Penúltima parada de la gira por salas del nuevo disco “La vida es Fuego” de estos renacidos Ilegales, tras una retirada anunciada como definitiva pero reconsiderada por el brote de nuevos temas y vuelta a la carretera. Vuelta accidentada por uno de esos golpes inesperados que suele dar la vida, la muerte súbita de su bajista, Alejandro Espinosa, en plena gira. Como nos comunica Jorge Ilegal a mitad del concierto, tenían dos opciones, depresión o rock & roll y han elegido el rock & roll, afortunadamente.

Arrancan encadenando sin parar temas de sus últimos trabajos, como la declaración de intenciones “Voy al Bar” (la verdadera patria con que puedes contar) o ”Los chicos desconfían” mezclado con alguna perla del pasado como “Chicos pálidos para la máquina” (si no hay odio no hay rock& roll), “Agotados de esperar el fin”, encapsulados en un sonido compacto y rockero de una formación que, por primera vez, cuenta con 2 guitarristas, el propio Jorge, que llegó a utilizar hasta 3 modelos distintos y Mike Vergara que también alternó con los teclados, completados con Willy Vijande al bajo y Jaime Belaústegui a la batería.

De la nihilista “No me gusta el trabajo” (me encuentro cansado y estoy todo el día tumbado) hasta la reciente “Regresa a Irlanda” (esa chica escocesa irlandesa que un día el demonio parió) nos muestran el cambio de temáticas en las letras de Jorge Martínez, pero no la determinación de despacharlas en píldoras de 2 ó 3 minutos sin solución de continuidad, salvo en la maravillosa versión de “Yo soy quien espía el juego de los niños”. Cuando llevan unos diez temas seguidos aparece su legendaria socarronería al dirigirse por primera vez al público, “Supermán no existe” por si hay algún despistado y aclara que “él no es el demonio aunque lo parezca”.

Delgado, elegante y demostrando lo excelente guitarrista que es, nos recuerda que Ilegales ya decían hace décadas que “Europa ha muerto” aunque algunos se hayan enterado hace poco. La nostalgia se hace presente en “Enamorados de Varsovia” o se hace ska bailongo en “Hola mamoncete”, recordándonos cómo sus primeros temas atronaban los bares del casco viejo de esta ciudad que le acogió en una parte de su adolescencia, provocando el primer pogo leve en las primeras filas, el boogie blues de “Eres una puta”, el pubrock de “Todo lo que digas que somos” (lo somos y aún peor), el psyhcosurf de “El número de la bestia”, el chachá de orquesta de “Al borde”(todo lo peor de la vida es gratis).

A partir de aquí la banda saca músculo con “Dextroanfetamina”, “Revuelta juvenil en Mongolia”, ”Soy un macarra” y se luce en tiempos más pop en “Regreso al sexo químicamente puro” y “Tiempos nuevos tiempos salvajes” o en la mezcla de ambos que es “Destruye” con la que finalizan el concierto antes de volver para rematar con el surrealista “Problema Sexual”.

Ilegales e impecables, vigentes y necesarios, esperamos ansiosos el documental en rodaje sobre la banda y no podemos sino celebrar que el rock & roll haya vencido a la depresión.