Que, a día de hoy, Laura Lamontagne es el secreto mejor guardado de la música cocinada en territorio galaico ya se va palpando en cada nueva actuación que va ofreciendo. La polifacética supernova lucense está creciendo delante de un público que, muy reveladoramente, va aumentando y repitiendo rostros día tras día. Una legión de feligreses que se aferran a la expectación de seguir asistiendo a un festín creativo sin filtros, anárquico en esencia pero propulsado por la ambición de trascender con la misma fuerza que pioneros de la reinvención del folk gallego, ya sean Baiuca o Alexandre Villalba. A diferencia de estos dos, Laura cuenta con un desparpajo sobre las tablas que le permite lanzarse a yinkanas de lenguas musicales transoceánicas donde el trance hindú cuaja en loops de raíces atlánticas como “Banharemonos Nas Ondas”, una de sus composiciones más fascinantes; sin duda, uno de los puntos culminantes de su inspiradora actuación del domingo pasado en La Ferretería, de Lugo. En la misma, abrió su cromático maletín de herramientas, donde el tremor poético se confundió con dejes hip hop, gesto aflamencado y dicción portuguesa, entre otros tantos giros imposibles.

No hay límites espacio-tiempo en un imaginario que fue expuesto en algo más de una hora sembrada de guiños a Martin Codax, cantigas seculares y referencias a latitudes impropias de la liturgia pop, (casi) siempre metabolizadas en caligrafía urbana. Así fue a lo largo de una excursión donde pudimos sumergirnos en la Granada valdelomariana de “La rosa y el halo”, en la que Laura sembró el local de un sentimiento casi palpable, físico. Del folk lorquiano de esta última a su hipnótica reverberación de las raíces gallegas a través de electrónica en bucle, el personal asistente fue atrapado dentro de una burbuja soplada por una Torre de Babel, donde tradición y experimentación invocan a un idioma común de transgresión y respeto a partes iguales.

Todo esto y más, pudimos vivirlo en una de esas instantáneas de las que, dentro de unos años, podremos acordarnos los asistentes bajo frases bautizadas con el “Yo estuve aquí…”, en los días que Laura Lamontagne aún no era la pionera reconocida en la que, indudablemente, se acabará convirtiendo en un futuro más cercano de lo que parece.