Con tres discos largos a sus espaldas, Rusos Blancos parecen ser una banda que tiene claro lo que quiere. Ya lo tenían en su álbum de debut, pero necesitaban pulir ciertos detalles que quedan finalmente resueltos en “Museo del Romanticismo”. Javier Carrasco (Betacam) y Manuel Rodríguez, son el núcleo de compositores en un proyecto que ha sufrido cambios desde “Crocanti”, el EP con el que se acercaban a la electrónica. “Museo del Romanticismo” es un paso adelante, en el que han preferido no optar por la autoedición y trabajar junto a I*M Records para poner en el mercado unas canciones que vuelven al sonido original de la banda (aunque ellos no comparten esta opinión), con letras más oscuras en las que el fracaso personal, la inadaptación y la dependencia sexual son sólo una manera de enfrentarse al mundo con dignidad. No son partidarios de calificar sus letras como “costumbristas”, pero sí que reflejan de manera muy clara un momento y un lugar.


¿Qué importancia tiene el costumbrismo contemporáneo en Rusos Blancos?
Tiene importancia a la hora de construir un contexto que nos hable de los personajes. En el primer disco sí que podía haber una vocación de retratar usos y costumbres, pero ahora ya solo me interesan para dar profundidad a los personajes. Cuando en “Define serio” hablo de “tragos de Jäger y YouTubes de gatitos” basta escuchar eso para entender de qué tipo de noche y encuentro te estoy hablando.

La soledad del músico, ¿se muestra en todo su esplendor a la hora de decidir cuando dejar una mezcla o de elegir un single?
Ese puede ser un problema muy grande a la hora de enfrentarte a una canción, especialmente ahora que ya no se graba en estudios hiperprofesionalizados y que puedes editar las canciones en tu casa tantas veces como te dé la gana. Fíjate lo de Kanye West, sin parar de cambiar las canciones y el tracklist de su disco semanas después de editarlo… Pero sucederá más con artistas en solitario. Lo bueno y lo malo de estar en un grupo es que al final las decisiones se consensuan. Si dedicas a esos ejercicios de democracia interna más tiempo que el que dedicas a hacer canciones como tal, es un problema. Pero si no, sirve para que te paren los pies antes de cagarla.

¿Es “Museo del Romanticismo” una vuelta a los orígenes del grupo? ¿Una evolución o una necesaria involución?
No lo veo mucho como un regreso a nuestros orígenes, especialmente si consideramos como orígenes nuestro primer disco, “Sí a todo”. Creo que este es, con diferencia, nuestro disco más oscuro y tiene muy poco ver con el aire optimista que desprendían algunas de esas primeras canciones.

Sí que hay un regreso al sonido de banda, de pop guitarras del grupo después del sonido electrónico de “Crocanti” (que tampoco hemos abandonado del todo aquí). Pero sobre todo lo veo como una continuación muy natural, tanto por temática como por sonido. Es retomar a personajes de los que ya habíamos hablado y ver en qué punto se encuentran ahora.

¿Qué fue de la electrónica de “Crocanti”?
Si te fijas, sigue bastante presente en el disco. Hay muchos ramalazos que siguen yendo por ahí, pero las canciones mandan y en este caso nos pedían este tipo de sonido y no otro. Pero es muy seguro que volvamos a hacer trabajos electrónicos en el futuro.

“Es muy seguro que volvamos a hacer trabajos electrónicos en el futuro”

Después de todo el trabajo que supone llegar a editar un nuevo disco, ¿cómo os sentís respecto a “Museo del Romanticismo”?
Muy satisfechos. Ha sido un proceso largo, costoso. Algunas de las canciones tenían casi tres años cuando por fin se grabaron. Hubo momentos en que no teníamos claro cómo iban a salir o si iban a salir. Y después de todos los altibajos, miramos el disco con mucho orgullo. Lo vemos como algo que nos ha reforzado, que nos ha unido.

¿Dónde habéis grabado el disco?
Grabamos el disco en los estudios Río Bravo en Valencia, con Xema Fuertes como ingeniero. Lo cierto es que acabamos grabando allí de manera no planeada. En esta ocasión queríamos grabar en Madrid, por un lado por tema de limitar los gastos, y también por una cuestión de compatibilidad con nuestros trabajos. Sin embargo, a unos pocos días de entrar a grabar surgió un problema en el estudio que habíamos reservado y después de entrar en pánico durante unas cuantas horas nos cayó la posibilidad de hacerlo con Xema en Valencia, que es muy amigo de Joaquín. Y ha sido fantástico porque hemos tenido mucha conexión.

¿Qué ha aportado Joaquín Pascual?
Para empezar, algo fundamental, como son las ganas de trabajar con nosotros. Ya teníamos amistad con él y siempre que tocábamos en Albacete hablábamos de la posibilidad de hacer algo juntos. Y estas canciones eran perfectas para trabajar con él. Las comprendió muy bien desde el primer momento. Además, con él empleamos un sistema de trabajo que nunca habíamos utilizado con ningún otro productor, haciendo muchos encuentros previos, muy implicado desde la misma construcción de las canciones. Fuimos a Albacete un par de veces, vino él a Madrid a ensayar con nosotros. Ha sido un trabajo muy familiar y muy natural.

¿Fue muy largo el proceso de grabación?
La grabación en sí, no. La composición, en algunos casos, sí. Hubo canciones que salieron al primer momento y que se han grabado con la misma estructura e idea de sonido tres años después, y hubo otras en las que estuvimos retocando hasta el último momento. Por ejemplo, el final de “No soy esa clase de hombre”, no lo acabamos hasta casi horas antes de mandar el disco a masterizar.

¿Se puede disfrutar el disco igual si lo escuchas en modo aleatorio?
No sé si se podrá disfrutar igual o incluso más, pero el orden del disco es algo muy pensado para que el oyente se acerque a la historia, el relato, las sensaciones que nosotros queremos transmitir. Tú también puedes leer pasajes al tuntún de una novela y disfrutar cada uno de ellos por sí mismos, pero no estás acercándote a la obra. Nuestra obra es esta, con este orden, no once canciones que puedas escuchar de manera aleatoria.

Después de la autoedición, volveis a una discográfica. ¿Qué os ofrecía I*M que mereciera la pena?
Por encima de todo, muchísima ilusión. Además son unos profesionales con muchos años de experiencia a sus espaldas, pero lo fundamental es que creen en nosotros, que les gusta lo que hacemos y les apasiona su trabajo. Cuando nos autoeditamos la gente me preguntaba si descartaba volver a estar en una discográfica y mi respuesta era que no, pero que solo trabajaría con gente que creyese en nosotros. Eso es lo que nos ha unido.

¿Hay demasiadas cosas que sentimos y de las que nos cuesta hablar?
Puede ser que así sea, pero para eso están nuestras canciones también, para escuchar a alguien cantando intimidades de las que jamás hablarías en voz alta. Es por eso que busco una manera de escribir hiperrealista, sin filtro, casi exhibicionista.

¿Es “Museo del Romanticismo” tal vez un disco con canciones más oscuras?
Sí, creo que así es. No solo por temática, que en algunos casos es continuación a lo ya avanzado en otros discos, sino también por la paleta de sonidos elegida para vestir las canciones. Creíamos que esa oscuridad iba más acorde con la sensación de sordidez, desencanto… de la que hablaban las canciones.

¿Habéis tenido algún cambio dentro del grupo?
Así es. Elisa ha dejado de tocar la batería y de ser miembro del grupo como tal, aunque ha seguido encargándose del diseño y mete unos cuantos coros. Se debe sobre todo a que ella ya tenía a Cosmen Adelaida además de su proyecto personal, Caliza, y resultaba muy difícil compatibilizar todo, a la vez que sentir todo como propio. Cuando tienes 20 años, estar en tropecientos grupos es fantástico, pero llega un momento en la vida, conforme vas creciendo y teniendo más responsabilidades, que igual no te apetece tener que ensayar todos los días de la semana y salir a tocar cada finde. Pero la seguimos sintiendo como parte del grupo. De hecho, ni siquiera la hemos eliminado del chat de Whatsapp

Le ha sustituido Pablo Magariños, con quien ya habíamos trabajado en otras ocasiones. En “Tiempo de nísperos” ya grabó el disco y nos acompañó en parte de la gira como percusionista, así que tampoco tenemos la sensación de haber añadido a un elemento extraño, sino a alguien que ya estaba ahí, que es de la familia.