En el verano de 1986 cristalizó definitivamente el mito de The Smiths. El 16 de junio se  publicó en Gran Bretaña (en EEUU lo haría una semana más tarde) un disco inmortal, “The Queen Is Dead”, un trabajo que se saludó ya entonces como fuera de serie y que el tiempo no ha hecho más que engrandecer: el NME lo calificó “el mejor disco de todos los tiempos” en 2013. ¿Exageración chovinista? Cuando se cumplen treinta años de su publicación, con Morrissey quejándose amargamente de la ausencia de edición conmemorativa, en MondoSonoro publicamos esta merecida revisión.


Junio de 1986. Un mundo aún dividido por el Telón de Acero se recupera de los desastres de la central nuclear de Chernóbil en la Unión Soviética (que, por cierto, inspiraría el single “Panic”), y el transbordador norteamericano Challenger. La Guerra Fría está llegando a su fin, pero nadie lo sospecha, y los ciudadanos siguen con aprensión los precarios acuerdos sobre cabezas nucleares y misiles intercontinentales. España hace efectivo su ingreso en la Comunidad Económica Europea, que acaba con décadas de aislamiento, y sufre otra debacle mundialista (aquellos penaltis con Bélgica en México).

Reino Unido vive lo más profundo del thatcherismo. Es un país dividido entre fervientes partidarios de la Dama de Hierro y sus políticas ultra liberales, y una izquierda desencantada tras las durísimas huelgas del sector minero.

The Smiths

En lo musical, hace años que se extinguieron los ecos de aquella aventura imposible del post-punk que, como su hermano mayor, acabó devorado por sus propias contradicciones. Ley de vida. Domina la radiofórmula y los sonidos domesticados cercanos al R&B blandito o al heavy metal de fórmula. El arrollador éxito de Madonna anuncia una nueva era cuyas ondas llegan hasta nuestros días. Bandas como Simple Minds o Queen llenan estadios sin complejos y la industria musical pretende paliar las incontables injusticias del mundo con los Live Aid, al precio de (como diría Morrissey) castigar nuestros oídos…

En la escena alternativa dominan el tenebrismo gótico y los sintetizadores, aunque toda una escena de pop independiente espera agazapada su momento, a punto de concretarse. The Smiths son, de hecho, punta de lanza de una corriente con fuerte personalidad que, tras años de dominio de los sintetizadores, vuelve a las guitarras y mira con fascinación el pop de los 60, tamizado por algunos hallazgos del punk y el post-punk: el sonido C86 (bautizado así por una casete legendaria del NME lanzada ese mismo verano).

 

 

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Un grupo único

La banda de Manchester precede este movimiento, lo influencia y lo trasciende, compartiendo lo esencial: hace música pop (o rock) basada en guitarras y defiende con uñas y dientes su personalidad e independencia. Por si fuera poco, tiene ese puntito de arrogancia norteña: desde su formación en mayo de 1982 por el guitarrista Johnny Marr y el cantante Morrissey, dos jóvenes inquietos fascinados por Elvis, el pop de los 60, el sonido Motown, las producciones de Phil Spector, The Byrds, Patti Smith y el glam proto-punk de New York Dolls, no han ocultado sus intenciones de mirar de tú a tú a los grandes, algo que de producirse hoy, nos produciría vergüenza ajena. Hoy sabemos que se lo podían permitir.

Sin inventar algo revolucionario, el virtuoso (en el buen sentido) estilo guitarrero orquestal de Marr con sus originalísimos arpegios, la teatralidad vocal de Morrissey -compositor de unas letras inéditas repletas de romanticismo genuino, inagotables guiños culturales, desafiante hastío juvenil e inteligentísimo sarcasmo social- y una base rítmica de implacable contundencia y precisión -Mike Joyce a la batería y Andy Rourke al bajo-, sintetizaron un sonido único y distintivo con el que ya habían producido dos álbumes extraordinarios (“The Smiths” y “Meat Is Murder”) y un reguero de brillantísimos singles, que les colocaban como máxima esperanza de la escena alternativa británica.

El plan maestro, según confirmaba la nota promocional de la discográfica Rough Trade con su single de debut “Hand In Glove”, en mayo de 1983 -apenas un año después de que Marr se presentara en la casa de Morrissey en Kings Road, Stretford, y ambos se hicieran colegas y socios artísticos escuchando discos en su habitación-, era “producir canciones siempre instantáneas y accesibles y que al mismo tiempo hagan pensar mucho. Combinar las letras de Morrissey y la música de Marr en un sonido que, por encima de todo, sea distintivo, sin que llegue a ser inaccesible o esotérico”. Lo consiguieron: su productividad entre la edición de aquel debut y “The Queen Is Dead” (y un año más allá), desafía en calidad y cantidad a la de cualquier banda histórica. Además, The Smiths, encontraron pronto el respaldo de la prensa (arma de doble filo, sí) y de la juventud ilustrada británica, que encontró en sus canciones de romanticismo desafiante un refugio contra los rigores de la Inglaterra de Thatcher. Sí, les decía Morrissey con sus letras y Marr con sus acordes majestuosos, uno podía ser pobre como las ratas pero especial. La inteligencia y la sensibilidad, son la rebelión definitiva ante la insufrible mediocridad cotidiana. Las declaraciones altisonantes de Morrissey, su ambigüedad sexual, amor confeso por Oscar Wilde, mitomanía hacia olvidadas estrellas de cine y cantantes de épocas perdidas, misantropía humorística (a veces disfrazada de falsa misoginia), vegetarianismo militante…todo iba a destilarse en “The Queen Is Dead” con una perfección que, a la postre, resultaría inalcanzable hasta para ellos mismos.

 

 

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En la encrucijada

El éxito se había cobrado su peaje: capturado en el invierno de 1985 en varios estudios británicos, entre ellos RAK (Londres) sólo unos meses después de la publicación del musculoso y desafiante “Meat Is Murder”, lanzado en febrero, la grabación encontró a una banda en la encrucijada del Todo o Nada, bajo una enorme presión, con la necesidad de satisfacer las expectativas a un ritmo frenético. Giras interminables y parcialmente fallidas (recordemos que el público madrileño tuvo el privilegio de ver a la banda en un concierto gratuito en el Paseo de Camoens en mayo del 85) habían atacado seriamente los nervios de los componentes del grupo, especialmente de Johnny Marr, que había empezado a beber demasiado. Su socio creativo Morrissey, joven tan inteligente como impetuosamente ególatra y problemático en su compleja relación con los demás seres humanos del mundo, libraba una guerra sin cuartel con los tabloides y la prensa musical (cuyo papel se confundía frecuentemente, por cierto).

Lo peor vino con Andy Rourke, el bajista y amigo íntimo de Marr. Su peligrosa afición por la heroína le llevó a ser despedido a principios de 1986. Para hacer tiempo antes de que el disco se comercializara, la banda se había embarcado en una gira irlandesa que resultó desastrosa: Rourke no daba una nota, y todo el mundo (hasta él mismo) era consciente de que su permanencia en el grupo era inviable; algunas malas lenguas sostienen que el propio Morrissey, con su tacto habitual, le dejó un post-it en la luna de su coche comunicándole el despido a su vuelta, algo que el vocalista nunca ha admitido. La banda fichó al ex Aztec Camera Craig Gannon para suplirle, pero un mes después, cuando Rourke fue detenido por tenencia de heroína, los otros tres Smiths se dieron cuenta de que si no le rescataban, acabaría tirado en algún callejón de Salford, y, para su crédito eterno, decidieron darle una segunda oportunidad. Rourke cumplió. Y Gannon se quedó como segundo guitarra, hasta la que sería última gira de la banda.

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