Entrevista con Marc Ros (Sidonie) con motivo de su libro “El regreso de Abba”
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Entrevista con Marc Ros (Sidonie) con motivo de su libro “El regreso de Abba”

Andreu Cunill — 27-05-2020
Empresa — Suma de Letras
Fotógrafo — Archivo

Quiero empezar este texto puntualizando una cosa. Aquí y ahora estamos hablando con Marc Ros, un escritor que, casualmente, también es el cantante y compositor de Sidonie y no al revés. Sigue la flecha. Se hace saber que el artista condal ha debutado con una novela que se titula “El regreso de Abba” (Suma de Letras, 20; Rosa dels Vents en catalán).

El regreso de Abba” es una obra que poco corresponde a lo que cabría esperar de una opera prima. Al contrario, me atrevería decir que su estilo combina un perfecto pulso entre la pasión y la madurez, entre el fetichismo y la introspección. Trazado con un oficio propio de los escritores más experimentados. Y, aunque el resultado sea impecable y contagioso para el lector, no ha sido una tarea nada fácil para el artista. Una dificultad y un conflicto que también se cuelan por alguno de los huecos de la historia. Es allí donde el espejo emite destellos. Y justo en esa distancia que existe entre el arquetipo y el personaje, encontramos a Marc, escondido entre muros, silbando, con la mirada difusa apuntando hacia el cielo, disimulando ante cualquier atisbo de correspondencia. Sea como sea y al margen de semejanzas, uno de los méritos de este libro es que los protagonistas surgen de una fuente pura y con enrome caudal y se hacen tan vivos, que parecen más reales que algunos amigos. Podría decir que viajan más allá del blanco y delgado horizonte de la página, y, como Pinocchio, casi toman vida al margen de las palabras impresas.

Unas palabras que se dividen entre la acción y la reflexión, medio rueda, medio asfalto, llenas de amistad y humanidad. En ellas abunda la descripción, cargada de detalle y poesía que desemboca en diálogos a lo John O’hara, que son testimonio de un tiempo y un lugar. Marc baila con el lector con unas frases que incendian esa luna que ilumina el alma de cada noche. Y reposa en suspiros de destellante y abrumadora diurnidad. En el libro podemos entrever algunas voces amigas y nutritivas. De la franela de Kerouac al terciopelo de Scott Fitzgerald. De las democracias contraculturales a las dictaduras pop. Todo amasado por el simbolismo de los salvajes poetas franceses del siglo XIX, la fragancia arrogante del nuevo periodismo y la elegancia de la literatura inglesa de entreguerras. En el fondo de la pantalla, mientras entrevisto al autor, se asoman unas estanterías repletas de libros, que revelan la pasión del artista por la literatura. Una pasión que ha desembocado en una necesidad, o en sus propias palabras: “algo que se convirtió en una afición, luego fue una pasión y al final una misión”. En esta entrevista hablamos de todo eso y de como la vida y la muerte son un espejismo de algo que antaño llamábamos realidad.

¿Cómo ha sido para ti el proceso de escritura de la novela?
Dramático. Además, me ha dejado secuelas psicológicas: ha acentuado mi trastorno obsesivo compulsivo, he tenido ansiedad y he empeorado en mi problema de insomnio. La verdad es que lo he pasado muy mal. También te diré que hay ciertas tardes que me lo pasé muy bien, a lo bestia. Esto es como una droga; te lleva del cielo al infierno en un clic; pero confieso que yo he estado más instalado en el infierno. Luego lo puede compartir con otros colegas de oficio y me dijeron que era normal, que se sufre mucho. He aprendido que una novela se hace con las manos. No tenía ni idea. Cada día me levantaba muy temprano y me ponía a currar. Las canciones se hacen con el corazón o con el alma, pero una novela es curro, curro y más curro.

¿Y entonces, siendo así, por qué decides pasar por todo este infierno?
Mi pasión por la literatura es tan desbocada como un día lo fue por la música y me hizo coger una guitarra y aprender a tocarla. No quería utilizar esta frase, pero tengo la sensación que la literatura me ha salvado muchas veces la vida. O vamos a decir que me la ha mejorado, me ha sacado del infierno. Así que esta es mi manera de devolver el favor a todos aquellos escritores que alguna vez me han ayudado. A la vez, también tenia ganas de escribir sin el corsé de una canción de tres minutos y medio.

“Ahora pienso que no tenemos que estar tan al límite, pero sí que las grandes obras se hacen desde el conflicto y esto desgasta mucho”.

¿Hasta el punto de pensar que no gozarías en el proceso?
Sí. El infierno empezó cuando ya llevaba cincuenta páginas escritas y me vi en un punto de no retorno. Ya había desarrollado una relación con los personajes. Los quería, formaban parte de mí, los veía por casa, hablaba con ellos y en es momento fui incapaz de abandonarlos.

Hay un momento que hablando de Abba y de su carrera musical escribes que aquello que se convirtió en una afición, luego fue una pasión y al final una misión. No sé si hablabas de ti, pero en todo caso…
Es que estamos en las trincheras todo el rato, tanto desde la música como desde la escritura y al final piensas, ¿pero por qué lo estoy haciendo?… la pregunta que quería hacerte es: ¿Cuál sería esa misión para ti?

Intentar apaciguar la soledad de algunas almas humanas. Yo me he sentido muy solo en mi vida, y a veces me cuesta mucho comunicarme con los demás. A través de la literatura he empatizado con personajes o conocido gente que de otra forma nunca me hubiera pasado y he podido sentirme más acompañado, más comprendido y más inspirado. Mi aspiración es que a alguien le pase lo mismo con mis escritos. Intentar ayudar como yo he sido ayudado.

Esta frase que escribes dice mucho de la manera como un artista puede vivir su proceso de creación: “Para ella, la composición era un culto privado y esotérico donde practicaba sacrificios, cantaba salmos, invocaba ídolos y hacía trampas. No quería que Hugo viera sus cartas y descubriera que algunas de ellas estaban marcadas”. Esto me resuena a una especie de culpabilidad subyacente, como si tuvieras algo que esconder. ¿Nunca es transparente el proceso de creación? ¿Hay que pedir disculpas en la sala de confesiones?
Con cuarenta y seis años he aprendido que el arte de crear es una cosa colectiva y lo que antes me acomplejaba mucho ahora lo puedo admitir sin ningún reparo: yo he utilizado frases que he leído en mi librería y las he tuneado para que suenen a mí, igual que hay versos y combinaciones de notas que ya están creadas y que yo he utilizado para canciones de Sidonie. Mi trabajo es combinarlo de una forma nueva, para generar emociones nuevas, pero esto no quiero que lo vea nadie.

Aquí, aquí, a este punto me refería.
Es que somos unos tramposos… Pero, ¿acaso no es este el origen del rock’n’roll? Crear nace del accidente y de gente muy poco íntegra, y esto me ha costado cuarenta y seis años confesarlo. Y si analizo la música que me gusta y los artistas que admiro, veo que todos son una panda de ladrones. Los que quiero con locura pero muchos sabemos que han utilizado las artimañas más inconfesables para robar sin que se note. Intenté dividir la novela por mis héroes literarios… Esto será más Beat Generation, esto será de literatura inglesa de entreguerras de té y pastas, esto de nuevo periodismo, y al final, poco a poco, fui encontrando mi voz. Si que hay guiños velados, como los poemas que salen, que están insultantemente influenciados por la Beat Generation. Pero en la mayoría de páginas soy yo, con mis referencias y mis modelos en el cogote. Pero con mi propia voz, que surge del error y de mi incapacidad para copiar a mis héroes literarios.

¿De dónde surgió el personaje de Abba?
Cuando Sidonie sacamos “El peor grupo del mundo”, hace cuatro años, decidí inventarme la biografía de un grupo que bauticé como los Televisores Rotos, del cual escribí casi cuarenta páginas. Pero al final resultó ser demasiado parecido a mi carrera y a Sidonie y me cansé. Pero al cabo de un tiempo lo recuperé y pensé… ¿Y si convierto la protagonista en mujer y así puedo poner algo de distancia con el personaje y añadir nuevos ángulos? Y así fue. Otra pieza clave fue ambientarlo en Cadaqués y no en Barcelona. Estas dos decisiones son las que me empujaron definitivamente a lanzarme a escribir “El regreso de Abba”.

¿Y cómo has vivido el proceso de ponerte en la piel de una mujer?
Al principio pensé que seria difícil, luego empecé a pensar en autores que se habían puesto en la piel de una mujer y me dejé llevar. Liberé mi parte más femenina. Nunca me he sentido claramente hetero y el hecho de que mi condición sexual divague, ha sido para mí de gran ayuda. Hay un momento de cierto erotismo en el libro… Claro yo no tengo ni idea de cuál es la sensación de ponerse un dedo entre los muslos y tocar un clítoris, pero he visto hacerlo y he intentado imaginármelo y creo que he conseguirlo describirlo y comunicarlo.

Pienso que estamos viviendo tiempos en los que se entrevé una nueva masculinidad, mucho más abierta y permeable que no tienen nada que ver con la que aprendimos de nuestros padres. ¿Estás de acuerdo?
Creo que vamos bien, pero que aún nos queda un largo camino.

La muerte parece ser el protagonista velado de “El regreso de Abba” ¿cómo concibes tu la muerte?
Iba a decir con aceptación, pero también hay una parte de atracción hacia mi propia mortalidad. Hugo siempre tiene esta pulsión hacia la muerte y la autodestrucción, y yo también lo he sufrido en ciertos momentos de mi vida. Yo a Hugo lo veo como una figura mucho más bohemia: escribiendo de noche con bourbon, fumando sin parar, y siempre en la cuerda floja. Parece que ese es su motor creativo. Él piensa que en cinco años igual está muerto y que saberlo le hace escribir mejores canciones. Como los simbolistas franceses que se pensaban que se morirían al día siguiente y escribían con esta dinamo interior repleta de emergencia.

Muchos hemos crecido con esta sensación que también atormenta a Hugo en la que parece que la única forma de crear es desde esta pulsión maldita, desde la tendencia a la autodestrucción, desde esa muerte cercana e inevitable y la tragedia susurrando en nuestros tímpanos, como muchos de nuestros héroes… ¿Puedes ser artista y feliz?
No. Como decía Virginia Woolf: vivir o crear. Yo también me llegué a creer, sobre todo en mi adolescencia, que el malditismo, como tú dices, era condición necesaria para ser artista. Ahora pienso que no tenemos que estar tan al límite, pero sí que las grandes obras se hacen desde el conflicto y esto desgasta mucho. Esto no significa que tengas que ser Kurt y quitarte la vida al día siguiente, pero el conflicto tiene que estar.

Pero el conflicto no significa malditismo, sino motor de crecimiento, apertura a lo incierto, salir de la zona de confort.
Es verdad, pero siempre hay una parte de sentimiento negativo que ruge como un motor. Fíjate en Bowie, en el año 72 empezó a tener problemas con la cocaína, producía el “Transformer” de Lou Reed, que nunca fue una persona fácil con la cual trabajar, también a Iggy Pop que no era ningún santo precisamente, y además tenía que lidiar con su oficina de management que le intentaba engañar. Y a pesar de todo esto le dio tiempo a escribir “All The Young Dudes” para Mott The Hopple, y grabar “Ziggy Stardust”, su mejor disco. Igual pasó con The Beatles. De ese conflicto entre Lennon y McCartney salieron sus mejores canciones.

Estoy de acuerdo, pero pienso que también pueden salir grandes obras de una relación más positiva con uno mismo.
Puede que tengas razón. Si tú lo dices me lo creo, pero yo aún no lo he vivido. Yo funciono bajo presión y con cuadros de estrés preocupantes. No sé que pasaría conmigo si tuviera una vida más estable. No sé si esto acabaría matando mi arte.

Es que aquí está el fallo… No sé que es antes si el huevo o la gallina, es decir, si te resistes a estar tranquilo y sereno por miedo a acomodarte y perder el mojo.
En relación a lo que dices hay una anécdota muy buena relacionada con Hemingway. En una conversación con Scott Fitzgerald le explicó que necesitaba dejar a su mujer. Cuando Scott le interpeló que no entendía la razón, si sabía que estaba muy bien y súper enamorado, este le contestó: ya ya, pero necesito empezar a escribir una nueva novela.

De todas formas, nos hemos liado, porque todo esto empezó cuando te he preguntado por la muerte y mi intención era conocer tu visión de ella desde un plano espiritual. ¿Aún te apetece contestar la pregunta?
Yo hago meditación cada día. La mayoría de veces es una lucha, pero hay días excepcionales en los que parece que obtengo alguna respuesta. Cuando consigo apartarme un poco del eje, del ego o como quieras llamarle, entonces pasan cosas interesantes. Te alejas del tiempo y del espacio y estás ingrávido y no sabes si has meditado treinta minutos o tres horas. Entonces, y respondiendo a tu pregunta, tengo que decirte que lo de la muerte lo vivo con cero miedo. No sé qué puede pasar. Puede que haya una pequeña parte de mí que cree en la reencarnación. Y no tanto por mi lectura de los escritos védicos, sino porque el primer recuerdo que tengo de pequeño es verme morir en un coche de caballos en una ciudad que no conozco. Y esto me transporta a otra vida y me hace pensar que después de esa muerte volví a nacer en la década de los setenta. Es curioso tener este recuerdo de pequeño, cuando seguramente no sabía ni lo que era un coche de caballos. Así que vivo la muerte con grandes expectativas. Pero no te preocupes, no tengo ninguna prisa. Al mismo tiempo pienso que algo maravilloso tiene que pasar en este traspase, algo grande en términos energéticos. Lo que está claro es que para mí nada acaba con la muerte.

En la novela hay claras referencias a la masificación de Cadaqués. El conflicto de ese Cadaqués casi confinado y secreto, cultivo de la bohemia más selecta, que se ha acabado convirtiendo en un parque temático apto para todos los públicos, capital de ese mediterráneo de revista, aséptico y mercantilizado. ¿Qué opinión tienes al respecto? ¿Cómo vives este conflicto?
Precisamente nosotros somos hijos de todo esto, nuestra pasión por la Costa Brava empezó cuando ésta ya estaba cosificada y destrozada. La decadencia de Cadaqués empieza cuando Dalí pone en el mapa ese pueblo.

Sí, de todas maneras, esta decadencia que iba a ritmo muy lento, parece haberse acelerado los últimos años. El conflicto, casi Ibseniano, está muy presente en tu libro, cuando Domènech le dice a Abba que todo el mundo tiene derecho a disfrutar del pueblo y ella le responde que está harta que le vomiten en los muros de su casa.
Sí, pero todos estos edificios del desarrollismo que se saltaron la ley de costas empezaron en los sesenta y plagaron la Costa Brava de vulgaridad y esperpento. Y está claro que Cadaqués no es Platja D’Aro ni Roses porque los arquitectos de la Gauche Divine tuvieron más gusto, pero también se hicieron barbaridades. En este sentido siempre recuerdo una conversación de una pareja que presencié en un bar de Cadaqués en la que decían: “Venimos de Port Aventura y ahora vamos a ver la casa del Dalí ese”. Era un poco como su juego de la oca turístico, e iban de parque temático a parque temático y Cadaqués era su siguiente parada, la del decorado de casas blancas del mediterráneo y un poco de surrealismo. Al principio me molestó, pero luego me dije a mí mismo que quién soy yo para decidir quién puede y quién no puede visitar Cadaqués. Nadie está obligado a conocer títulos de cuadros de Dalí para visitar el pueblo. Más allá de la anécdota, creo que lo que tenemos que conseguir es que el turismo que venga sea lo más de respetuoso posible con el entorno.

¡Leyendo la novela he visto claramente que hay dentro de ti un crítico musical en potencia! En este nuevo rol tuyo me gustaría que pensaras una pregunta que le podrías hacer a cada uno de los protagonistas: Hugo, Abba y Dom y por qué.
Hombre para mí seria un honor poder hacer crítica musical. Y piensa que me he censurado en este aspecto. En el pasaje que cito a Sam & Dave había diez páginas escritas, analizando las diferencias entre el sonido Stax y el sonido Motown, pero el editor, me convenció para quitarlo. Me dijo que aquello que estaba escribiendo no era un ensayo musical sino una novela. Y al final desviaba el flujo narrativo y obligaba a buscar a los lectores constantemente en la Wikipedia. Y creo que tenía razón.

“En Cadaqués a veces ves pasear a gente de cierta edad que piensas: “tú has tenido una vida increíble, porque cada surco de tu cara me explica una historia”’.

¿Entonces qué le preguntarías a cada protagonista o al menos a Hugo y Abba que son los dos músicos del libro?
Yo soy muy de listas, así que con Hugo seria más expeditivo y le pediría que me hiciera una lista con sus cinco escritores y músicos favoritos y sus cinco más odiados. A Abba, incluso esto le daría miedo de contestar, porque siempre está como impregnada de una especie de celosía por sus colegas de profesión y no se acaba de mojar demasiado. Me gustaría conseguir que al menos me dijera cuál es su cantante favorita.

¿Cuánto hay de ti en cada personaje?
Cada uno se reparte un poco de Marc, pero te tengo que decir que Hugo y Domènech tienen más cosas de personas ajenas y en cambio para Abba no he tenido que ir más lejos de mi casa. No me ha hecho falta documentarme demasiado, porque parece que ya estaba muy hecha. Pero al mismo tiempo es la que está menos construida, es la que dejo más al aire porque me apetecía que permaneciese abierta de alguna manera.

Domènech además de ser un tipo entrañable, a mí me ha parecido un personaje que te ayuda a introducir esa generación, la nuestra, heredera de los pioneros de los sesenta y setenta, que empieza a dejarse abrazar por la meditación y que encuentra el camino del amor desde una perspectiva occidental. Es como el “East meets West” sobre todo cuando explica su técnica del Moksha cuántico para alcanzar la beatitud por la vía rápida. Precisamente en los tiempos que nos está tocando vivir, esa unión cerebro/corazón u occidente/oriente se hace más necesaria que nunca. ¿Qué opinas al respecto?
Yo, como tú, creo que es más necesario que nunca. Precisamente ahora estoy inmerso en los Upanisads, los textos sagrados hinduistas. Esto es el tipo de literatura que leería Domènech y que recomendaría a sus dos compañeros y que, a priori, parece que no le harían demasiado caso. Cuando tengo más contacto con gente más joven que yo, me da la sensación que no tienen demasiado interés en acceder a este tipo de sabiduría. Coincidió que cuando empecé a escribir la novela empecé a introducirme en el Mindfulness y la verdad es que me ha estado ayudando muchísimo. Poder ver que yo no soy lo que pienso y ver pasar mis pensamientos me ha aportado un poco de serenidad a la locura de escribir un libro y componer un disco al mismo tiempo. Incluso los momentos que es escribía para Domènech me sentía mucho mejor, más conectado al presente y al aquí. Más que cuando escribía sobre Abba y su necesidad de revivir constantemente su pasado.

Uno de mis fragmentos favoritos del libro es cuando describes al despótico presidente de la compañía de discos de Abba. ¿Ahí te has quitado alguna espina?
Para ser creíble no hace falta que uno haya vivido todo lo que escribe, pero es que, en este caso, este personaje existe de verdad. Yo, Axel y Jess hemos visto y vivido cada cosa, y nos han explicado otras, que tienen mucha tela y son mucho peores de las que yo describo en el libro. Con Sidonie aún pudimos vivir los últimos coletazos de la industria de la vieja escuela, esa que te alojaba en una habitación increíble de hotel con una bolsita de cocaína en forma de cortesía y te llevaba a comer a los mejores restaurantes de Madrid. Afortunadamente todo esto a pasado a mayor época, pero me apetecía dejar constancia de ello en la novela.

No podía plantear la entrevista sin preguntarte por este gran personaje que es Federica Fellina. Un personaje de reparto, pero no por eso menos importante, que ayuda a transitar desde el pasado al presente y ejerce como exponente de ese Cadaqués libertino y bohemio prácticamente extinguido. Para mí has dado en el calvo con él y has creado una especie de Castafiore de la Gauche Divine Cadequesenca…
En Cadaqués a veces ves pasear a gente de cierta edad que piensas: “tú has tenido una vida increíble, porque cada surco de tu cara me explica una historia”. A mí me gustaría conocer y vivir esa juventud que tuviste, ya que, a pesar de tu decadencia física, sigues siendo una persona hermosa, porque te has bebido la vida a bocanadas y muchas veces has estado a punto de ahogarte. El personaje, concretamente, está basado en el padrino de mi hermana y, aunque nada tiene que ver con Cadaqués, si que era un hombre vinculado con la música en el circulo del Liceo y además era homosexual en una época en la que no era fácil serlo.

Tengo tanta curiosidad para escuchar esa primera maqueta de Hugo y Abba que describes en el libro. A mí me parece que esas canciones conectan con la creación pura, sin objetivos comerciales, ni festivales, ni públicos. En mi cabeza me aparecía la pureza del “Pink Moon” de Nick Drake, pero supongo que mi hipótesis no tiene porque ser cierta. ¿Cómo son estas canciones en realidad? ¿Quedará despejada esta incógnita de alguna manera?
Me flipa ver el conflicto que va a generar entre los lectores y cómo se imaginan estas canciones en su cabeza y cómo acabaran siendo en un disco de Sidonie. Aunque hay que tener claro que esto es simplemente nuestra visión de estas canciones y esta es precisamente la magia de la imaginación y de cómo cada uno se lo monta en su cabeza. Hay canciones dedicadas a Abba, a Hugo y Domènech, pero hay otras que están hechas poniéndome en su piel, como si fueran ellos los que las escribieran. He intentado que las de Hugo fueran algo más oscuras, con una serie de versos un poco más crípticos, que las de Abba tuvieran ese elemento más melancólico y que las del Domènech sonaran a Grateful Dead. Y ha sido un proceso precioso y bien curioso. Pero evidentemente nunca corresponderán a esa idea que tú tienes en la cabeza.

Y ya para acabar, hay un momento que escribes: “los mismos músicos que le daban un cálido abrazo en la zona de camerinos, soltaban el Rottweiler para asegurarse un buen horario en el festival de turno; o los actores y las actrices, que primero le daban un pico en la boca en una entrega de premios y después un empujón para poder estar en el centro de la foto”. Me parece que en esta frase haces una critica muy acida y directa al ecosistema de grupos musicales nacionales del panorama actual. ¿Cuál es tu visión de él?
Hace un par de años o tres, pensaba que había una camaradería muy bonita entre los grupos. Creo que aún se mantiene con ciertas bandas, pero últimamente ha habido una serie de sucesos, que tampoco vale la pena comentar, que me han hecho ver que aquí todo el mundo va a la suya y que hay el mismo individualismo que había en los ochenta en la época de la movida o en los noventa en la época del indie. Al final veo que estamos un poco igual, cuando pienso que tendríamos que estar mucho más unidos. Es triste, pero es así.

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