Tienes que estar muy seguro de ti mismo para salir a un escenario vestido de amarillo. Pero si te llamas Liam Gallagher, te aguarda una sala llena y principalmente tomada por compatriotas británicos y tienes pensado dedicar la mitad de tu concierto al grupo que te hizo famoso, puedes salir como te dé la gana.

En efecto, el menor de los hermanos Gallagher se presentó el viernes ante una Riviera convertida en un pub de su Manchester natal, con las entradas agotadas desde hace meses por una mayoría aplastante de ingleses que iban a ver a su héroe local, al hooligan por excelencia. Algunos con camisetas del Manchester City pero todos con la enésima cerveza en alto (menos un pobre diablo que ya dormía en un rincón de la sala), corearon a pleno pulmón la banda sonora previa, “A Town Called Malice” de The Jam y “I am the Resurrection” de los también mancunianos The Stone Roses. Y con la consabida puntualidad británica, apareció Liam y los enloqueció aún más con “Rock n roll star”, seguida de “Morning Glory”.

Con Oasis empezó y con Oasis acabaría Gallagher, quien venía a defender su debut en solitario, “As you were” (2017). Hace cuatro años y sobre esas mismas tablas, Liam se comió sus palabras e incluyó dos clásicos del proyecto musical compartido con su hermano Noel en el directo de ese grupo de cuyo nombre parece no querer ni acordarse, Beady Eye (ni un tema aprovechó el viernes). Ahora le dedica medio setlist al terreno de sobra conocido y exitoso, sin repasar al completo un trabajo notable y del que ha asegurado estar orgulloso.

Tiene que estarlo de la pegada de “Greedy Soul” y de los riffs de “Wall of Glass”, títulos más que efectivos y bien recibidos, aunque no entrarían igual después de semejante arranque. Y toda la emoción que podía transmitir la coreada “For what is worth” no tendría nada que hacer frente a lo que vendría más tarde. Menos aún con lo que llegó inmediatamente después, otro ataque de nostalgia al son de “Some Might Say” y “Slide Away”, momentos de cánticos de estadio en los que más en su salsa parecía estar Liam (incluso vocalmente hablando). Aunque el británico va camino de las 50 primaveras y es cada vez más perro ladrador y poco mordedor, la estrella del rock macarra resiste en su icónica postura (manos a la espalda y cabeza erguida buscando el micrófono) y la escasez de palabras hacia un entregado público que estaba recibiendo justo lo que quería.

¿Es una cuestión de inseguridad ante su propio material o realmente tiene Liam como único fin darle a la gente lo que quiere? Porque en esta gira lo consigue con creces. Pasadas tres novedades, volvió a armarla con “Be here now” y tocó hasta la última fibra sensible (y la última pantalla de móvil) del local con “Wonderwall”. Puestos a tirar de Oasis, salta a la vista que no ha elegido el repertorio al azar, reservándose “Cigarettes & Alcohol” (con lanzamiento de micro al suelo incluido) y “Live Forever” para el bis con el que se cumplieron los 70 minutos de actuación.

No ser precisamente un principiante y preparar un setlist breve pero intenso no resulta tan chulesco si se tiene en cuenta que jugaba en casa, tanto por las canciones como por una sala repleta de gente que fue a escuchar a esa inconfundible voz nasal interpretando sus himnos adolescentes. Y es que, al final, quizás lo más desafiante de la velada fue salir al escenario con un chubasquero amarillo.