Reseñamos 'Inferno', el retorno discográfico de Boards Of Canada
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Reseñamos 'Inferno', el retorno discográfico de Boards Of Canada

6 / 10
Lluís S. Ceprián — 30-05-2026
Empresa — Warp
Género — Electrónica

Trece años después de “Tomorrow’s Harvest”, Boards of Canada han convertido el anuncio de “Inferno” en una campaña de comunicación enigmática y meticulosamente diseñada. Una vez más, Michael Sandison y Marcus Eoin se han alejado de las dinámicas promocionales habituales para apostar por una estrategia basada en la escasez y el misterio que, paradójicamente, gracias a las redes sociales y los medios digitales, ha alcanzado una repercusión inédita para el dúo escocés. De hecho, la campaña —concebida inicialmente para reforzar el aura de culto del grupo— ha acabado escapando parcialmente a su control hasta el punto de llegar a la Casa Blanca, donde la administración Trump ha utilizado sin autorización ni del grupo ni de su sello Warp “Deep Time” en un vídeo propagandístico difundido en X e Instagram acompañado de imágenes de marcado carácter militar.

Pero conviene recapitular para entender cómo hemos llegado hasta aquí. Las primeras señales aparecieron a principios de año, cuando una antigua web vinculada al universo promocional de “Tomorrow’s Harvest” —inactiva desde hacía años y reducida a errores 404— volvió inesperadamente a la vida. En ella podía leerse el mensaje “nobody home…” tanto en texto convencional como en código morse. Poco después, a mediados de abril, apareció en YouTube “Tape 05”, una pieza de progresión ascendente que posteriormente ha sido desarrollada en el disco bajo el nombre de “Deep Time”. Coincidiendo con ello, el grupo comenzó a enviar cintas VHS a fans y colaboradores cercanos.

Paralelamente, ciudades como Londres, Tokio, Los Ángeles o Nueva York amanecieron cubiertas con carteles que mostraban imágenes granuladas y manipuladas de niños y adolescentes, con los ojos blanqueados o parcialmente borrados, acompañadas del símbolo de Hexagon Sun, el colectivo artístico históricamente asociado al grupo. Era imposible no pensar en la portada de “Music Has the Right to Children” y en esa estética de horror pop tan Boards of Canada, en la que confluyen inocencia e intimidación. Poco después llegaron “Introit” y “Prophecy at 1420 MHz”, las dos piezas encargadas de abrir el álbum. La última jugada de la campaña fue la organización de listening sessions exclusivas en seis ciudades del mundo, entre ellas Barcelona.

“Introit”, que abre el disco supone un cordón umbilical con el sonido más reconocible del grupo. Ese que bebe de la música de documentales de finales de los 70. Aquí el título es mucho más que una mera introducción, es más bien un posicionamiento respecto al contenido del disco. Introit en música se utiliza como sinónimo de prólogo, preámbulo o introducción para referirse al principio de un texto, discurso o pieza artística, pero también tiene connotaciones religiosas, ya que es el canto o fragmento de salmo con el que se inicia la celebración de la misa, que se interpreta mientras el sacerdote entra al templo y se acerca al altar, y casualmente también anatómica, ya que se trata del orificio o la entrada a la vagina. ¿casualidad? Es más que dudoso.

La pieza enlaza con “Prophecy at 1420 MHz”, otro título cargado de simbolismo. La frecuencia de 1420 MHz corresponde a la llamada “línea del hidrógeno”, una banda del espectro radiofónico que en astronomía se considera una de las más adecuadas para la búsqueda de comunicación interestelar. Musicalmente, el tema plantea una estimulante confluencia entre dark ambient y electrónica cinética, reforzada por un protagonismo inusual de instrumentos orgánicos como la guitarra y la batería. “Hydrogen Helium Lithium Leviathan” profundiza todavía más en esa dirección mediante sintetizadores en primer plano y un torrente de percusiones sintéticas y timbales sinfónicos por detrás.

Por su parte, “Age of Capricorn” se construye sobre un motivo de piano minimalista que remite inevitablemente a “Music for 18 Musicians” (98) de Steve Reich. Sobre esa estructura aparece una voz procesada que funciona como una especie de sermón automatizado. Las voces sintéticas son, de hecho, una de las grandes constantes de “Inferno”. En “Father and Son” aparecen ensambladas como un collage de lectores de texto sin alma que intentan transmitir una especie de mensaje.

Sin embargo, conforme avanza el disco, la intensidad inicial empieza a diluirse. El exceso de piezas transicionales y cortes como “Into the Magic Land” o “Blood in the Labyrinth” —una revisión algo descafeinada de los días de “Geogaddi” (02), incluida esa discutible aparición de una cítara— terminan rompiendo parte de la tensión acumulada durante el primer tramo. Algo parecido ocurre con “Arena Americanada”, fascinante en su arranque gracias a sus sintetizadores y cajas de ritmos ochenteras, pero incapaz de sostener la misma fuerza a lo largo de todo su desarrollo.

La sensación final es que Boards of Canada han trabajado más el concepto que el contenido estrictamente musical. La campaña promocional ha sido brillante, transformando el regreso del dúo en un acontecimiento cultural cuidadosamente coreografiado y demostrando una capacidad extraordinaria para jugar con el misterio en un ecosistema dominado por la sobreexposición y el consumo inmediato. Pero musicalmente “Inferno” no termina de justificar del todo una espera de trece años.

Eso no significa que el grupo haya optado por la complacencia o la repetición. Muy al contrario: el disco introduce nuevas vías expresivas mediante una mayor presencia de instrumentos orgánicos, voces narrativas y una producción más limpia y definida de lo habitual en su discografía. El problema es que, pese a esos hallazgos, muchas de las ideas parecen quedarse a medio desarrollar.

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