A priori, no hay mucho que reprochar a los Fleet Foxes de 2018. Quizás la única pega que se les pueda poner es que corren un poco más de la cuenta y que las canciones, enlazadas unas con otras como eslabones, no se pueden saborear en su plenitud. Hasta sus técnicos, entrando y saliendo del escenario a hurtadillas, parece que tienen prisa por cambiar los instrumentos del grupo que hace ahora diez años dio la campanada con su debut homónimo. Las proyecciones, salvo algún desliz geométrico que recuerda a un salvapantallas del Windows, son para enmarcar: la paulatina puesta de sol que se comía la pantalla en la inicial “Grown Ocean”, el eclipse de “He Doesn´t Know Why”, las espectaculares imágenes del monte nevado en “White Winter Hymnal”…

Todo se cuida al máximo detalle, los chicos se esmeran en que la interpretación alcance la perfección: el arco de violín en la guitarra, las voces angelicales, la sucesión de oooohs, los vientos… A los 50 minutos las estrellas inundaron el firmamento de la pantalla durante la actuación en solitario de guitarra y voz de “Tiger Mountain Peasant Song”. Entonces, ¿dónde está el problema? ¿Cuál es el fallo? ¿Qué es lo que pasa? Fleet Foxes se parecen demasiado a un restaurante caro en el que todos los elementos están milimetradamente dispuestos en la mesa. No dejan nada al azar. No hay espacio para la improvisación. Transmiten la misma emoción que un camarero que sirve vino cada vez que se te vacía la copa.

Algo cambió cuando llegó “Mykonos”, pasada la mitad de la actuación. El público, que ocupaba unas tres cuartas partes del aforo, reconoció los acordes y se arrancó con unos tímidos aplausos. Después vino la primera ovación cerrada de la noche. Pero para algunos ya era demasiado tarde. Los veinteañeros a los que arrebataron el corazón con aquellas canciones campestres que le daban una vuelta de tuerca al pop-folk de los 60 y 70 se hubieran quedado fríos en las butacas. No se vislumbra agitación en su música, da la sensación de que tocan enclaustrados en un plasma. Fleet Foxes es ahora mismo un apasionado informático formateando un ordenador.

O simplemente es que tres discos después su tiempo ya pasó. El pop puede llegar a ser muy cruel con los fenómenos pasajeros de este tipo: enganchan a millones de seguidores con su primer álbum, les salen malas copias por medio mundo y pasado un tiempo pierden el mojo y son relegados a la sección de objetos perdidos de los grandes festivales.