“Los políticos están matando a la gente”
Entrevistas / The Magnetic Fields

“Los políticos están matando a la gente”

Carlos Pérez de Ziriza — 12-05-2020
Fotógrafo — Archivo

Austero, coral, ácido y jibarizado en dosis más escuetas aún de lo habitual. Así es “Quickies” (Warner, 2020), el nuevo álbum de Stephin Merritt y los suyos.

Veintiocho canciones de pop artesanal y cáustico que no rozan siquiera los tres minutos, con títulos descacharrantes, que le sirven al compositor norteamericano para dar con un nuevo contrapunto a una carrera que enfiló el camino autobiográfico en su anterior entrega, y que ahora vuelve por donde solía. Si el propio Merritt reconocía en The Guardian que “69 Love Songs” (Merge, 1999) fue como su propio “Tusk” (en el caso de que The Magnetic Fields fueran como sus admirados Fleetwood Mac), y que el confesional “50 Song Memoir” (Warner, 2017) podía ser encajado como su “Tango In The Night“, ¿en qué estante colocamos este disco, inspirado por la lectura compulsiva de breves relatos, dentro del canon de la banda?

Después de dos semanas en una cuarentena que tiene pinta (a finales de marzo) de alargarse durante muchas más en la Gran Manzana, Merritt nos atiende al teléfono desde su casa en Nueva York. Y no contribuye demasiado a que las dudas se evaporen. Quizá ahí radique la gracia. ¿O no?

“Quickies” (Warner, 2020) es el título de vuestro nuevo álbum. Está inspirado en la lectura de historias cortas, ¿no?
Sí, soy un gran fan de Lydia Davis, que escribe muchas de las que se conocen como quickies. También de las que escribía Richard Brautigan en los años cincuenta y sesenta, he sido fan suyo desde que era un crío. Y también de TV Smith, cuyos poemas cortos acabaron convertidos en canciones. O de Robert Burns, cuyos poemas parecían poemas y lo eran. Es toda una tradición. Incluso en la música clásica, hay una tradición artística de composiciones de no más de dos minutos. Las canciones de Charles Ives eran así. He crecido con esa tradición de canciones de no más de dos minutos y cincuenta segundos. En el caso de la música clásica, eran canciones solo con voz y piano.

En la hoja promo del disco confiesas haber estado escuchando música barroca francesa, con presencia primordial del clavicémbalo
Sí, la he escuchado mucho en el coche. No mezcla muy bien con el sonido del motor, pero me encanta escucharla en el coche.

¿Es cierto que con esa influencia de la música de clavicémbalo querías huir de la languidez? Teniendo en cuenta que hay un sentido del humor muy ácido en la mayoría de canciones, ¿tratabas de escapar también de cualquier melancolía?
¿Crees que no hay melancolía en el disco? Igual tienes razón, la verdad es que no lo había pensado mucho.

Lo digo porque el sentido del humor es muy irónico, incluso sardónico. No sé hasta qué punto casa con la melancolía.
Normalmente en mis discos se combinan ambas cosas, lo melancólico y lo sardónico, en este caso tendría que mirarlo canción por canción, y no tengo el setlist a mano.

“Todo en mis canciones es cierto, en el sentido de que digo exactamente lo que quiero decir, sobre el amor o cualquier otro asunto”.

Pues yendo a canciones concretas: “My Stupid Boyfriend”, “Love Gone Wrong” o “Let’s Get Drunk and Get divorced” dan una imagen muy amarga de las relaciones de pareja. Ácida incluso.
Sí, no me sorprendería que así fuera. Puede que esta vez no haya compensado esa acidez con otros factores, porque también he tenido menos tiempo para escribir. No lo sé.

Dado el enorme arsenal de canciones que diseminas en tus álbumes, a veces con más de veinte, de treinta o de sesenta cortes en algunos de ellos (en este son 28), da la sensación de que componerlas te resulta algo tan natural como respirar.
No (risas). Es mucho más complicado. Lo que ocurre es que lo hago a diario. Tengo una rutina, me siento y escribo durante horas todos los días. Y lo disfruto, pero no deja de ser un trabajo.

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Tras un álbum tan absorbente en cuanto a introspección como debió ser el autobiográfico “50 Song Memoir” (17), ¿necesitabas volver a distanciarte de ti mismo a la hora de escribir?
No creo que necesitara tanto distanciarme de mi mismo como presentar las cosas como si fueran ciertas. Quiero decir, que todo en mis canciones es cierto, en el sentido de que digo exactamente lo que quiero decir, sobre el amor o cualquier otro asunto. Pero son suficientemente grandes como para que sean igual de válidas para ti que para mí. En “50 Song Memoir” (17) las canciones eran muy específicas. Al menos la mitad de ellas. Hablan sobre mí, más que sobre lo que pueda tener en común con otra gente. Las de este disco son más universales. Y si digo que quiero unirme a un club de moteros (“I Want To Join a Biker Gang”), no tienes que tomártelo literalmente, como si fuera verdad. Es más bien un deseo de ser libre y salvaje, y moverte rápidamente entre diferentes paisajes, como un gesto de audacia. No es literal. Porque si quisiera de verdad unirme a un club de moteros, entonces me apuntaría de verdad a un club de moteros, y no escribiría una canción sobre ello.

¿Podría decirse entonces que escribir canciones te permite ponerte en la piel de otros?
Digamos que me permite salir de mi piel para escribir sobre cosas que muchos de nosotros desearíamos que ocurrieran. Muchas de mis canciones son así, sobre todo las que hago para teatro. Ahí reside el drama. Y muchas de mis canciones pop están infectadas por eso, son canciones de “ojalá que”. Se dice que todos los músicos tenemos canciones de esas, de “ojalá que ocurra esto o lo otro”. Canciones en las que el personaje principal, generalmente mujer, desea que ocurra algo. Y hay muchas así en el disco.

“No es un disco para bailar, es más bien para prestar mucha atención a las letras, todo muy austero, para que el público lo escuche sentado”.

“The Day The Politicians Die” fue el primer adelanto. Llama mucho la atención una letra tan fulminante.
Esa es claramente una canción de “ojalá que”. Es algo que deseo que ocurra, y creo que la mayoría de gente estará de acuerdo conmigo. Algunos de los políticos pueden ser majos en algún momento, pero todo iría mucho mejor si nos libráramos de ellos.

¿No crees que alguno de ellos puede ser honesto?
Me da igual. Si lo fueran, no intentarían controlar nuestras vidas. En este momento sería estupendo que todos los políticos cayeran muertos y que los médicos ocuparan su lugar. Los políticos están matando a la gente. No sé cómo será en España, pero aquí se puede decir que de hecho están matando a gente.

Bueno, sin entrar en más detalles, creo que la principal diferencia estos días va a ser que en vuestro país no tenéis un sistema público de sanidad.
Ni lo tenemos ni lo tendremos. Tenemos un servicio de sanidad que es un monstruo de Frankenstein, en el que cualquiera puede entrar en urgencias y ser tratado, pero lo que ocurra luego financieramente no está nunca claro. Tanto si tienes seguro como si no, vas a tener que pagar. Tenemos un sistema de salud y de seguros auténticamente loco, pero aunque el vuestro es teóricamente más sensible, tampoco os está ayudando mucho. El problema no es ese. El problema es que no vamos a tener la infraestructura para lidiar con todo esto. Es terrible que la gente no pueda pagarse una hospitalización, pero ese no es el problema que estamos teniendo ahora mismo.

¿Y cuál crees que es?
Si todos pudiéramos obtener tests para el coronavirus, sabríamos quién da positivo y podríamos aislarlo, y se cortaría el problema. Es lo que están haciendo en Corea del Sur, y les funciona. Parece que nosotros estemos trabajando contra eso, evitando que la gente se haga las pruebas.

El único país europeo que está haciendo pruebas de forma masiva y eficiente es Alemania, quizá no esté tan lejos de ese modelo. En cualquier caso, volviendo al disco, ¿es “Rock and Roll Guy” una canción contra los estereotipos del macho rock?
Creo que más que contra el machismo, es una canción sobre la mezcla de géneros. Es básicamente Keith Richards, y esa actitud como temeraria, despreocupada. Ese hombre tan cascado y vestido con ropa que podría ser de mujer, con las uñas negras lacadas. Es sobre esa actitud. Igual que “I Want To Join a Biker Gang”.

En este disco hay más protagonismo vocal femenino, tanto de Claudia Gonson como de Shirley Simms, quienes llevan la voz cantante en la de la mitad de los cortes. ¿Qué es lo que marca que sea uno de vosotros tres quien la cante?
Claudia (Gonson) solo canta unas pocas, Shirley (Simms) canta muchas más. Aunque en realidad Claudia tiene más presencia porque hace todos los coros. En todas las canciones.

¿Y qué determina el reparto de canciones entre los tres? ¿Su tono, su letra, su espíritu?
(largo silencio) La única razón es que así yo no tengo que cantar todo el rato. Lo hacemos así siempre que podemos alternarnos. No fue así en “50 Song Memoir” (17), que lo canté yo entero. Pero no dejaré que vuelva a ocurrir. Siempre me ha gustado mezclar géneros, arreglos y voces. Me gustan los Bee Gees porque sus diferentes cantantes suenan distintos entre ellos. Me gustan ABBA por lo mismo, y Queen por lo mismo. También The Raincoats, por la misma razón, y además en su caso tenían acentos de diferentes países. Fleetwood Mac también tenían tres cantantes a los que era imposible confundir, y aún así se combinaban de una forma preciosa, y se imitaban entre ellos muy bien (risas). The Eagles tenían cuatro vocalistas distintos, y eran grandes.

La gira norteamericana que tenéis planificada, si el virus lo permite, será en pequeños recintos. ¿Es lo que demanda este álbum?
Sí, es lo mas apropiado. No es un disco para bailar, es más bien para prestar mucha atención a las letras, todo muy austero, para que el público lo escuche sentado. Este disco nos da la oportunidad de tocar en clubes pequeños.

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