“El arte no tiene por qué ser un enigma con una sola respuesta”
Entrevistas / Rodrigo Amarante

“El arte no tiene por qué ser un enigma con una sola respuesta”

Carlos Pérez de Ziriza — 20-08-2021
Fotógrafo — Archivo

Sensibilidad punzante, desenvuelta ausencia de prejuicios estilísticos y un talento prolífico y tan generoso que rara vez vierte su genio en producciones a su nombre. Son algunos de los rasgos de Rodrigo Amarante (Rio de Janeiro, 1976), el fabuloso compositor brasileño cuyo nombre es más probable encontrárselo en los créditos de canciones de Gal Costa, Norah Jones o Gilberto Gil, o fraguando algunos de los discos de la Orquestra Imperial, Los Hermanos o el proyecto Little Joy, junto a Fab Moretti (The Strokes).

Ahora está de vuelta con un disco propio, “Drama” (Pollivynil, 2021), la ansiada continuación de aquel magistral Cavalo (Mais Um Discos / Music As Usual, 2014). Un trabajo producido por él mismo y mezclado de nuevo por Noah Georgeson (Devendra Banhart, Natalia Lafourcade, Andy Shauf, Bert Jansch) y grabado con su equipo de confianza (“Lucky” Paul Taylor a la batería, Todd Dahlhoff al bajo y Andrés Rentería a las congas), que ratifica la clase de quien una vez alguien (bueno, en realidad fue allmusic.com) definió felizmente como un cruce entre Caetano Veloso, Paolo Conte y Andrew Bird. El músico brasileño nos atiende por zoom desde su casa (y estudio) en Los Ángeles.

Has estado liado en muchos proyectos, pero sorprende que hayan pasado siete años entre tu primer disco y este.
Al final de la gira de Cavalo (2014) escribí “Tuyo”, la canción de “Narcos”, la serie de Netflix, y eso me generó nuevas giras. Mucha gente me pedía que no parase de dar actuaciones, y a raíz de la canción mucha gente descubrió el álbum. Así que fueron otros dos años de gira. Después publiqué un libro en Brasil, y la banda sonora para una película, “Entebbe” (José Padilha, 2018), que grabé en Inglaterra con una orquesta. Si es mucho tiempo entre un disco y otro, es algo que solo tiene que ver con proyecciones comerciales. Me lo han preguntado mucho, y yo les contestaba, ¿y por qué no pueden pasar siete años? ¿Quién tiene prisas? (risas). Solo es mucho tiempo si lo comparas con otros. Si piensas de forma comercial. Quizás soy lento. O escribo cincuenta canciones que luego descarto porque creo que no son buenas, hasta que me quedo con las once que al final se quedan en el disco.

“La risa bien puede ser un regalo o bien algo terrible, cuando se ríen de ti y no contigo. Vale la pena que sea el oyente quien ocupe ese espacio”.

¿Y qué haces con las canciones que descartas? ¿Te las guardas para otro posible disco o proyecto o directamente las desechas?
Siempre tengo material que sobra. Pero es basura. No sé cómo será para los demás, pero para mí escribir es un ejercicio de intentar cosas, de caminar, de adentrarte en una vereda en la que puede no haber nada, y tener que volver. Y explorar otro camino. Siempre estoy aprendiendo a escribir, a tocar, a pensar. Es un ejercicio. Un trabajo como el que hace un escultor con su cincel. Un cincel muy pequeño sobre una piedra enorme.

Es curioso cómo cambia a veces la percepción del público sobre el trabajo de un músico a consecuencia de una sola canción, como fue “Tuyo”. Como un golpe de suerte puntual e inesperado, pese a que tengas un montón de canciones, en solitario o en otros proyectos, ya publicadas.
El destino es siempre caprichoso, pero la forma en la que lo perciba el público ya no tiene nada que ver con mi trabajo, en realidad. Es algo externo. Y funciona siempre así. Todo éxito puntual es siempre una parte de tu trabajo. Y es bonito también. Sería ingenuo pretender que todo el mundo entienda la totalidad de una carrera. Eso no me importa. Cuando tenía 22 años me preguntaban lo mismo, y cinco años después lo mismo, pero sería muy vulgar por mi parte pensar que me supone un problema gozar de un éxito puntual. Incluso si hay mucha gente que acaba pensando durante el resto de mi vida que solo soy el tipo de la canción de Narcos, no me importa. Me hace muy feliz si es así, lo veo con mucho cariño. El público tiene que ser imprevisible siempre.

Este “Drama” (2021) detenta el mismo eclecticismo que “Cavalo” (2014). Entiendo que no te preocupa en absoluto qué etiqueta se le pueda adjudicar.
No, porque no pienso desde una perspectiva comercial, ni con los estilos ni con las lenguas. Son cosas del mercado. Pero no es mi terreno. Mi campo es el arte, la música, y escribir lo que siento. Si una canción es más o menos brasileña, si es una balsa o un rock, me parece bien siempre que sea una herramienta útil para mí. El riesgo es parte fundamental de nuestro trabajo. Si no lo hay, ¿qué haces?

Ya que mencionas tu condición de brasileño como factor distintivo, ¿crees que es algo que permea en todas y cada una de tus canciones, independientemente de que se puedan inscribir en ritmos de bossa o cualquier género de allí, como si fuera una cadencia, una sensibilidad particular que impregna todo lo que haces?
Claro, es normal que se note. Soy muy brasileño. Toda esta fantasía de las voces originales, de ser un genio, creo que es algo ilusorio, como si pudiera haber una expresión pura del alma y todo eso. Y creo que no es así. Nuestras voces son ecos de tantas voces… las voces de quienes nos enseñaron a hablar, las de nuestros padres y madres, las de la gente que estaba en nuestro entorno cuando empezamos a pensar, y las palabras son los instrumentos del pensamiento. Cuando somos niños, pensamos con las palabras de los otros. Nuestras voces son ecos de otras voces, y mi voz tiene un eco de todo lo que tiene Brasil en términos musicales y culturales. No es que tenga ganas de ser auténticamente brasileño de una forma forzada, pero al mismo tiempo tampoco me motiva intentar no serlo, cantando en inglés, por ejemplo. Brasil tiene una gran riqueza musical. La gente conoce la samba, la bossa nova… pero hay tanto, tanta mezcla de ritmos africanos y nativos… siempre me encantó, yo crecí en una escuela de samba, con percusionistas que traían estos códigos rítmicos, de quienes yo aprendí muchísimo. Afrocaribeño, latinoamericano… hay una canción en este disco, “Sky Beneath”, que es una canción folk americana, en cuanto a su formato, sus acordes, y es en inglés, pero el arreglo, sin forzarlo, se me ocurrió como un ritmo sincopado, que fue su origen, sin armonía, de forma que tiene que ver con los ritmos afrobrasileños. No es que se me ocurriera de una forma racional, es algo más emocional.

“Por eso el título de “Drama”. Porque todo es teatro, porque creo que la identidad es algo creado, y hay mucha riqueza en encontrar estas voces”.

¿De qué factores depende que una canción tuya sea en portugués, inglés o castellano?
Cambia. A veces, cuando no hay palabras, solo un pedazo de una melodía, es cuando me pregunto qué quiero cantar o qué quiero decir. Con este trabajo fue así. Pero es un proceso muy emocional al principio, de intentar dar con algo que está oculto en la parte trasera de tu mente, no en la de delante. Y esa intención a veces me lleva a un idioma. Por ejemplo, en el anterior disco, yo sabía que quería escribir una canción sobre ser el hecho de ser extranjero en francés, por una experiencia que tuve en Francia al observar los espacios urbanos y cómo los extranjeros se quedan en un espacio en el que están separados, aunque en teoría cohabiten. Los guetos. Y como mi francés no es bueno, pensé que era un buen ejercicio el trabajar con un vocabulario muy pequeño, porque me obliga a saber exactamente lo que quiero decir, sin subterfugios lingüísticos ni ambigüedades. Otro ejemplo: cuando escribí “The Ribbon” y “I’m Ready”, las dos de “Cavalo” (2014): las quise escribir en inglés porque hablan del servicio militar, del patriotismo, del sacrificio en nombre de algo que piensas que es más grande que tú. Quería cantarlas para mis hermanos anglófonos. En realidad son la misma historia con dos personajes diferentes, con dos puntos de vista distintos. Pero a veces, porque hablo portugués, inglés y castellano, estoy tocando y pensando en una de esas tres lenguas, y la idea directamente sale en ese idioma, sin ser algo premeditado.

La primera canción del disco, “Drama”, suena a viejo musical de Broadway, con unas risas enlatadas sobre la música. Como sentando el tono del álbum. ¿Qué buscabas con ese contraste entre la melancolía de la música – y del título – y la algarabía de las risas?
Bueno, lo que busco puede no coincidir con lo que se encuentra el oyente. Y si así fuera, si fueran lo mismo, sería un mal trabajo. Yo dejé un espacio, que es como un espejo imprevisible. No sé lo que vas a sentir tú o el resto de la gente. Hay un contraste, sí. La música y la risa no tienen una conexión directa o racional. Parece que la gente se ríe como respuesta a la música, pero tiene que haber algo más. ¿Por qué están riendo? ¿Es una situación real, en la que se produce algo que hace a la gente reír? La música es algo interno del personaje que está en escena, y el público no escucha esa música. Está solo en su cabeza. O también puede ser que nuestro protagonista esté en el cuarto de baño, lavándose, porque si escuchas atentamente, también se oye eso. El ruido del agua al correr. La risa y la música son superposiciones de un recuerdo, de la memoria de esta persona. El arte no tiene por qué ser un enigma con una sola respuesta. Es un juego. El arte tiene que tener un espacio en el que se pueda reflejar cualquier cosa. Puedes escuchar esta canción un día y ponerte triste, porque te recuerde a una situación en la que te sentiste ridículo, pero otro día la escuchas y te hace feliz porque te hacer recordar todas las dificultades que te llevaron a lograr hacer algo que le gusta a la gente, y por eso ríen. La risa bien puede ser un regalo o bien algo terrible, cuando se ríen de ti y no contigo. Vale la pena que sea el oyente quien ocupe ese espacio.

Que cada cual lo interprete como quiera, ¿no?
Claro, tiene que ser así.

Tengo entendido que “Maré”, el segundo corte, está basado en un refrán español, algo así (lo he leído en inglés) como que la marea te devuelve aquello que tiras al mar. ¿Es así?
Sí, en realidad no tenía ni idea de que fuera español. Colecciono diccionarios. Y este proverbio lo escuché por primera vez en inglés. El tipo a quien se lo escuché afirmaba que en realidad era irlandés. Indagué y averigüé que el origen era español. Aunque su origen es tan antiguo que es difícil aclarar de dónde viene realmente. No es más que una metáfora, que tiene que ver con el zen budista, con la idea de que todo cambia, todo está en movimiento, y todo lo que el destino nos trae, se lo puede llevar la marea. Es una idea que te hace no sentir apego a nada, porque comprendes que todo es movimiento. Cuando cambias de lugar de residencia, por ejemplo, la puerta de entrada a un lugar es también la puerta de salida.

¿En qué medida el confinamiento ha afectado al disco? ¿Tuviste más tiempo para pensar en cómo lo querías enfocar, de un modo más relajado?
No sé si más relajado, porque había mucha tensión y mucha tristeza, en mi país principalmente. Pero sí que cambió, porque la intención inicial era hacerlo en vivo, que la grabación de base fuera como en un directo, porque así es como empezó. Cuatro o cinco canciones fueron grabadas con la banda en el estudio, con los instrumentos básicos: batería percusión, bajo y guitarra. La idea era hacer los overdubs de los otros instrumentos, que van por encima de estos, aquí en mi estudio. Pero llegó la pandemia y tuve que cambiar el plan, y terminar el disco aquí solo. Pero el hecho de estar solo me permitió repensar mi intención con este disco, el por qué hacerlo de esta manera o de otra. Y creo que lo que me inclinó a ponerle Drama de nombre sí que es algo que seguramente vino dado por la pandemia. Porque en principio mi idea era hacer un disco más frío, por así decirlo. Más rítmico y melódico que armónico. Pero percibí que esta intención estaba contaminada de ecos que yo arrastraba desde niño, que tienen que ver con mi condición masculina y con todo lo que absorbes en ese momento de transición en que pasas de ser un niño a un adulto. Creo que tanto en Latinoamérica como, posiblemente también en España, nosotros estamos acostumbrados de siempre a que, si somos hombres, hemos de ser racionales, fríos y saber controlar nuestras emociones. Pero es una falacia. Que además alberga otra falacia en torno a la condición femenina, que es la noción de que la mujer es inestable, que sus emociones las ponen en un lugar menos eficiente que los hombres. Una cosa loca. Es la voz del patriarcado. Yo puedo decir que no soy machista, ni racista, o lo que sea, pero sentí que esas voces que escuché de niño aún están en mí. Incluso si pienso, racionalmente, que las rechazo. Y ahí es donde reconocí, en mi primera intención de hacer un disco más frío, un eco de estas voces. Así que decidí hacer lo opuesto. Romper con ello. Esas voces interiores son las que te dicen que tienes que matar el drama, cortarte el pelo, ser feo para ser más eficiente. Y por eso he hecho lo contrario: una cosa muy emocional, dramática y romántica, y sin pedir disculpas por el amor, por la melodía. Quiero meter seis violines, un contrabajo, los contrapuntos, reflejar toda mi confusión, toda mi sensibilidad y mi vulnerabilidad. Por eso el título de “Drama”. Porque todo es teatro, porque creo que la identidad es algo creado, y hay mucha riqueza en encontrar estas voces.

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