón tomaron el relevo en el escenario, cumpliendo con su papel (y en base a su indie-pop contagioso) dentro de una programación que seguía avanzando sin perder el tono de jornada abierta y diversa. Su paso sirvió como transición natural antes de que el festival entrara en una nueva fase, con el público ya más asentado en el recinto y la tarde empezando a coger otro cuerpo.

La llegada de Alice Wonder supuso un cambio de temperatura dentro de la jornada. No era solo otro nombre en el cartel, sino una artista con una obra cada vez más reconocible, construida desde la intensidad emocional, la búsqueda de una voz propia y una forma de moverse entre géneros sin necesidad de quedarse quieta en ninguno. Su concierto fue inmersivo y atmosférico, de esos que no buscan el golpe inmediato sino llevar al público por distintos estados. La actuación transitó desde pasajes cercanos al ambient hasta momentos de psicodelia y electrónica más intensa, construyendo una especie de viaje en el que la voz, las texturas y el pulso sonoro fueron creciendo poco a poco.


Alice Wonder

En una jornada tan larga, el festival supo evitar esos pequeños tiempos muertos que, en otros contextos, pueden enfriar al público entre cambio y cambio de banda. Ahí tuvo mucho que ver la presencia de Retrovisor DJ, encargado de ir amenizando la espera durante toda la jornada con una selección pensada para mantener encendida la celebración sin quitar protagonismo a los conciertos. Su papel cobró especial sentido antes del cierre, cuando la espera del plato fuerte se convirtió en una especie de gran aperitivo final: el público seguía animado, el ambiente no se había venido abajo y el festival llegaba a su último tramo con la sensación de que lo mejor aún estaba por llegar.

Con el terreno bien preparado, llegaba el turno de Carlos Ares (en la foto), cabeza de cartel y encargado de cerrar la tercera edición de La Liturgia del Vermú. Y sí, es evidente que este es uno de esos nombres que ahora mismo parecen estar en todas partes, pero en su caso el entusiasmo tiene bastante justificación. Su propuesta ha sabido acercar el folk a un público más pop sin rebajarlo ni convertirlo en simple adorno costumbrista, construyendo un lenguaje propio donde la canción popular, la sensibilidad melódica y una producción contemporánea conviven con mucha naturalidad.

En directo, además, esa fórmula gana cuerpo gracias a una banda que no se limita a acompañar, sino que llena el concierto de matices, contundencia y mucha calidad. Ahí está buena parte del secreto: canciones que podrían sostenerse desde lo íntimo, pero que sobre el escenario crecen, respiran y se vuelven más físicas y, por momentos, épicas. El resultado fue un cierre a la altura del lugar que ocupaba en el cartel, con esa sensación de estar viendo a un artista en pleno momento dulce, pero también con argumentos suficientes para pensar que no se trata solo de una moda pasajera.

Más allá de los nombres propios, La Liturgia del Vermú dejó la sensación de ser un festival pensado con mimo, tanto para el público como para los artistas. El estreno en la ubicación Fundación Rei Afonso Henriques fue un acierto total: por belleza, por comodidad y porque a un evento con ese nombre le va que ni pintado. Con algunos ajustes, las próximas ediciones podrán incluso ir a mejor, pero lo vivido en Zamora ya dejó claro que hay caminos interesantes lejos de los festivales cortados por el mismo patrón. En efecto, este acto de fe tuvo el cielo ganado a una celebración que colgó el cartel de “sold out” sin necesidad de artificio y fotocopias de otros festivales.

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