Opinión: En un suspiro
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Opinión: En un suspiro

Joan S. Luna — 01-03-2020
Fotógrafo — Archivo Dellafuente

Se escuchan ya las primeras voces que apuntan que el boom de la música urbana está agotándose, o mejor dicho su creatividad. Algunos son aficionados, otros periodistas, otros incluso músicos como Dellafuente.

En el documental de Red Bull “Dellafuente. Mil futuros”, el andaluz comenta cosas como “Ahora hay 200.000 artistas haciendo lo mismo, que han cogido el mismo camino. No lo critico, me parece de puta madre, pero al final somos uno más dentro de este sonido, que creo que está sobreexplotado […] ¿Qué hago: darle a la gente lo que quiere o tirar para otro lado?”. Dellafuente parece tenerlo claro y ya ha dado pistas de que su camino de aquí en adelante será otro. Da lo mismo que todavía haya gente subiéndose al tren, lo importante es que quienes fueron realmente pioneros en estas tierras llevan tiempo apeándose en una estación distinta. Quienes no estuvieron ahí al principio pensarán que todo ha ocurrido en un par de años, a la velocidad de la luz. Y en realidad han sido, permítanme que lo subraye, unos cinco años entre la efervescencia inicial y el momento actual en el que las cosas ya no son lo que fueron. En un suspiro se ha pasado de la espontaneidad a la mediocridad, ambas indiscriminadas.

Quienes le tenían ganas al asunto dirán que ha sido una moda efímera y sin poso. Se equivocarán relativamente. En primer lugar porque, en esto de la música, las modas y los revulsivos en ocasiones vienen a ser lo mismo. En segundo, porque ahí quedarán algunos nombres para quien quiera disfrutarlos. Pero en lo que más se equivocarán será en atribuirle esa fugacidad a un movimiento por el simple hecho de que no conectasen con él. Y créanme, esta columna no habla de defender el trap o el rollo urbano nacional, sino que trata sobre la fugacidad de los movimientos que consiguen excitarnos durante una temporada. Para tomar conciencia de ello, es tan sencillo como echarle un repaso a todas las revueltas musicales que se nos ocurran –más allá de genéricos como “rock”, “pop”, “soul”, “heavy metal” y demás etiquetas de influencia mucho más general– y redondear de forma aproximada su duración en el tiempo. Vamos con algunos ejemplos de lo más variopinto. Nirvana se mantuvieron en la cima del grunge entre 1991 y 1994, con la muerte de Kurt Cobain, mientras que Jimi Hendrix ardió fugaz entre 1966 y 1970. Algo más se extendió el momento de gloria de Amy Winehouse, que tomó desde la aparición de “Back To Black” en 2006 hasta su fallecimiento en 2011. O podríamos hablar del boom de algunos géneros. El big beat copó los charts entre 1997 y 2001, con The Prodigy, Fatboy Slim o The Chemical Brothers siendo el centro del universo (aunque todos ellos hayan mantenido carreras posteriores, son centenares los artistas cuyos nombres ya ni recordamos). El eurodance se extendió por el mundo entre 1992 y 1996 aproximadamente, dejándonos por el camino hits como “Saturday Night” o “The Rhythm Of The Night”. Los new romantics estuvieron arriba entre 1979 y 1984. Y podríamos seguir añadiendo géneros fugaces hasta la extenuación: la edm, el noise pop español, el dubstep, etcétera. Visto y no visto, oigan.

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