Reseñamos la tercera temporada de la serie 'Una perra andaluza'
Cine - SeriesPablo Tocino


Reseñamos la tercera temporada de la serie 'Una perra andaluza'

8 / 10
Fran González — 16-07-2026
Empresa — Filmin
Fotografía — Cartel de la serie

Una búsqueda rápida en Google nos aclara que una anastomosis es la conexión quirúrgica o natural entre dos o más estructuras tubulares del cuerpo, cuyo propósito es restablecer el flujo de fluidos o crear vías alternativas. Es probable que a un lego en medicina esta definición no le diga nada, pero sabiendo que también es la palabra que da nombre al grupo de WhatsApp que comparten Samu, Marcos y Sofía, la metáfora se explica sola.

Llega a su fin el periplo de esta suerte de “Queer as Folk” a la sevillana que Pablo Tocino lleva firmando para Filmin desde hace tres temporadas; “Una perra andaluza” nos ha acompañado durante tres años consecutivos, dándonos la oportunidad de colarnos en la más extrema intimidad de sus protagonistas y conocer de primera mano (pie, dedo, culo, teta, polla y todo lo que se ponga por delante) los sinsabores de sus veinte.

Si las dos primeras entregas eran el retrato de una generación todavía impulsiva y ávida por descubrir el mundo desde el trauma, la duda y la curiosidad, el cierre de la serie nos permite ahora ver a todos sus personajes asumiendo, por fin, las consecuencias de sus decisiones y enfrentándose al agridulce sino de la madurez. Cumplir años, quemar etapas y pasar página no significa, sin embargo, tener respuestas para todo, y eso lo vemos impecablemente reflejado en el carácter imperfecto de unos personajes que rompen la baraja de los estándares (físicos y sociales) a los que las series de veinteañeros nos tienen acostumbrados (por cierto, vivan los pisos compartidos no normativos y basta ya de ver casas imposibles en la ficción).

Pablo repite por tercera vez una fórmula que ya viene siéndole conocida, la de trufar su relato con guiños a la cultura pop (desde su banda sonora, citas al comienzo de cada episodio, posters y camisetas hasta pequeños detalles como escurrir la pasta con una raqueta, a lo Jack Lemmon) y a la orgullosa geografía de su Sevilla natal (ubicando al reparto entre Amate, Pino Montano, Los Remedios, Los Bermejales, las Tres Mil Viviendas, Cerro del Águila y mil sitios más). Claro que más allá del matiz y del easter egg curioso, donde el guionista y director nos demuestra una progresiva evolución es en su capacidad para dosificar mejor los tiempos, ordenando con mayor precisión las múltiples líneas narrativas que la trama maneja y confiando como nunca antes en unos personajes que ya no necesitan ser definidos.

Con la conclusión de su segunda temporada, “Una perra andaluza” nos dejó sembradas varias dudas sobre el porvenir de su coral elenco: el consentimiento y el MeToo trasladados al ámbito laboral de Óscar, la responsabilidad afectiva vista desde los ojos de Samu, Sofía y su proceso de huída hacia adelante, los trastornos alimenticios de Dani, Madrid como promesa de emancipación para una generación entera y el cometido compartido de aprender a quererse uno mismo (y quererse uno mucho). Hay una conversación especialmente reveladora entre Carmelo y Samu que, probablemente, resuma mejor que ninguna otra el corazón de esta temporada, con el primero invitando al segundo a dejar de envidiar aquello que otros parecen tener y empezar, sencillamente, a construir una vida propia.

Y es que detrás de todas esas historias de sexo, amistad, fetiche y deseo que hemos visto a lo largo de estos episodios –en ocasiones, con excesiva explicitud y poco aptas para espectadores pudorosos–, se esconde, por supuesto, una herida tan personal como colectiva que alimenta la narrativa de verdad y fondo. En boca de sus personajes, y a través de esas conversaciones infinitas de dormitorio que se extienden y se cruzan en montaje, observamos la voz de ese adolescente que sufrió demasiado pronto, que aprendió a desconfiar de sí mismo y que todavía hoy convive con pensamientos intrusivos que le recuerdan constantemente que nunca será suficiente.

Si, en ese sentido, la serie es un bálsamo para su creador, es algo que se queda entre este y el texto. Lo que nos llega ahora es algo parecido a un coming of age, pero definitivamente alejado del arquetipo que por costumbre nos ofrece la ficción joven, y que, por tanto, nos interpela de verdad. Ni los conflictos de sus personajes se cierran del todo ni nos encontramos con ningún deus ex machina resolviendo la papeleta en el último momento; la serie concluye con sus protagonistas hambrientos de incertidumbre, callando el ruido donde y como mejor se puede hacer: en un karaoke y desafiando hasta el destrozo una canción de Zahara.

Contra todo lo que pueda parecer, "Una perra andaluza" nunca nació con una vocación reivindicativa o edificante al uso; por ello, y al margen de que sus personajes se identifiquen de una u otra manera, lo que la serie realmente ha tratado de hacer a lo largo de sus tres temporadas es mostrarnos un retrato generacional más o menos fiel de la juventud y de cada varapalo pertinente a esta. Todos hemos sido alguna vez esa Sofía incapaz de saber hacia dónde dar el siguiente paso; o ese Marcos que termina empequeñecido bajo el peso del ego de algún Álex; o ese Samu que deja escapar oportunidades por miedo a no merecerlas y sin importar quien venga detrás. Todos, en algún momento, hemos vivido con la incómoda sensación de no terminar de encajar. Todos somos, en definitiva, una perra andaluza.

 

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