Titus Andronicus. Diez años de “The Monitor” o lo que pudo ser y no fue
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Titus Andronicus. Diez años de “The Monitor” o lo que pudo ser y no fue

Eduardo Izquierdo — 21-09-2020

El año pasado se anunciaba por todo lo alto el nuevo disco de Titus Andronicus, producido por Bob Mould. “An Obelisk” (Merge/Popstock!, 19) era su título, y parecía otro nuevo intento de dar un impulso a una banda que, a pesar del reconocimiento obtenido entre crítica y parte del público, nunca ha acabado de llegar donde merece.

Hubo un tiempo en que la banda de Glen Rock (Nueva Jersey) parecía destinada a dominar el mundo, y no lo hizo. Incluso, prácticamente, acabaron ganándose esa etiqueta de grupo de culto que, al final, significa que eres muy bueno pero te has comido muy poca parte del pastel que te correspondía. Y el motivo de esas expectativas bien pudo estar en “The Monitor”, disco que ahora acaba de cumplir diez años y en el que nos vamos a detener.

Soluciones punk desde 2005 podemos leer en su página web, y aunque ahora la banda liderada por Patrick Stickles haya suavizado su propuesta, esas eran sus intenciones iniciales. Así arrancaron en 2008 con el vibrante “The Airing Of Grievances”, aunque su gran apuesta fue “The Monitor”, publicado en 2010 por XL. Y la cosa tenía narices, porque se trataba de un álbum conceptual sobre la Guerra Civil estadounidense que, por sorpresa, debutó en el puesto siete de las listas de Billboard y consiguió que Rolling Stone los nombrara una de las siete mejores bandas del año. Stickles volcaba en sus canciones todas sus obsesiones, aunque estas culminarían en el siguiente “Local Business” (12), y la banda seguía a su líder con la confianza del que se está dirigiendo hacia algo muy grande. No hubo crítica mala y las ventas incluso respondieron, hasta cierto punto, pero con estos dos discos casi acabó todo.

“The Monitor” era un álbum largo, arriesgado. Abriendo con un tema de más de siete minutos –ojo que hablamos de punk–, con dos más por encima de los ocho minutos y un último corte de hasta catorce. Pero que aquello triunfara en las listas parecía significar que la banda tenía el camino hacia el éxito masivo garantizado. Como entender si no que la gente compre en masa canciones que, como declaraba Stickles a The Quietus, hablan de “la ira, la depresión, el hastío general y la angustia existencial. Lo que pasa con estar deprimido es que nuestros sentimientos no siempre coinciden con nuestras cogniciones, ya sabes. Así que una persona podría tener todo lo que siempre quiso y aun así ser miserable, porque estos sentimientos suelen ser bastante amorfos y nebulosos. Eso es sólo una parte de nuestra condición humana general. ‘La existencia es sufrimiento’, enseña el Buda. Tenía razón. Yo tomo Lexapro desde que iniciamos el grupo”. A pesar de ello, y por si alguien tenía dudas asegura también que “estoy bastante seguro de que no me voy a suicidar. Sé que tenemos algunas canciones que implican eso, pero ya no voy hacia ahí”. Afortunadamente tenía razón y no lo hizo, pero sus sentimientos se extendían al resto de la banda, como la violinista Amy Klein, que no grabó el disco pero sí estuvo en su gira de presentación. “Eran canciones de ira, enojadas y tristes, de depresión, pero me gustaba revolcarme en ellas. Era algo catártico. Creo que te hacía sentir que no estabas sola con cualquier sentimiento que tuvieras Al menos te consolaba que alguien pudiera sentirse como tú”. Ian Graetzer, bajista desde su formación hasta 2011 iba en la misma línea: “Era todo lo oscuro y profundo que podía ser”.

Entonces ¿qué le llevó al éxito? Parecía destinado a lo contrario. El anti-establishment. Canciones largas, demasiado deprimentes, y a veces hasta incomprensibles en su lírica. Quizá nos lo puedan explicar las palabras de Jason Lymangrover, redactor de Allmusic: “Es el sonido de una banda que se sumerge en sonidos clásicos y los difunde para crear su propio clásico. El cantante Patrick Stickles está completamente empapado de alcohol y enojado mientras revisa las entradas de su diario sobre el alcoholismo”.

En Rolling Stone, como ya hemos apuntado una de las grandes defensoras del grupo y del disco, se aseguraba que “The Monitor” puede ser “un disco conceptual, pero cualquier rastro de esnobismo académico está oculto por la emocionante paleta country-punk del grupo, impulsada por riffs de guitarra de banda de bar, violines, gaitas, trompetas y lo cualquier otro instrumento que se les ocurra”. ¿Se confirmaría todo esto con su siguiente trabajo? Sí, lo hizo. “Local Business” vendió incluso más que “The Monitor” y llegó más arriba en las listas, hasta la tercera posición. Pero ahí todo se estancó. Hay quien dice que los problemas mentales de Stickles tuvieron la culpa. O que el grupo fue demasiado osado al optar por una ópera rock como “The Most Lamentable Tragedy” como cuarto disco. Incluso que su propuesta se suavizó intentando engancharse al carro del americana. Sea como fuere, el grupo nunca volvió a alcanzar el nivel mediático de “The Monitor” y su sucesor y pasaron de aspirantes a reyes del mundo al absurdo cultismo. Mal negocio, si ese no era su objetivo.

 

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