La cosa va en serio pese a las bromas que se intercambian en uno y otro sentido, cuando ya dentro se facilitan las letras del álbum que a continuación sonará y que habrán de ser devueltas al final. El morbo, la expectación y el escepticismo coexisten y se agravan cuando la responsable de Mercury venida desde Inglaterra hace una breve introducción recalcando la vuelta a las raíces que supone el disco antes de pinchar “la única copia existente en todo el mundo”. Ese segundo que precede al simple gesto de pulsar el play del lector es de un silencio tranquilo, sin histerismos. Por delante setenta y dos minutos con las nuevas composiciones en cinco años, de quienes fuesen pilares del thrash metal. Es el momento de sacudirse las impresiones personales sobre el asunto Napster, la fobia a la difusión del nuevo disco a través de Internet antes de que se edite, las convulsiones internas en la banda y los ríos de polémica. Es la hora de dirimir, pasando “St. Anger” por el filtro de la objetividad. Ahí está. La irrupción poderosa de “Frantic” con el obsequio de una porción extra de decibelios, representa una nueva línea argumental que se consolida en la sucesión de canciones. Se produce una adherencia inevitable que conduce un sonido contundente, del que parecían haberse desembarazado y algunas premoniciones que se irán cumpliendo según avanza la audición. Hetfield, Ulrich y Hammet han jugado con los contrastes, con los claroscuros y, sobre todo, con las influencias. Son obvias algunas de las fórmulas que tan buenos resultados comerciales les han dado del álbum negro a esta parte, como es el caso del corte homónimo, un nuevo hit seguro. Hay fluctuaciones estilísticas que se suceden vertiginosamente dentro del corazón de una misma composición. Entonces James sorprende con sus registros menos melódicos de los últimos doce años (una suerte de Tom Araya menos colérico), para también osar emulando a Alice In Chains o Pearl Jam en cuestiones vocales. O los gruesos riffs a lo Sabbath de “Some Kind Of Monster” que condensan en un coro de reminiscencias a Pantera. Nada que ver al lado de la combinación punk rocker con aires Motörhead y un topping de nu metal en “Dirty Window”. Ejercicios de voz sin poder calórico en “Invisible Kid” donde comienza a pillársele el hábito a los entresijos de la obra, con un desarrollo sostenible a base ideas destinadas a un público pluralizado. Korn y los fraseados cercanos al rap afloran en “My World”. Tras un desconcertante “Shoot Me Again”, “Sweet Amber” se desnuda con raíces setenteras y dejes sureños, también dominada por los extremos. Estridencias y efectos de industria también para “The Unnamed Feeling”, reiteración de formas en “Purify” y cierre encabritado con “All Within My Hands”. ¿Las sorpresas? La ausencia de solos de guitarra y de baladas. La actualidad la marca la inminente aparición de un plástico sobre el que se hablará y se venderá aún más, lejos de traer de vuelta esa esencia de comienzos vital para una banda a la que su ambición por reinventarse, les ha llevado a sonar cada vez menos a lo que de ellos se espera. Ya nos lo advirtieron, a Metallica les gusta ponérselo difícil a sus fans.
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