“No name” (24), el anterior trabajo de Jack White, puso a casi todo el mundo de acuerdo: Era un disco que mostraba al artista en su expresión más genuina, jugando a ser él mismo de nuevo, dejándose de experimentos y recuperando por la vía rápida ese espíritu del blues-rock primigenio. Ese sonido tan característico e identitario que casi puede definirse como un estilo en sí mismo: Rock White de alto octanaje.
Pues bien, escuchando el nuevo disco del de Detroit, podríamos afirmar que "Frozen Charlotte” es Raw Rock White de alto octanaje. O lo que vendría a ser una nueva versión, todavía más cruda y menos diversa, de “No Name”. Un disco de trece canciones donde la mayoría rondan los dos minutos de duración, y la diversidad brilla casi, casi, por su ausencia. Un álbum monolítico, áspero y duro de roer, que apenas ofrece descanso y te vapulea con una orgía de poderosos riffs, en ocasiones apuntalados por los psicodélicos fraseos del Hammond de Bobby Emmett, que juega a ser una especie de émulo beodo de Jon Lord (Deep Purple), o por los frenéticos golpeteos de los parches de un Patrick Keeler imbuido por el espíritu de Ginger Baker (Cream). Cero bromas.
Por todo ello, es más que posible que "Frozen Charlotte” haga las delicias de los seguidores más aguerridos de Jack White. Los que despreciaban los intentos del músico por ir más allá del género en discos como”Boarding House Reach” (18). Aunque en mi caso debo decir que lo he disfrutado más en su segunda mitad. Es ahí donde he encontrado a un artista mucho más lúcido en temas como la magnífica “I Can’t Belive What I’m Hearing” o “Thick As Thieves” con ese riff tan certero que vale en sí mismo un potosí. Lo mismo sucede con una “She’s In A Frenzy” que parece preparar el terreno para desembocar en ese martillo pilón en forma de canción que es “Making Contact”. Un desparrame que tiene su particular broche con “Neighbors Blues”, el mejor tema de todo el lote y la que más desentona en el devenir del álbum, al tratarse de un blues clásico de doce compases. La única que sobrepasa los cinco minutos, dando lugar al lucimiento de todos los músicos, pero en especial de un Jack White que nos regala un par de solos donde extrae ese peculiar sonido marca de la casa con el trémolo de su Fender Telecaster.
"Frozen Charlotte” es un buen trabajo de Jack White, aunque está lejos de ser su mejor álbum. Sin embargo, es un disco que ofrece una llamada a la esperanza de lo que pueden ser en el futuro sus conciertos. Y más si tenemos en cuenta que por fin parece tener una banda consolidada y estable, que se ha involucrado al máximo en la grabación, y con las que está tejiendo una complicidad que puede marcar los próximos años. De ser así, y basándose en sus dos últimos discos, podemos afirmar que verlos en directo será una experiencia que nos dejará tan vapuleados como exhaustos.
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