Los responsables de “Space Scouts”, el guionista norteamericano Matt Kindt y el artista español David Rubín, son dos viejos conocidos para cualquier lector del noveno arte. Este tomo autoconclusivo, cargado de extras y editado en gran formato por Astiberri, constituye su tercera colaboración tras “Ether” y “Cosmic Detective”. Tiene, además, la particularidad de proceder de un pequeño sello personal, Flux House Books, alojado en Dark Horse, desde el que Kindt ha afirmado que pretende desarrollar proyectos más personales y arriesgados.
La intención es encomiable, pero si de algo adolece “Space Scouts” no es precisamente de un exceso de originalidad. La historia gira en torno a una suerte de cuerpo de policías galácticos encargado de mantener el orden dentro de una liga de planetas, lo que remite de forma inmediata a series clásicas del cómic superheroico como los “Green Lanterns”, que pronto contarán con una ambiciosa adaptación de HBO, o la “Legión de los Superhéroes”. La trama nos sitúa inicialmente en Venatu, un planeta periférico y árido, en cierto modo similar a Tatooine en “Star Wars”, donde conocemos a la protagonista, Ember, una adolescente que de repente es escogida para representar a su mundo en el proceso de selección de los Space Scouts, aunque la idea no le entusiasma en absoluto. Ember no aspira a convertirse en una heroína ni interpreta su elección como una bendición. Al contrario, se siente muy descontenta por haber ser reclutada sin previo aviso, separada de su familia y sin posibilidad alguna de rechazar la convocatoria.
Existe, además, una circunstancia que vuelve su situación todavía más humillante desde su punto de vista. El millar de jóvenes seleccionados por poseer distintas habilidades físicas o poderes psíquicos son trasladados a la capital de la galaxia y obligados a competir entre sí para conseguir una plaza en el cuerpo. El proceso adopta la forma de un torneo televisado, a medio camino entre “Gran Hermano” y distopías como “Los juegos del hambre”. Los organizadores incluso manipulan sutilmente la competición para favorecer a aquellos participantes que despiertan una mayor popularidad entre la audiencia. Ember logrará forjar amistades y alianzas durante el concurso, pero también descubrirá que hay algo tremendamente podrido en el sistema.
Sus sospechas se confirmarán cuando consiga convertirse en una Scout y tenga que participar en misiones de pacificación que recuerdan más bien a las sanguinolentas batallas de “Starship Troopers”, tanto a la novela de Robert A. Heinlein como a la adaptación cinematográfica de Paul Verhoeven. A este cúmulo de influencias se suma un inesperado giro final que evoca una de las novelas más célebres de Arthur C. Clarke. Llegados a este punto, resulta inevitable pensar en una obra de hace unos cuantos años, con unas intenciones desmitificadoras semejantes, aunque mucho más lograda: “Omega Men”, de Tom King.
La narración, desarrollada a lo largo de tres números y que apenas supera el centenar de páginas sin contar los extras, impone un ritmo frenético. En ese sentido, “Space Scouts” cumple con solvencia: es un cómic entretenido y eficaz. Además, cuenta con un espectacular despliegue visual por parte de David Rubín. Su dibujo, enormemente dinámico, da forma a un sinfín de escenarios, personajes alienígenas de toda clase y poderosas secuencias de acción. El autor gallego es aparentemente incapaz de ofrecer una página aburrida o rutinaria, ni siquiera una sola viñeta. Sin embargo, “Space Scouts” deja al final una sensación agridulce, de oportunidad perdida. Se trata de una narración vertiginosa, rebosante de ideas y protagonizada por un personaje interesante, pero que concluye demasiado pronto, como nos halláramos ante el esbozo de una obra más extensa y ambiciosa que, por algún motivo, quedó frustrada.

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