ANDRÉS CALAMARO PRÓXIMO A “CUARENTAUN” (LA FRONTERA EN LA QUE DICES ADIÓS A LOS TREINTA) NO HA ENCONTRADO MEJOR TERAPIA QUE LANZARSE A ESCRIBIR CANCIONES COMO UN POSESO. LEJOS DE GUARDARSE LAS MÁS Y PUBLICAR LAS MENOS (Y MEJORES), NOS SEPULTA CON UN LEGADO DE CIENTO TRES CANCIONES, EN LAS QUE HAY MUCHO DÓNDE ELEGIR Y MUCHO QUE SUPRIMIR. LA HISTORIA DE ESTE SALMÓN ES TAN SIMPLE COMO INSÓLITA. MONDO SONORO SE SENTÓ CON SU AUTOR PARA INTENTAR DESVELARLA.

“ME QUEDÉ SIN CHOCOLATE, SIN PROBLEMAS TRANSFORMADOS EN HUMOR” (“CHOCOLATE”)

El canuto se consume entre sus dedos sin que apenas le preste atención. Calamaro anda entregado con su historia y ni siquiera me ha dado tiempo a hacerle la primera pregunta cuando ya se ha lanzado a contestarlas todas, o ninguna. Como presumo que va para largo y veo que su porro sigue extinguiéndose inamovible, decido hacerme uno… Saco mi china la empiezo a quemar e interrumpo la inagotable verborrea del ex Rodríguez por primera vez. “Huele bien…” comenta, a la vez que, como sorprendido, repara en el porro que sostiene ya apagado en la mano. Una vez encendido los intercambiamos. A ese canuto, afortunadamente, le seguirán unos cuantos más.

“Y CUANDO EMPIEZO YA NO PUEDO PARAR, SOY UN MAL TIPO DESDE MI MÁS TIERNA EDAD (“CANALLA”)

Estoy en la suite de un lujoso hotel de la Ciudad Condal en la que Andrés Calamaro recibe a la prensa en un tour de force que lo dejará agotado. Soy el primero de la lista y, con el humo envolviéndonos, siento cierta complicidad que me acerca al entrañable loco que tengo sentado frente a mí en una silla que parece a punto de caer en cualquier momento.

“El destino del salmón es confuso. Esa gesta heroica de ir contra la corriente en la que sólo sobreviven unos pocos”

Debe ser un reflejo de su vida. A Calamaro le gusta pasearse pasionalmente por el filo, logrando –eso sí- ese último equilibrio que le mantiene a nuestro lado. Pasivos testaferros de sus excesos. El último de ellos se llama “El Salmón” (Dro, 00), un quíntuple compacto que recoge ciento tres canciones escogidas de trescientas grabaciones perpetradas en un método entre frenético y suicida que el propio autor relata en los créditos. Un método que se ha lanzado a explicarme trazando una hipérbole verbal muy difícil de trasmitir. Tan difícil como digerir este salmón de golpe. ¿Es este trabajo un hito? Sin lugar a dudas. ¿Una genialidad? ¡Qué demonios! Sí. La cumbre de nuestro genio transoceánico más próximo. Un genio que gusta de sus excesos, que presume de sus vicios, que conoce el lado oculto de la vida y que, sin duda, busca reconocimiento. Pues démosle el gusto.

“TODOS TENEMOS NUESTRAS CICATRICES” (“SOMOS FEOS”)

Andrés es un punto y aparte. Creador de un estilo lírico: franco, directo, próximo y entrañable, ha experimentado por nosotros y nos implica en sus vivencias de corazones rotos, pasiones, adicciones, cinismos, orgullos y duelos. Ahora ha querido ir más allá. Colocándose en el límite creativo en busca de la confrontación interna, el punto de inflexión en el que el ser humano está cerca de quebrarse. De ese dolor, de esa tristeza, incluso de esa violencia, ha surgido este salmón. Una obra condenada a ser imperfecta y que tiene bastante de vanidosa, como el propio Andrés me señala, pero también una obra arriesgada y ajena al puto negocio. Ya sabemos que vale lo que medio gramo (la comparación no es mía, es del propio Calamaro), pero además de poder funcionar perfectamente como soporte para hacerse unos tiritos, el contenido es, quizás por sus aristas, de lo más honesto que un artista se haya atrevido a perpetrar jamás (hace añicos su anterior entrega “Honestidad Brutal”). Un universo, el Calamaresco, que se desliza por la puerta trasera del alma, por la puerta destinada a los auténticos arrabaleros. Un personaje de una clarividencia insólita respaldado por su gente, con la que le une una relación muy pasional.

“QUÉ TIENE DE MALO METERSE UNA RAYA DE COCA… ¡QUE ES POCA!” (“PROBLEMAS”)

Andrés continúa desgranando su monocorde monólogo largamente aprendido. Narra la historia de este trabajo entendido como los dedos de una mano. La historia del reto de escribir sin parar, ajeno al resto del mundo, buscando el límite… “Uno no sabe realmente lo que hay después del cansancio. Después de estar trabajando sin parar varios días y varias noches. Ese momento en el que uno supera cierta capacidad de resistencia. Ahí uno no sabe lo que se va a encontrar… la tristeza o inclusive la violencia”. Una violencia que se desató literalmente y acabó con Andrés recibiendo el año dos mil en el hospital. “El último día del año tuvo su desencadenante. Estábamos inmersos en ese proceso de grabación permanente y me metieron un palo en la cabeza, pero ¡literalmente! Fue un asunto alucinógeno con un sobrino y aunque nos queremos mucho y jamas nos peleamos fue ese momento de paranoia en el que parece que no puedes parar y ya se sabe, la juventud…”. Es durante esta primera fase de su búsqueda del grial compositivo, cuando se hace acompañar, en una “fraternal sociedad”, por Marcelo Scornik (alias El Cuino) con quien escribe más de treinta temas de los que doce acabarán en esta empresa monumental. “Muchas de las grabaciones más inspiradas son de ese periodo, realizadas durante jornadas de setenta y dos horas. Creo que es cuando hicimos las grabaciones más sofisticadas y muchas versiones de mis canciones favoritas, también canciones experimentales. Después logré volver a mi casa y a partir de un punto empece a escribir otras canciones con base de rock´n´roll, pero eso ya sería para marzo”.

“SIEMPRE SEGUÍ LA MISMA DIRECCIÓN, LA DIFÍCIL QUE SIGUE EL SALMÓN” (“EL SALMÓN”)

Siempre con la vista al frente. Aprovechando cada instante, cada frase, cada nota, dando forma a un enorme Tetris imposible de encajar. La perfección no existe y, aunque la habilidad de Andrés para hacer canciones populares es innata, esa propia huida hacia adelante ha dejado a sus espaldas un legado repleto de oportunidades perdidas a sabiendas.

“Muchas de las grabaciones más inspiradas fueron de setenta y dos horas. Fueron las grabaciones más sofisticadas”

Canciones artesanas, grabadas en un cuatro pistas tan rudimentario como real y que las ha dotado de una vocación lo-fi que podría haberse ahorrado perfectamente, en arras de una comercialidad capaz de alcanzar cuando se le antoje… pero no se le antoja. “El destino del salmón es confuso. Esa gesta heroica de ir contra la corriente en la que solo sobreviven unos pocos. El salmón debe suponer que es el río el que está equivocado, es él el que va en dirección contraria. De esa misma forma nos enfrentamos a nuestras propias letras y buscamos salir hacia delante. Hasta el final en el que otra vez, con un repertorio nuevo, poder escribir nuevas canciones que es, en definitiva, lo que más me gusta. Creo que estamos cumpliendo con la responsabilidad del rock´n´roll que es no mentir. Para el salmón lo importante es la verdad”.

“EL MARTES ME TOMÉ UN AVIÓN, ROMPÍ MUCHOS ESPEJOS, PODRÍA VOLVER A SER EL QUE FUI, PERO QUEDA LEJOS” (“SÉPTIMO HIJO VARÓN”)

¿Valentía?, ¿inconsciencia?, ¿principios?. Muchos pensaran que Andrés puede permitirse el lujo de lanzar artefactos, tan poco habituales en el mercado discográfico, como este salmón, gracias a su status en Argentina con Los Abuelos De La Nada y en España con Los Rodríguez, pero se equivocan. Andrés busca la gloria. Sabe que la pulsión obsesiva en la que se ha embarcado puede estrellarlo pero también sabe, por tantos otros que quedaron atrás, que después de una hostia siempre llega la leyenda y Calamaro, guste o no guste, se está forjando una a marchas forzadas. “No tengo plata. No soy un músico rico. Solamente tengo canciones, pero el status se pierde muy rápido y en cualquier caso pensé que tenía que hacer una canción mejor cada día y no me planteé si eso podía ser un problema. Tan sólo quería tener un repertorio más importante y no me pareció suficienteco