Podemos creer, erróneamente, que David Rodríguez está de vuelta de todo y que “Máximo” (26) es su particular manifiesto en pos del escepticismo y la distancia cínica. Pero a pesar de verle haciendo bandera de esa deliberada indolencia en más de uno y más de dos temas de su presente trabajo, detrás del cuarto disco de estudio de La Estrella de David continúa habiendo una ternura atávica que el cantante catalán no podría sacudirse de encima ni queriendo.
David le canta aquí tanto al amor que duele como al que sana, al romance de ida y vuelta, pero también al que descarrila, armando a su espalda un panegírico dedicado al desencanto y, en menor medida, al tímido anhelo por enmendarlo. “Va por nosotros” es un brindis roto entre una Bonnie y un Clyde que no vacilan al reconocer la caducidad de su afecto (“Vamos a contarnos mentiras hasta que llegue un día que sean verdad, porque esto va a reventar y tenemos que darnos prisa”); idea refrendada por otros títulos hermanos, como “No me quieras tanto” (y su insistencia en que “nada es para siempre”) y la dulzura trágica de “Cariño madrileño” (“viene fácil y es fácil perderlo”, culmina la lúcida y sagaz métrica de Luis Troquel).
Madrid es, por consiguiente, la coordenada maestra y el telón de fondo de este particular melodrama, pasando de ser la meca del incauto (“El Látigo creyó en el porvenir, el Látigo se vino a Madrid”) al escaparate sistémico e impersonal en el que nuestro cronista experimenta con los sabores acíbares de la senectud (“Y se me va a ir aquí la vejez haciendo el tonto”).
Pocos letristas han sabido convertir el desastre íntimo en un espejo tan nítido, haciendo de la derrota cotidiana una extraña dignidad literaria. Claro que la verborrea de David, doméstica y caústica, no es, por supuesto, el único acicate de la partida, pues las decisiones instrumentales en esta, aunque discretas y contenidas de acuerdo a su habitual y acendrado minimalismo, están legitimadas por una suerte de súper-grupo que da el verdadero do de pecho: Jordi Irizar (Doble Pletina), Luis Fernández (Juventud Juché, Los Punsetes), Roberto Berlanga (Ornamento y Delito), Joe Crepúsculo, Hugo Sierra, La Bien Querida y Andrea Buenavista. Un no parar de firmas solventes, acostumbradas en mayor o menor medida a gravitar en la órbita del cuerpo celeste jefe, que nos brindan, en segundo plano y a lo largo de su trecena de piezas, rumbas masoquistas (“Andrés”), ganchos de distorsión eufórica (“Yo Quiero Enamorarme de Ti”) y hasta lo que bien podría ser la candidatura al “Love Will Tear Us Apart” cañí (“Nombre Provisional”).
Sin necesidad de inventar la panacea ni vendernos la moto, será a partir de esa alquimia espartana, vertebrada a golpe de tríada primordial con guitarra, batería y bajo, donde David y sus copiosos vértices hagan de la renuncia un himno y de la escasez un decoro. Sacraliza así, veinte años después de su bautismo, esos consabidos dones de profeta del desvarío y del infortunio suyos, logrando que una vez más las reliquias de su desengaño se conviertan en confidencia colectiva.
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