La tormenta que cayó sobre Madrid la tarde inaugural no deslució la nueva edición del Tomavistas festival que se ha consolidado por su tamaño manejable, su agradable emplazamiento en el parque Enrique Tierno Galván, su marcado ambiente familiar y un cartel tan variado como atractivo.

La lluvia del viernes no desanimó a un público que respondió con entusiasmo al esfuerzo de un evento que daba un indudable salto de calidad con esta tercera edición. La tormenta que se abatió sobre Madrid justo al final del sólido set de los argentinos Él Mató A Un Policía Motorizado, sembró el caos durante unos minutos. Se miraba las nubes con ansiedad, porque sin los paraguas requisados en la entrada, el resto de la jornada podía hacerse muy duro.

Por fortuna, las nubes se dispersaron poco antes de la salida de Superchunk. Y según el respetable se secaba, todo fue definitivamente hacia arriba. Había muchas razones para ver a los norteamericanos. Una importante: que no se prodigan por aquí. Pero la principal es que mantienen la frescura y vitalidad de hace veinticinco años, lo cual no es cosa sencilla teniendo en cuenta que abanderan un estilo que remite directamente a la energía adolescente. Si la salud de un grupo se mide ante todo por su presente sobre un escenario, Mac y compañía (con el bajista Jason Narducy sustituyendo en directo a Laura Ballance, que desde 2013 no gira por serios problemas de oído) viven una segunda juventud. Además, su digna producción discográfica reciente no desentona con el resto de su catálogo, y se beneficia de una madurez no acartonada.


Superchunk

Los de Chapel Hill impartieron una lección magistral de todo lo que debe hacer un grupo de rock en directo, a partir de la compenetración absoluta, con el impecable trabajo de Jon Wurster a la batería y el liderazgo de un Mac McCaughan que volvió a mostrarse como guitarrista infravalorado y cantante voluntarioso que todavía saca petróleo a su garganta, con ese aullido juvenil que mantiene intacto. Se dirigió al público en todo momento en esforzado castellano con breve alusión al clima sociopolítico que ha inspirado su reciente What A Time To Be Alive. Su repertorio mantuvo el listón muy arriba en todo momento, pero la traca final encabezada por la magnífica Learned to Surf levantó un pogo en las primeras filas. Puede que estén “un poco viejos” como apuntó Mac, pero muchos veinteañeros tendrían que tomar apuntes de una actuación tan vigorosa y convincente, sin artificio alguno.

Guitarras de Oxford

No se me ocurre banda más diferente a Superchunk que Ride, pero tenía su aquél comprobar el estado de forma de los de Oxford en su segunda vida. No cabe duda de que los Ride de 2018 son una versión domesticada y pulida de aquella banda audaz que rompía los tímpanos con sus muros de guitarras en 1991, metiéndose de cabeza en sonoridades de una intensidad desconocida. Pero tampoco que los juegos vocales de Andy Bell y Mark Gardener jamás han sonado tan empastados, afinados y nítidos sobre las tablas. El cuarteto está, de hecho, en sorprendente buena forma: se nota que se han pateado las tablas de medio mundo en estos últimos años. Más allá del shoegaze o lo que se entendía como indie en su época, Ride están más cerca hoy de un pop psicodélico aseado que del punk, las dos corrientes aparentemente irreconciliables que, junto a otros compañeros de generación, trataron de conciliar, hasta que el brit-pop se lo llevó todo por delante. Apostaron por los medios tiempos y los desarrollos largos bien entendidos, alternando material reciente con su producción juvenil, y renunciando a las canciones más rockeras que acabaron con ellos a mediados de los noventa (como sabemos, el guitarrista Andy Bell acabaría, irónicamente, tocando el bajo para Oasis: pero ésa es otra historia). Seagull, Leave Them All Behindo la majestuosa Vapour Trailsonaron plenas y vigorosas. Hasta el propio Gardener se engoriló, y se les escapó un “Fuck Brexit” que dejaba bien clara su posición al respecto.


Ride

La primera jornada culminó con Django Django. Su pop electrónico con tintes psicodélicos y marcianos, de un escapismo inteligente, resultaba ideal para poner una nota hedonista de una rara elegancia. La banda de Londres (con origen escocés) volvía Madrid casi tres años después, con su lado más rítmico, mostrando que han logrado eso tan raro de poner de acuerdo el cerebro con las tripas. La gente se lo pasó en grande en un bolo que fue de menos a más (no es fácil trasladar al directo los matices de sus discos), y que pone de acuerdo las referencias más dispares (y disparatadas). Como si unos Kraftwerk con el alma de Syd Barrett metieran un ritmo reggaeton, aunque su reciente Marble Skies (Because Music, 2018) les ha centrado más, tras un segundo trabajo irregular y disperso. Hay un punto de friquismo bien entendido en Django Django, que se escenifica con esa torre de cacharritos electrónicos tras la que se lo pasa en grande el responsable de los teclados Tommy Grace, que tiene toda la pinta de ejercer a tiempo completo de nerd de los sintetizadores. Hubo alguna broma sobre el tiempo local, con el vocalista y guitarra Vincent Neff animando sin descanso, aunque los británicos son de esos grupos en los que todo el mundo suma. Vanguardia sin pedanterías y para promover la fiesta: siempre un noble propósito.

Sábado de sol y contrastes

Un sol radiante y un cielo azul cobalto acogió a los asistentes, sensiblemente más numerosos que el viernes, en la jornada del sábado, que arrancaba desde las primeras horas de la tarde.


El Columpio Asesino

El Columpio Asesino se metió en el público en el bolsillo desde los primeros acordes de su depurada propuesta entre el kraut, el motorik, el post-punk, y esas atmósferas malsanas tan suyas, capaces de llevar la contraria a la tarde más luminosa. Es altamente improbable, y más por aquí, que una banda tan personal, con letras repletas de referencias enfermizas y confrontacionales, se haya hecho con su parroquia. Pero eso es justo lo que han hecho los navarros, que se marcaron un bolo de nivel, sin muchas concesiones, desde su concepción esquinada de la clase. Sonido impecable, electrónica sucia a lo Suicide y momentos de baile tenso y gélido, con un público entregado que coreó con ganas excelentes canciones propulsadas por ritmos minimalistas e infecciosos, como Ballenas muertas en San Sebastián, Perlaso, Babel. Temas de oscuridad adictiva que tienden un puente insospechado entre la muchas veces insípida escena alternativa actual y los nombres fundamentales del post-punk fundacional y heroico de nuestro país.

Aunque beben de algunas fuentes similares, poco tiene que ver con la de los navarros la estética de los murcianos Perro, que atacaban el otro escenario con sus propias armas, pocos meses después de actuar en Madrid. Esta vez llegaban con disco recién editado, el enérgico y muy lúdico Trópico lumpen (Miel de Moscas, 2018). Y apoyados por surrealistas proyecciones de un nivel de bizarrismo esperpéntico insuperable, con referencias a aquella mítica serie televisiva de ciencia ficción de los ochenta que fascinó a toda una generación y ahora es involuntariamente cómica; e imágenes tan desconcertantes y cómicas como la de la vicepresidenta con barba, perfectamente sincronizadas con las canciones de los muchachos, plenas de nervio. Salieron algo tímidos, pero fueron a más, sobreponiéndose a algún problemilla con su omnipresente bajo (al parecer, les tuvieron que prestar dos sucesivamente). Será África como dice su lema, pero Murcia ha parido uno de las bandas con más carácter y originalidad de la penúltima hornada. Encima lo hacen todo desde la humildad y un sanísimo espíritu de cachondeo.


The Jesus & Mary Chain

Había mucha expectación por volver a toparnos con The Jesus and Mary Chain. Los escoceses regresaban a la capital bajo la sombra del demoledor concierto que dieron hace poco más de un año. Y sin llegar a las cotas del inolvidable concierto de La Riviera, demostraron que aquella demostración de poderío y electricidad no fue casual. Empezaron algo fríos, con canciones que no acababan de prender del todo la brutal Blues From a Gunse me quedó sosa-, pero a partir de la espléndida Mood Rider, de su último Damage and Joy (ADA/Warner, 2017), parecieron liberarse y venirse arriba incluso con los medios tiempos por los que apostaron, canciones ya del imaginario mítico colectivo, como Just Like Honey, incluidas. Su set estuvo también protagonizado por canciones de Automatic, quién sabe si adelantando unos meses la conmemoración del treinta aniversario de un disco cuyas canciones, al trasladarlas al directo, se resienten un poco por obligar al batería a hacer de caja de ritmos de precisión robótica. En todo caso, está claro que la reconciliación de los hermanos Reid funciona sobre los escenarios, que la banda cumple a la perfección y que un espigado y carismático Jim (sobrio) nunca ha cantado mejor. Y William, a lo suyo: Uno de los guitarristas más limitados y a la vez efectivos que ha dado la historia del rock sigue trepanando oídos con su eterna guitarra de caja. Dos muestras: el riff de demolición de Far Gone and Outy con el cierre por todo lo alto, una tremenda relectura de I Hate Rock and Roll.


Los Planetas

Los Planetas regresaban a Madrid por tercera vez (si no me equivoco) en menos de un año, y dejaron claro que, en este momento, están por encima del bien y el mal. Que es como decir que no podrían dar un concierto mediocre ni aunque se lo propusieran. Sería complicado hacerlo con el repertorio que atesoran, pero es que además están perfectamente engrasados. Contundentes cuando tienen que serlo, delicados en los momentos necesarios, siempre compenetrados. J canta con pasión y todos se aplican en lo suyo, empezando por Eric, ese batería que toca cada patrón como si fuera la última vez, una bendición para cualquier grupo, y que hace mucho tiempo que, sin desmerecer las guitarras líquidas y a veces algo erráticas de Florent, es el alma del grupo.

Por supuesto, lo fundamental son las canciones y cómo las interpretan. Empezaron muy arriba, como vienen haciendo, con la emocionante letanía de Islamabad; nos llevaron al Albaicín psicodélico con Señora de las alturas y Seguiriya de los 107 faunos; recuperaron las joyas de la corona –Santos que yo te pinte, Segundo premio, Corrientes  circulares en el tiempo-; se encaramaron al Olimpo del pop con Un buen día, Prueba estoIjtihady Alegrías del incendio; invitaron a La Bien Querida a compartir No sé cómo te atreves y se despidieron con De viaje, himno generacional que sigue sonando tan vital como el primer día, hace ya…¿un cuarto de siglo? Otra vez más, volví a concluir que muy pocos han escrito canciones de amor y desamor (o viceversa) tan emotivas en su aparente sencillez, y que ése será el gran legado de Los Planetas, más allá de su valiente y afortunada síntesis de raíces locales y pop.

Por cierto que la ilustre ocasión me pedía la coña de un final con La Copa de Europa, pero no cayó el épico cierre de Una semana en el motor de un autobús… No es ningún reparo a un concierto (otro más) sensacional.