Entrevista a Lorenzo Rodríguez con motivo de la 'expo' sobre la mítica sala Rock-Ola
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Entrevista a Lorenzo Rodríguez con motivo de la 'expo' sobre la mítica sala Rock-Ola

Carlos Pérez de Ziriza — 18-11-2021
Fotógrafo — Núria Cugat

Lorenzo Rodríguez (Úbeda, 1954) fue el hombre que dirigió Rock-Ola, una de las salas de conciertos rock pioneras en España, símbolo de la Movida, desde su apertura en 1981 hasta 1984.

La sala, ubicada en el madrileño barrio de La Prosperidad, cerró definitivamente sus puertas en 1985. Por allí pasaron Simple Minds, Depeche Mode, Spandau Ballet o Echo and the Bunnymen, en sus primeros tiempos, amén de la plana mayor del pop y rock españoles de la época. Fue algo más que una sala y una discoteca. El símbolo de una época.

Hablamos con Lorenzo a raíz de la exposición que tiene lugar hasta el 22 de diciembre en el Centre Comercial L’Illa Diagonal de Barcelona, conmemorando el 40 aniversario de la apertura de Rock-Ola, con fotografías de Miguel Trillo y los carteles de Pepo Perandones que actualmente forman parte del fondo del Museo Reino Sofía. Es la segunda muestra sobre la sala, tras la que se celebró hace unos meses en su Úbeda natal.

Ahora está en Barcelona, ¿pero por qué nació la exposición en Úbeda (Jaén)?
Allí hay un colectivo que nace alrededor de la figura de Joaquín Sabina, que lleva ocho años organizando un concurso de canción de autor. Pensaron en mí, porque soy de allí, para dar una charla sobre la Movida y el Rock-Ola. Hablando de aquello, surgió el tema: yo dispongo de setenta u ochenta carteles, octavillas (flyers, que dicen ahora), recortes de prensa… un montón de archivadores. Ahí entró Huerta de San Antonio, un grupo que se quedó una antigua Iglesia que han desacralizado, para montar exposiciones y demás. Hicieron un trabajo estupendo. El hecho de que se hiciera en Úbeda ha provocado que se haya focalizado mucho en mi persona, cuando yo no fui, lógicamente, la única persona que montó la sala. Estaba Pepo Perandones (subdirector y diseñador) y muchos más. Sí que he sido el guardián de las esencias del Rock-Ola porque lo he guardado todo. La difusión en medios me ha desbordado, la verdad. Se ha ido liando. Y aquí en Barcelona, como tengo un restaurante en el centro comercial L’Illa, les fui comentando lo de la exposición y me propusieron hacerlo también. Y han corrido con todo el gasto. En Madrid también lo queremos hacer, claro, pero con más gente y de modo más coral.

"La gente que venía se sentía identificada. Sabía que no íbamos a traicionarles"

¿Qué tenía la sala para convertirse en epicentro de la Movida y ser tan emblemática de su tiempo?
La firme ideología de la defensa de la música que nos gustaba: el pop, el rock, el punk… y sin hacer concesiones. Creo que eso fue muy importante. La gente que venía se sentía identificada. Sabía que no íbamos a traicionarles. A diferencia de lo que pasa ahora, cuando terminaba un concierto, nosotros no echábamos a la gente fuera de la sala. Si había un concierto mod, pues al terminar había que poner a los Faces, y a los Who y a los Jam. No quitar la música y echarlos. No metíamos grupos heavies porque no eran lo nuestro, con respeto. Los triunfitos no hubieran tocado en Rock-Ola. Y teníamos gente muy talentosa: Mario Armero (jefe de contratación), que es la persona que realmente es el ideólogo de todo. Tuvimos la visión de traer a grupos que estaban a punto de saltar al estrellato, a veces por cuestión de dos meses. Depeche Mode podrían no haber tocado en Rock-Ola. O Spandau Ballet. Y grupos de segunda división internacionales, como Killing Joke o The Durutti Column, tenían un aura que molaba mucho. Y los traíamos también. Dimos felicidad a un grupo de gente, y nos lo buscamos nosotros. Y metíamos publicidad en las dos o tres emisoras del momento, como Radio Popular u Onda 2. Todo eso tenía mucho que ver.

¿Es cierto que el barrio de La Prosperidad (La Prospe, coloquialmente), donde estabais, era uno de los hervideros creativos de aquel tiempo?
No tanto. Estaba el Morasol, y poco más. La mayoría estaban en Malasaña, por el centro. Lo que ocurre es que en los garitos pequeños no había actuaciones porque faltaba espacio, y nosotros sí teníamos esas dimensiones, entre 1.200 y 1.400 personas. Pero al Rock-Ola había que desplazarse. En Malasaña, por ejemplo, podías ir caminando del Pentagrama a la Vía Láctea y de ahí al Malandro. Pero al Rock-Ola había que ir a propósito.

¿Crees que la Movida se ha mitificado en exceso?
Creo que en aquel momento no sabíamos lo que hacíamos. No teníamos claro el valor que ha adquirido luego. Pero no creo que se haya mitificado. Fue un buen movimiento. Vamos a ver: antes de que llegáramos nosotros, aquello era un páramo absoluto. No digamos hasta 1975. Era como si no hubiera pasado nada. Hablo de música, fotografía, etc… Hicimos unos conciertos tan bárbaros que creo que es una fama justa, al menos la nuestra. Pero claro, yo soy parte de la primera parte contratante y lo veo así. Fueron los mejores años de mi vida porque era ver a grupos que eran insospechados en años anteriores, y a los que ahora casi podías tocar.

Ayer estuve viendo una entrevista que le hace Carlos Galán (Subterfuge) a Fernando Íñiguez en su programa de radio, y este dice que la Movida para él termina en 1981, cuando ya se han publicado sus primeros discos Nacha Pop, Mamá, Los Secretos, Alaska y los Pegamoides y demás, tras el famoso concierto de homenaje a Canito en la Escuela de Caminos, que es en febrero de 1980. Es una visión muy extendida. Como la de quienes dicen que hasta entonces lo que había era la Nueva Ola, porque de Movida solo se empieza a hablar a partir de 1982, aproximadamente.
Para mí, la premovida es como de 1978 a 1984. Yo lo veo así. La decadencia la veo a partir del accidente de Alcalá 20, la discoteca en la que mueren ochenta personas: eso fue en diciembre de 1983. La gente habla de aquel concierto de Canito de 1980, pero yo el desarrollo musical de la Movida lo veo más en el concierto del campo de rugby de la Ciudad Universitaria, en mayo de 1981, en el que entraron 15.000 personas de pago, más las que no pagarían, para ver a Mamá, Los Secretos, Nacha Pop, Alaska y los Pegamoides y otros siete u ocho más. Yo llevaba la contabilidad de aquello y no sabía donde meter el dinero.

"Me acuerdo también mucho, en lo positivo, de las actuaciones de Parálisis Permanente"

¿Había mucho contraste de tribus urbanas en la sala? Es algo que se ha ido perdiendo.
Esa era otra de las claves del éxito de Rock-Ola. A ver, los de seguridad dieron buenas hostias, con la mano bien abierta, más de una vez. Pero Pepe Peral, el jefe de puertas, tenía un control buenísimo de la jugada. Era un sitio donde un señor con traje y corbata no estaba mal visto. Ni un punki, por supuesto. Había músicos, periodistas… la frase más común era aquella de “¿estudias o diseñas?”, y hubo muy buen rollo. Al lado de la entrada había un pub donde entraban 200 personas, era como un punto de encuentro. Para la gente que se juntaba allí, por cantidad y diversidad, pocas peleas hubo.

¿Mejores conciertos que recuerdes?
El de Spandau Ballet, sin ninguna duda, porque fue el despegue de la sala, en 1981. En julio. Habíamos abierto el 31 de marzo. El primer bolo había sido UK Subs, con lleno absoluto. Pero lo de Spandau Ballet fue clave, porque el día anterior habían tocado en la sala Ku de Ibiza, que en aquel momento era la discoteca más potente de Europa, y al día siguiente llegaban a una sala fea, para qué nos vamos a engañar, como era Rock-Ola, y se encuentran a toda la modernidad de Madrid: Alaska, Almodóvar, todos. Fue un éxito absoluto. Un concierto de los que refuerzan tu currículum. Luego también hubo, posteriormente, momentos que ahora recuerdas y te ríes mucho: Iggy Pop hasta las cuatro de la mañana bailando en la pista con todos los clientes de la sala tras un concierto en el que en un principio no quería actuar porque estaba de bajón, por ejemplo.

Y por el contrario, ¿algún concierto de pesadilla?
En el de El Último Resorte, del ciclo Rock-Celona, hubo una buena bronca. Alguien subió al escenario, le quitó la ropa a la chica del grupo, algo tremendo. Pero seguramente el peor fue el de Esplendor Geométrico, que fueron a una granja y empezaron a soltar pollitos por el escenario. Eso fue muy desagradable. O cuando salen Gabinete Caligari al escenario y dicen “buenas noches, somos Gabinete Caligari, y somos fascistas”, que luego no era así, era un poco pose, pero tela marinera. Me acuerdo también mucho, en lo positivo, de las actuaciones de Parálisis Permanente: yo creo que si Eduardo Benavente no se muere, hubiera sido una súper estrella. Tenía una potencia…

En 1984 sales de la gestión de la sala.
Sí, por agotamiento y por diferencias con el propietario. En 1980 había empezado en El Jardín, que era del mismo propietario, luego en el Marquee, y salí de Rock-Ola en 1984.

Para muchos músicos de toda España, acudir a Rock-Ola era como acudir a La Meca. Hay fotos ante las puertas de la sala que han adquirido categoría casi mítica con el paso del tiempo, como la de Los Auténticos, la banda de Castellón, que estuvo allí en 1982.
Sí, recuerdo a Los Auténticos. Y a todos los grupos “de provincias”, que es algo mal dicho. Recién abierta la sala, me traigo a Loquillo a actuar. 30.000 pesetas de la época, que no era nada, le pagué a su manager, porque me entero de que un rocker de Barcelona ha grabado un disco con versiones de Bob Dylan. Les hicimos una campaña con Julio Ruiz y con Jesús Ordovás y llenamos la sala. O los Siniestro Total. o Danza Invisible.

Luego montaste Klub, un sello el que estaban grupos como los olvidados Tótem, ¿no?
Bueno, era más bien una agencia de management para grupos que habían salido en torno a todo aquello. Pero yo no estuve muy encima del sello, la verdad.

Y más te involucraste en la revista Boogie, un medio musical que trataba de hacerse un hueco en la primera mitad de los noventa entre Rockdelux, Ruta 66 y Popular 1. ¿No?
Yo trabajaba en una empresa que se dedicaba a construir centros comerciales, y a hacer dentro de ellas macrodiscotecas con conciertos. Hicimos cuatro. Una en Parquesur Leganés, por donde pasaron Chick Corea o Los Lobos. Otra, Aqualung, por donde pasó gente como Brian Ferry, como no podía ser de otro modo, con ese nombre, y muchos más, otra en Cádiz, Universal Bahía… y hacia 1991 teníamos también tres tiendas de discos, Fun Records. También manejaba Universal Club y Universal Sur. Y vimos la necesidad de hacer una revista musical, pero no para hacer la competencia ni al Ruta 66, ni al Popular 1 ni al Rockdelux de mi amigo Santi Carrillo, a quien quiero muchísimo, qué va, nada de eso. Era para difundir nuestros proyectos. Y fue porque Gustavo Alonso, el dueño, estaba en una situación complicada. Pero yo estaba muy centrado también en aquellas salas. Tenía todo el presupuesto del mundo, incluso para competir con los ayuntamientos socialistas, que pagaban barbaridades a Gabinete Caligari, Loquillo… la revista acabó cerrando porque no se les cobraba a los anunciantes, era un caos absoluto, y eso no puede ser. Y la distribución tampoco era buena.

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