Retrovisor: The Hot Dogs!
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Retrovisor: The Hot Dogs!

Álvaro Fierro — 09-07-2020

Este texto tiene un objetivo: reivindicar el tiempo y el lugar. O estar en el momento preciso y en el sitio adecuado. Y para eso, para contextualizar el zeitgeist rockero vasco de los noventa, permítanme ponerme repelente con la siguiente afirmación: la transición biológica hacia la madurez musical o cultural es caprichosa.

Jorge Alonso, autor del libro “Nick Cave: Compartiendo las Semillas” (Ruta 66 ediciones) me comentaba que su afición por el australiano comenzó de pura casualidad. Su hermano le pidió ayuda para trabajar en el mercadillo de Gijón, y al levantarse a las cinco de la mañana de un fin de semana cualquiera, su mirada en duermevela se dio de bruces con el video clip “The Weeping Song”, retrasmitido por satélite desde la MTV en el bar en el que desayunaban. Ahí, aunque él no lo supiera, fue cuando su biografía sobre el autor de “The Boatman´s Call” empezó a escribirse. En concreto, cuando una serie de inputs intangibles se incrustan en el imaginario y se sedimentan para materializarse a futuro en forma de disciplina artística. De repente, insisto, coincide estar en el momento y en lugar preciso para que tu vida cambie.

Con Hot Dogs!, a muchos de mi generación les pasó algo similar. Estamos a mediados- finales de los noventa, las casetes y CDs grabados del CBGB y aledaños empiezan a rular por nuestras manos y revistas como Ruta 66 nos hablan del rock and roll underground de Nueva York, Los Angeles, Londres o Detroit. Recordemos que apenas somos mayores de edad. La coincidencia, en este caso, es con otro epígono, el del rock escandinavo, que muchos de los lectores recordarán cómo incidió en nuestras vidas (otro día hablaremos de aquel concierto de Hellacopters, Zen Guerrilla e Hidromatycs en el Antzoki bilbaíno). Backyard Babies actúan en la sala Jam de Bergara y desde las sombras, aparecen los teloneros: un tipo con una boa de plumas (no estoy seguro de este detalle, pero qué más da), el pelo cardado y maquillado como Jane County antes de yo supiera quién era Wayne County se tambalea entre los riffs de “Live Wire”, gime unas letras en inglés y alguien desde el público le grita: ¡eres una puta! Estamos, de repente, delante de unas reinas del fósforo con gafas de sol, capitaneadas por Stiv Bators al frente de Mink de Ville, danzando al son de las guitarras de Malcom Young y dramatizados como las Muñecas de NY. También hay cosas de Jagger (no sólo por la versión de “Dead Flowers”, donde se proclamaban la mejor banda del mundo), Alice Cooper, Jacobites, Thin Lizzy y otras tantas influencias que aún no éramos capaces de oler. Pero lo importante es que ahí, encima de ese escenario, está la banda que iba a ayudar a cambiar el paradigma del rock en Euskadi. Culpables de ampliar y divulgar el abanico del rock and roll foráneo y ayudar a esa transición generacional que deja sin efecto el RRV, Jon Iturbe era la cara más visible de una banda con poco margen de mejora. Había pelo largo y actitud, tal como nos enseñaron Dictators; unos temas que trascendían el ejercicio de estilo y, sobre todo, una sensación de peligro que pocas veces se había visto antes por nuestros lares. Escarbando aún más, te enterabas de que eran de Urretxu, un pequeño pueblo industrial del interior gipuzkoano, famoso por nada y la sorpresa es aún mayor. No vienen del Bowery, ni de Candem. Son de aquí. Y mejores que muchos de allí.

El ejército del 69
En retrospectiva, veinte años después de su debut con “Rock and Roll Army 69” (Safety Pin, 1999), Hot Dogs! continúa siendo uno de los mayores revulsivos de la música underground vasca de las últimas décadas (junto a Pop Crash Colapso y Safety Pins, la triada La Perrera, Señor No, NCC, o Mermaid en Navarra). Este su primer disco, que en la canción que da título al disco nos invitaba a cantar con ellos (Rise your glass and sing with us) provocaba ese sentimiento de pertenencia a un colectivo, donde se juntaban fotógrafos, otros músicos, grapadores de fanzines, promotores en ciernes, fans timoratos y más integrantes de este ecosistema musical que se estaba gestando. Coincide con un Kafe Antzoki bilbaíno y el de Durango en ebullición, los reductos de los últimos Gaztetxes de Euskal Herria, la inercia de la escena gipuzkoana y sus salas, desde la Tunk de Irún hasta el Bukowski, que ayudó a que bandas como esta se curtieran en el circuito local y en una tarima a dos palmos de tu cara. A este le siguió “The Powerhouse” (Safety Pin, 2000), quizá su mejor trabajo, donde guiñaban un ojo al Funhouse de los de Detroit y definían más quiénes eran ellos, despojándose de tics externos y esa necesidad naíf de los inicios de intentar parecerse al de fuera. Fue ahí cuando Iturbe se marchó a Barcelona, grabó el excelente Sudden Deaths (El Beasto, 2002) y el resto de los perritos calientes montaron The Dirty Jackets. Vuelven años más tarde con “III” (Rock On, 2006) y se terminan de separar del todo con “Nothing But a Bad Day” (GP, 2009).

Sus conciertos, no obstante, seguían sirviendo de congregación para el engorile, para la reafirmación del yo y la fe en el rock como estilo de vida. La ecuación stoniana prendía la mecha y los fans nos hacíamos mayores. Vinieron otros inputs y otros sitios y otros lugares ¿Fue algo ingenuo por nuestra parte creer que formábamos parte de algo especial? En lo que no hay duda es ellos lo fueron, y lo seguirán siendo. El ejército del Rock and Roll del 69 aún no se ha licenciado.

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