Montar un festival es arriesgado; un bizcocho sin levadura. Montar un festival de formato medio (con artistas internacionales, y por tanto, costes de producción elevados) y en una ciudad colindante a una metrópolis (Sant Boi de Llobregat, a 20 minutos en coche de Barcelona) es majadero, ¿una paella sin arroz? No sé. El Festival Altaveu sobrevive tras 26 ediciones, precios módicos y una taquilla más bien modesta –a tenor del aspecto de sus recintos– y sigue aportando más grano que paja, apostando por las perlitas internacionales, las bandas locales y los experimentos con la palabra (dígase Spoken Words).

Como una local vestida de internacional, estrenaría el viernes Joana Serrat en el teatro Cal Ninyo. La versatilidad folkie, áspera y abellotada, de “Dear great canyon”, en contraste con ese hilo fino y dulce de voz de la de Vic, contentaría a los –pocos, por desgracia– presentes. El paisaje no cambiaría demasiado con Laetitia Sadier (en la foto superior): magnética, con presencia, pese a la rigidez sobre las tablas, y ofreciendo un show que en nada le parece a su pasado con Stereolab. Pop escapista y trío poderoso para presentar “Something shines”. Poderoso como su discurso político; siempre volcada, siempre aguerrida. Con la persiana de Cal Ninyo bajada, todos –aunque más bien pocos, sí– directos a los Jardins de l’Ateneu donde Xebi SF, ganador del Altaveu Frontera, y su road movie “Duermevela” (13) se emplearon a fondo ni que fuera para la decena que les contemplaba. A continuación, José Domingo no sería ni el primero ni el último que, antes los incómodos huecos y la timidez del respetable, pediría que la gente se acercara a las tablas: ¡calor, joder! Si músicos piden calor, Domingo y su propuesta piden arder: Canalla y quinqui, de tintes fronterizos, psicodelia a punta pala y aire mozárabe, algo digno heredero del espíritu de Triana. “Almería” brilló con luz propia gracias, entre otros, a los aportes al cajón y cante de Jordi Fornells y las guitarras serpenteantes de Jordi Herrera. Y para cerrar, pasada la medianoche, una tendencia que se repetiría ambos días: olvidar el propósito de altavoz del festival programando a bandas con sobrada trayectoria. Pero ni la fama de vende-tickets en Catalunya de Mishima (foto inferior) maquilló el decorado, oigan… ¿Media entrada? Como mucho. Eso sí, los que estaban, dieron la vida. Y con razón. El quinteto de Barcelona ha recuperado el trabajo-para-la-canción como premisa básica y sus conciertos son más apisonadora que efectismo. Aportando al bolo trompeta o violín y ganando en progresiones, han descubierto, por fin, que temas como “La tarda esclata” se aplauden solos… Sin necesidad de pedirlo.

 

Con el cielo amenazando lluvia, entre anaranjado y negruno, salió a escena El Petit de Cal Eril y su nuevo combo, tras el estruendo a lo Da Souza de Pedro Parque. Suficientemente oscuro, el día digo, como para que lucieran las camisetas con pegatinas fluorescentes que vestían más de una docena de músicos sobre el escenario… ¿Qué hacía tanta peña allí arriba? En ese momento sí, suficiente público en la plaza para admirarse del espectáculo que Joan Pons había preparado con la Free Spirits Big Band del reconocido David Mengual. Fue el primer bolo del día, y de lo más destacado del festival. Un prodigio en harmonía y dinamismo, toda una orquesta encargada de mantener, elevar o reinventar algunos de los básicos de El Petit. Preciosista y sin histrionismos (excepto una impro final pura técnica, arranca-aplausos), hicieron explotar “Vol i dol” o “Partícules de déu”. El típico proyecto imposible de can BankRobber que incluso el propio Marçal Lladó (uno de los fundadores de la discográfica) confesaba “inviable”. Y de uno inviable a otro totalmente “delicatessen”, como diría Albert Puig, director del festival, muy atinado él y su equipo, por cierto, con los nombres internacionales y algo conservador en los imprevistos: Poco antes del inicio del festival caía Jacco Gardner, substituido por Gerard Quintana & Xarim Aresté, que nos darían el cierre, y no en el buen sentido. Pero vamos al delicatesen: Neil Halstead, ex-Mojave3, se guardó el shoegazing en casa de sus re-formados Slowdive para lucir pegada folk, a lo Nick Drake. Congeló el ambiente con su punteo y sus pedales, que dilataron una y otra vez las notas, dando profundidad a su susurro. Era la segunda americanada del día, pero como no se puede estar en misa y repicando, nos perdimos el bolo de Robert Ellis. A los que pillamos ya acabando por los solapes (me imagino, una estrategia para esponjar –¿más?– los escenarios) fue a Coriolà, que corrieron igual suerte que Xebi SF el día anterior. Aunque se defendieron con gusto y con las armas pop de “El debut”, sirviéndoles el festival como esparrin para su próximo concierto por las Festes de la Mercè junto a Klaxons, entre otros. Y volviendo a remitirme a Albert Puig, después de la banda de Carles Cachón, estallaría “la bomba”: Myles Sanko, soul clásico de pedigrí. Compacto, sonando potente, con brillo a las trompetas, homenajeando a Otis Redding o Al Green, lo suyo fue una demostración de cómo con tesón hasta el más estirado llega a bailar. El británico se proyecta asiduo a los ‘charts’ con su segundo álbum, “Forever dreaming”. Y quién nos iba a decir que este delicado Altaveu iba a tener un adiós más de paja que de grano: Gerard Quintana & Xarim Aresté cerraron el chiringo tirando de canciones de Sopa de Cabra, haciendo un revival impropio de un festival que pretende ser punto de encuentro con nuevas propuestas. Tan sólo los temas y la guitarra de Aresté pusieron algo de color a un final que, con “El boig de la ciutat” y las piruetas de frontman setentero de Quintana por bandera, desgraciadamente, más que muerte natural, fue estocada.