Dating Amber
Cine - Series / David Freyne

Dating Amber

7 / 10
Daniel Grandes — 26-02-2021
Empresa — Amazon Prime Video
Fotógrafo — Archivo

En una escena de “Paris Is Burning” (90), documental que explora las houses gays y queers del barrio de Harlem y los balls que ahí se celebraban, miembros de estas bandas callejeras compiten por ver quién es capaz, a partir de su vestimenta y actitud, parecer más heterosexual. “No es ni una parodia ni una sátira”, asegura uno de los asistentes, “es buscar la ilusión perfecta”. Sabiendo que están en un espacio libre de reproches y prejuicios, competir por comprobar quién se mimetizaría mejor en un entorno heteronormativo como el que hay fuera de esas houses es un acto de empoderamiento. Paradójicamente, esconder tu propia identidad se convierte en una celebración de esa misma. “Dating Amber”, la nueva película de David Freyne, comparte este mismo espíritu reivindicativo, por mucho que sustituya el neoyorkino techno voguing del documental de Livingston por el buenrollero britpop noventero que llevó a Pulp a lo más alto.

La esencia del realismo social de Ken Loach y la puesta en escena propia del feel-good movie forman aquí la pareja perfecta, al igual que ya lo habían hecho antes en series como “Sex Education” (18) donde los reproches a la deficiente educación sexual juvenil y los paseos en bici con outfits ochenteros a ritmo de walkman parecían convivir a la perfección. Esta popular fórmula de la romcom contemporánea se pone aquí sobre la mesa justamente para construir una romcom que lo parece pero no lo es, algo así como una romcom de Schrödinger. Eddie y Amber, dos jóvenes homosexuales, tomarán la decisión de fingir una relación amorosa con tal de evitar ser señalados por los habitantes del pequeño pueblo irlandés conservador en el que residen. No podríamos etiquetar a “Dating Amber” como cine político ni mucho menos, pero es digno de admirar el esfuerzo que la cinta realiza por hacer un retrato sociológico de una sociedad británica post-Tatcher en proceso de transición (aunque a veces caiga en la hipérbole) donde los medios de comunicación hablan de represión y la música, de libertad.

Mientras que la televisión convence a la familia protagonista de votar en contra de la legalización del aborto y un VHS protagonizado por una monja advierte a los adolescentes de que el único sexo permitido por Dios es el heterosexual postmatrimonial, los jóvenes de la película citan canciones de Nazareth para dar consejos amorosos (“love is like a flame/it burns you when it’s hot”), comparan escuchar a Bikini Kill con leer a Simone de Beauvoir y sueñan con escribir en revistas sobre punk para poder abrir sus propias librerías anarquistas. Y sí, como buen retrato generacional que la película aspira a ser, dos chicos llegan a las manos en el patio del colegio para decidir si Blur es mejor que Oasis. Pero eso es lo de menos (no tengo el valor de posicionarme, lo siento). Lo relevante es cómo Freyne reivindica el a veces criticado por simplista y nostálgico movimiento del britpop (que artistas como Radiohead rehuirían) como el que sería el motor de una futura generación mucho más tolerante y libre, la principal arma contra la propaganda ideológica que recorría Reino Unido.

Es cierto que dejando de lado todo esto, hay cosas que se le podrían echar en cara a la cinta. De hecho, estas tienen mucho que ver con aquello que algunos le echaron en cara al britpop. Si Luke Haines, ex-líder de The Auteurs, culpaba al movimiento de “matar la excentricidad” que el pop británico había presentado como representante de una vanguardia artística inexistente en el territorio, “Dating Amber” parece caer en ese mismo error. Resulta entrañable y reconfortante, pero no tan estimulante y vertiginosa como uno podría esperar al imaginarse una introspección en el panorama del club dublinense de los noventa. Formalmente parece querer rendir homenaje a esos hits del momento caracterizados por su desenfado y simplicidad, lo cual parece restarle algo de carácter a la película. Se echa en falta un puñetazo encima de la mesa, por mucho que el mensaje no se pueda explicar mejor.

Aún así, creo que debemos quedarnos con la reivindicación que Freyne realiza de la pista de baile como el espacio idóneo para reivindicarse a uno mismo, como ese lugar donde es imposible sentirse observado aún estar rodeado de gente. Porque nadie mira a nadie, todo el mundo se siente solo de forma colectiva. Esa soledad compartida que en los años cuarenta encontrábamos en una cafetería estadounidense de grandes ventanales de la mano de Hopper en su “Nighthawks” (42) se esconde en pleno 1995 entre esas secuencias de agresivas luces estroboscópicas que teñían los clubes británicos. Es entre esa lluvia de colores y melodías donde cualquiera puede dejar de actuar, sabiendo que el público que le rodea esta demasiado ocupado actuando para sí mismo. No quiero ponerme a pensar cuál sería el espacio equivalente a la cafetería y el club en pleno 2021, deprimirme un sábado por la tarde me parece un plan poco apetecible. Me niego a llegar a la conclusión de que las videollamadas son nuestras nuevas salas de baile. Pero bueno. Si alguien quiere escuchar “Common People” de Pulp en bucle por Zoom ya sabe donde encontrarme.

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