Ocho años después de su anterior trabajo como La Estrella de David, el cantautor catalán se marca un “back to basics” de manual con “Máximo” (Sonido Muchacho, 26), su periplo más sucinto y frontal.
Lo primero que le hacemos a David es un reproche por tenernos a dos velas desde “Consagración” (18). “Yo sacaría más discos, pero lo jodido con mi edad es seguir teniendo ganas de hacerlos”, reconoce con su sorna característica. “No es que no sepamos hacerlos, tampoco es tan difícil; lo difícil, como te digo, es encontrar la motivación”. Para “Máximo”, sin embargo, inspiración y nervio fluyeron a la par, finiquitando su factura en apenas tres meses. “Empezamos en septiembre y en diciembre ya lo teníamos todo hecho. Francamente, mi objetivo era acabar lo antes posible y sin calentarme mucho la olla. Recuerdo que hacíamos como dos canciones por semana, íbamos a piñón, especialmente porque tirábamos de una fórmula muy básica de guitarras, bajo y batería. No nos hemos comido mucho el coco, no”.
Habla en plural porque, una vez más, David ha contado en el estudio con Sergio Pérez, convertido ya de forma oficial en una de las resplandecientes puntas de esta estrella. “Claro que no me importa repetir gestos. Sergio tiene una facilidad tremenda para lograr que cosas que suenan fatal terminen haciéndolo de puta madre, así que, aunque sea solo por eso, seguiré teniendo siempre confianza plena en él”. Y no es el único sospechoso habitual de su registro que regresa a la receta (de hecho, hay varios).
“Francamente, mi objetivo era acabar lo antes posible y sin calentarme mucho la olla. Recuerdo que hacíamos como dos canciones por semana, íbamos a piñón"
También, como ya es tradición, vuelve a haber un tema en el álbum (tal y como lo hubo en su anterior proyecto con “La canción protesta”) escrito por Luis Troquel (guionista, compositor, periodista y hombre orquesta cultural). “Él es muy buen letrista y además somos buenos amigos. Nos reímos de los mismos chistes y estamos los dos igual de perjudicados”, nos cuenta sobre la propuesta de Troquel de revertir su clásico “Cariño” hasta convertirlo en la galdosiana “Cariño madrileño”.
Y es que a pesar de esa metódica indiferencia con la que describe su hacer, “Máximo” esconde en sus profundidades líricas un buen puñado de razones para creer que el mejor David y su infame forma de observar el mundo, siguen ahí. Madrid, y concretamente envejecer allí, es uno de los muchos temas transversales del elepé, fruto de sus ya más de diez años residiendo en la capital. “Hoy en día, incluso tantos años después, me sorprende con extrañeza darme cuenta de que estoy envejeciendo en Madrid. Es algo que nunca pensé que ocurriría”. Ahora le acecha la dicotomía de saber si es la ciudad la que ha cambiado o él, lucha que prefiere dejar en tablas. “Igual es que soy un viejo, pero veo el mundo y pienso que vamos para atrás. Hace unos años me alejé de la pomada madrileña y ahora vivo en el barrio de Hortaleza, pero cada vez que tengo que bajar al centro para algo, es todo un horror. Pero bueno, el mundo entero está así, eh. Barcelona es otra puta mierda, y hasta mi pueblo, Sant Feliu, es otra bien gorda. Antes me sentía casi como un exiliado, pero ahora creo que lo raro es sentir que pertenecemos a algún sitio”.
El amor, o más bien su ausencia, vuelve a ser nuevamente el tema recurrente y por excelencia en el relato de David, quien a estas alturas en enormemente ducho en lo de cantarle tanto a la euforia como a los reveses del corazón. “Me gustan tanto las canciones que hablan de la exaltación del amor como las que hablan de estar jodido, el problema es que desde hace un tiempo solo me salen las segundas”, comenta entre risas, al tiempo que citamos “Yo quiero enamorarme de ti” o “Va por nosotros” como evidencias empíricas. “Ahora el cuerpo me pide escribir sobre lo mucho que cuesta creer en el amor a ciertas edades. Siempre he sido una persona muy enamoradiza, pero hoy en día me cuesta horrores volver a venirme arriba con estas cosas”.
“Máximo” tiene, además, la particularidad de llegar justo cuando se cumplen dos décadas del debut homónimo de La Estrella de David. “Veinte años ya y no he vendido ni una escoba”, dice con guasa. Pero lo que desde luego sí hizo aquel disco fue normalizar una forma muy libre de hacer pop en castellano, ofreciéndonos una estética deudora de la chanson más descarnada y la rumba retorcida que acabaría influenciando a tantos de sus coetáneos y contribuyendo a engrandecer la segunda gran ola de nuestro indie nacional. “De aquel momento recuperaría muchas cosas, sin duda. Estaba mucho más loco y era más inconsciente a la hora de hacer música. Ahora tampoco es que me obsesione demasiado con que mis canciones suenen precisamente súper-equilibradas, pero sí que echo de menos que me importe una mierda el factor formal. No me importaría recuperar eso y la fe en el amor, pero no sé cuál de las dos cosas es ya más complicada”.

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