“Dejo que mi música hable por mí mismo”
Entrevistas / Nicola Cruz

“Dejo que mi música hable por mí mismo”

Alan Queipo — hace 10 meses
Fotógrafo — Archivo

Mientras medio mundo pensaba que el dubstep, el trap y/o la EDM marcaría la evolución de la música electrónica, un veinteañero ecuatoriano llamado Nicola Cruz decidía que en la música de antes de ayer encontraría el ritmo de pasado mañana.

Nicola  debutaba conPrender el alma (ZZK Records, 2015), un álbum en el que exploraba en las raíces de la música andina, pero también en elementos ancestrales de las comunidades indígenas, combinándolo con electrónica contemporánea, haciendo de lo orgánico, electrónico, y viceversa, y articulando tanto uno de los discursos más sólidos como uno de los movimientos musicales más revolucionarios de los últimos años, siendo el mascarón de proa de un barco que ha recibido apelativos como los de “folktrónica”, “neo world music” o “Andes step” y que no es nada de eso, ni todo lo contrario.

Tras años de intensos viajes por todo el mundo, y algunos EPs y singles que sirvieron como elementos de transición, el sudamericano regresa con “Siku” (ZZK Records, 2019), un álbum que no solo no es un “capítulo 2” de lo iniciado en su debut, sino el que toma riesgos, consigue texturas inéditas en la música electrónica, se rodea de un tonel de colaboradores y mira a otras tradiciones musicales, de territorios como África, Asia o Brasil.

“Me he sentido muy inspirado por algunas regiones por las que pasé, y quería ampliar la visión, el panorama”.

Prender el alma” salió hace unos tres años. Pero, muy rápidamente, te convertiste en un modelo para muchos productores, dando la sensación de que eres un padrino, un abanderado de una manera de conectar la música de club con la música de raíz. ¿Sientes que has dado con algo que antes no había dado nadie; o al menos no de manera tan clave?
Creo que sí se estableció un camino para mucha gente que quería canalizar esta idea y que, propuestas como la mía, ayudaron y motivaron a que lo puedan hacer. Y, a raíz de esto, se ha creado una escena, un movimiento, un montón de cosas buenas y malas. Siento que mi disco sí que sirvió para abrir una puerta, de alguna manera.

¿Te gusta ver pequeños ‘nicolitas’ por el mundo o te da la sensación de que te están quitando algo que es tuyo?
(Ríe) No, no es por ser egoísta ni nada de eso, pero sí que lo que me suele atraer de los artistas es que sean honestos y sinceros, percibir que en la composición hay honestidad… No me encanta ver pequeños ‘nicolitas’, pero tampoco soy egoísta y digo: “no, tú no puedes hacer eso”. Creo que cada uno tiene que hacer lo que le dé la gana, pero sería bueno que se hiciera con sinceridad.

Entiendo que estás acostumbrado a ver y escuchar propuestas no tan honestas, artistas que en el fondo están forzando algo, intentando subirse al carro de algo que ven que funciona.
Sí veo que se ha masificado un poco. Hay cosas muy buenas, de un nivel muy alto, pero también hay muchas cosas que no las veo tan interesantes, que son mejorables… Pero supongo que pasará en todas las escenas que se forman al principio: habrá que ir depurando.

¿El éxito que conseguiste con tu debut te generó presión de cara a “Siku”? ¿Tenías claras cosas que querías mantener y otras de las que distanciarte?
(Piensa un rato) Yo tengo una manera de trabajar muy relajada. Si bien el primer disco abrió una puerta muy grande, yo me considero un artista muy experimental, y no me preocupo en complacer a cierto público y creo que en “Siku” esto queda claro. Yo sigo mi búsqueda personal como músico y experimentador sonoro, y mantengo eso sin intentar cumplir con normas o paradigmas.

Da la sensación, escuchando el disco, que esa mirada a lo ritual y ancestral es más transversal y global: ya no suenas tan ‘andinófilo’, sino que suenan ecos de músicas de África, Asia, Brasil… ¿Buscabas quitar el foco de lo andino?
Sí, definitivamente, esa era la intención: propagar todas estas curiosidades que he tenido viajando estos dos últimos años con el álbum. Me he sentido muy inspirado por algunas regiones por las que pasé, y quería ampliar la visión, el panorama: ya no suena tan ligado a Sudamérica o Ecuador, sino que se abre a experimentar otras cosas, pero manteniendo la esencia.

Dices que el viaje ha influido mucho. ¿Podrías decirnos algunos sitios que hayan sido puntales básicos para cambiar tu manera de pensar la música?
Quizá no hay sitios súper específicos, pero sí momentos muy reveladores: viajar alrededor de Japón, o volver a San Pablo, donde hice la canción “Criançada”: siempre sentí mucha química con la gente de allí. Pero, más que momentos puntuales, fue la experiencia en sí de vivir en un viaje permanente, haciendo mío cada rincón y acercándome a cada sitio sin prejuicios y con la mente abierta para ver qué me podían dar.

Si hubiera que buscar un patrón para definir al disco, se puede decir que es más tribal y menos yogui que el anterior: el componente rítmico o percutivo es más protagonista. Casi no hay descanso, solo “Criançada”, “Voz de las montañas” o “Hacia delante” son las que bajan un pelín el ritmo.
(Ríe) Sí, es cierto. La percusión siempre la he utilizado como mi voz: por ahí conocí la música, tocando batería y luego estudiando más de cerca percusión. Y siempre, sin querer queriendo, mi manera de arrancar los temas es con un motivo rítmico; y me gusta, de igual manera, explorar diferente instrumentación percutiva. No era una intención premeditada, pero sí, yo también siento que el disco retrata ritmos distintos donde predomina el tambor.

“Creo que se ha proyectado en exceso esa imagen de las montañas, el poncho y ese tipo que hace música electrónica andina”…

Hay dos o tres canciones (“Señor de las piedras”, “Okami” y “El diablo me va a llevar”) que son especialmente radicales: parece que exprimes las máquinas hasta convertirlas en instrumentos acústicos-orgánicos. ¿Qué querías conseguir con ese tipo de matices?
A mí me gusta que la composición sea bastante expresiva, y no solo en música, también en  cine, fotografía, pintura, la disciplina creativa que sea. Y siempre busco eso en mi música: que sea bastante expresiva a la hora de usar tanto instrumentos como máquinas análogas. Buscar una manera de usarlas que no es la misma que tiene otra gente. Y sí es cierto que llega un punto en que las exprimes tanto que consigues un balance perfecto en donde encaja con el resto de la composición y, aunque suene redundante o cliché, suena orgánico: como una cola que se pega.

Tengo entendido que hay etiquetas que te dan bastante repelús, como “fusión” o “world music”. No sé si la etiqueta de “folktrónica” que se utiliza para hablar de proyectos de tu perfil también te resulta ajena o si te parece que casa mejor con lo que haces.
No me dan “asco”, no utilizaría esa palabra. Lo que me da asco es la subcategoría de la subcategoría de la subcategoría. De hecho, con “Prender el alma” yo usaba la etiqueta de “Andes step”: era una manera de hacer una burla a esta cultura de la subcategoría extrema. Creo que tanto fusión como world music no definen mi música y a la vez sí. Pero folktrónica no me gusta especialmente, no me siento identificado, no sé qué significa.
Además, muchas veces hago música más cerca del techno más puro, y otras veces hago cosas que no tienen que ver con lo andino y lo tachan de andino igual… (risas). A mí me gusta hablar de lo que hago como música electrónica contemporánea.

Hay muchos colaboradores en el disco, algunos con especial protagonismo: Esteban Valdivia, Chato, Minük, gente de Altiplano, Castelo Branco… ¿hasta qué punto estos invitados te ayudaron a construir el discurso sonoro del disco?
Mucho. De hecho, (la palabra) “siku” es una tradición andina que significa “tocar en par”: más allá del hecho de ejecutar música, habla de la conexión y convergencia que hay en esa “sikuriada”, que es cuando varios músicos que tocan el siku (que es un instrumento de viento andino). Por eso llamé así al disco: si bien mi nombre también creo que los representa a ello, creo que es extremadamente colaborativo, y que el sonido que se proyecta es el de una especie de “banda electrónica”, porque hay mucha gente que participó.

El título también puede tener una lectura política: de alguna manera, halagas esa especie de vida en comunidad, de sinergia colectiva; precisamente en un momento en que en Occidente se recurre al individualismo extremo, o esa idea “binaria”. ¿Existe ese discurso político o humanista?
Me gusta que esté presente, sí. A mí no me verás personalmente comentar cosas sobre política (bueno, no me verás comentando mucho sobre nada, en realidad) y dejo que mi música hable por mí mismo, pero sí me gusta que esté marcada la ideología: al menos, para poder decir cómo se hacían las cosas antes, y cómo era para nosotros, y cómo cuando llegó Occidente aplastó eso, como también aplastó la idea de disonancias o de no tocar en alguna escala, del baile como una manera de ser libre… cuando vino Occidente cuantificó todo eso en música. Y en “Siku” me gusta que esté presente ese mensaje.

Hay otros debates que se generan, también: tanto ese cruce temporal entre la música de antes de ayer y la de pasado mañana; como también en esa contraposición entre lo local y lo global. ¿Tú te sientes un artista apátrida, de ningún lugar o te gusta que se te identifique con lo andino?
Yo nunca he negado de dónde vengo, y me siento todavía bastante inspirado por esas tradiciones y esos paisajes naturales. Pero también creo que se ha proyectado en exceso esa imagen de las montañas, el poncho y ese tipo que hace música electrónica andina… (risas). Creo que hay gente que se ha casado con una imagen que ellos tienen y quieren de lo que es o tiene que ser Nicola Cruz. Y para mí la imagen de Nicola Cruz era, es y seguirá siendo la de una persona curiosa musicalmente y que no deja de experimentar, no se queda en una casilla.

¿Crees que hay gente que se toma demasiado en serio esa imagen?
Sí mucho,  se tomaban demasiado en serio esa imagen. Es chistoso, porque yo tengo dos tipos de shows: el live y los DJ sets, porque también gran parte de mí es ser DJ, selector musical. Y cuando hago DJ sets y selecciono música, muchas veces lo que menos hago es poner mis canciones. Para mí esos son momentos en donde descansar de mis canciones, es lo opuesto al live, y aprovecho para poner las cosas que me gustan en ese momento. Y lo curioso es que hay gente que se siente dolida y recibo mensajes de gente diciendo que no he puesto su canción favorita… Por eso digo que creo que hay personas que se lo toma de forma muy personal.

“No soy un antropólogo ni nada de eso, mi viaje ha sido natural. Viajar, conocer, preguntar, reconocer, compartir sonidos, ideas”…

¿De dónde te viene todo ese interés por lo ancestral, lo indigenista, lo cosmogónico…? ¿Has ido a ver comunidades de este tipo (las pocas que quedan)? ¿Hasta qué punto llevaste ese nivel de investigación?
Siento que, viviendo en Ecuador, uno está bastante expuesto e involucrado con esta tradición. Yo siempre tuve mucha curiosidad ver este tipo de músicas, en la radio o viajando por el país: está muy latente todo esto. Aún así, no descarto la realidad: ha habido un genocidio masivo y un racismo extremo que sigue hoy en día. Pero sí que he participado en ceremonias, he investigado mucho sobre medicina ancestral y he vivido en primera persona muchas experiencias; he preguntado mucho, he viajado mucho e investigado. No soy un antropólogo ni nada de eso, mi viaje ha sido natural. Viajar, conocer, preguntar, reconocer, compartir sonidos, ideas…

No eres antropólogo, pero sobre todo para los de fuera de Ecuador, hay un componente muy divulgativo y educativo: esos estudios y esa mezcla que propones a través de tu obra, te otorga en un papel de divulgador o de mediador. ¿Te gusta ese papel?
Sí, me gusta, me parece lindo poder mostrar y abrir el vínculo entre gente cuyas comunidades están por extinguirse y alguien que está en la otra punta del planeta y vive de una manera totalmente diferente, y que de no existir mi música no conocerían esa otra parte de cómo funciona el mundo. Disfruto bastante de esa parte dentro mía que es algo así como etnomusicólogo.

Hablas mucho de ese proceso de investigación que hay detrás de la producción de las canciones. No sé si te tomas la construcción de las canciones o de su discurso como si fueran micro-tesinas, casi como un científico musical.
En un sentido académico no, aunque sí que haya algo académico, pero a mí me parece muy importante que sepas de lo que vas a hablar. Quizá esto vuelve a la primera pregunta, que se ha generado una especie de movimiento; y empieza a ser demasiado fácil bajarse el canto de un chamán indígena por parte de un australiano que no sabe ni qué está bajándose; y eso es lo que no me parece ni creíble, ni honesto, ni contexto. Para mí es muy importante que exista el viaje. No tienes por qué subirte al Monte Fuji para poder hablar al respecto, pero sí es importante conocer las cosas a tu manera.

¿Te has planteado objetivos en el proceso posterior a la salida de “Siku” ”?
No soy tanto de metas y objetivos, pero sí de ambiciones. Mucha gente me pregunta si pienso armar una banda, pero me sigue gustando el hecho de tocar solo. Con el disco voy a necesitar que salga y luego ver qué me pide. Ahora estoy en una especie de limbo y necesito liberarme de él. Que se entregue a la gente para poder disfrutar de él. Pero, al menos a nivel creativo, necesito empezar a pasar la página. Sigo con la curiosidad de investigar y crear, me mantengo por ahí.

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