Hay en El Hijo un fondo de honestidad brutal que es imposible desligar de sus canciones y también de su puesta en escena, cuidada con mimo en este estreno en el Teatro Lara, con proyecciones de Nacho R. Piedra -tan certeras como acostumbra-, la banda habitual de los últimos años (David T. Ginzo, Javier Montserrat y Xose Luis Saqués) y la presencia en los coros de Tórtel y Álvaro Martínez (Templeton), subrayando los matices de temas como “Exteriorización del cuerpo astral” o “Testigo luminoso”. Por eso, las palabras que Abel Hernández dijo al cuarto de hora (“vivimos en un mundo de precarios, pero vamos a intentar hacer las cosas con ilusión, lo mejor que se pueda”) no pueden ser interpretadas como una mera declaración de intenciones, sino como una manera de hacer las cosas que se traduce en inquietud. Sonaron primero algunos de los temas de “Los movimientos”, con la voz más en primer plano que en el disco, ofreciendo así una lectura más sencilla de “Reina de las rocas” o “Petrificado”, con un sonido compacto que ya encontrábamos en los directos de “Madrileña”.

Llegó luego un bloque dedicado a canciones pasadas, adaptadas a los nuevos tiempos de El Hijo y demostrando de paso que el cambio implica también integración. Horas después, diría que me gusta más “El vals de los besos” original (en “Las otras vidas”, su primer álbum) que su nueva versión, pero sí cabe reconocer cómo hay partes de la canción que ahora se muestran sorprendentemente poderosas, con un vigor inédito, como también ocurre en “Gorilas en la niebla” (del EP “La piel del oso”). Pero El Hijo, lo ha dicho Abel Hernández en reiteradas ocasiones, es un proyecto de canciones, independientemente de las formas; ahí estuvo su interpretación desnuda de “Quebradizo y transparente”, sin artificio, para de inmediato atacar, con empuje kraut, la inútil búsqueda de “Siempre ella”. Diferentes pasos para concluir que, de una u otra manera, suena ahora como una banda de rock al uso, en el mejor sentido; y sólo desde ese punto de vista habría que reprochar que no hubiese una mayor ligazón, evitando que, por momentos, las canciones pareciesen islas de uno u otro continente y no el archipiélago que de verdad forman.

Volvió a “Los movimientos” con “Remolino” y la enorme “Gran sueño”, la canción que quizá mejor haga las funciones de puente entre uno y otro lado de su repertorio, dentro de una recta final que iba sobre ruedas (“Inca”, “Stockhausen”) hasta que “Buscando el sol”, con su pop vibrante y expansivo, se cortó de forma abrupta. Cosas de Madrid, la música y sus horarios (pasaban ya las doce y media de la noche). Un “Vámonos” del autor madrileño dio paso a una desconcertante salida del patio de butacas, aunque la sorpresa final, en una mezcla de extrañeza y sonrisa, hizo bueno lo de que no hay mal que por bien no venga: Abel Hernández se encaramó a las escaleras del Lara para interpretar, no sin algunas dudas iniciales, la primeriza “Cabalgar”, marcando él mismo el camino de salida en una despedida tan atípica y honesta como su propia trayectoria.