“España es muy parecida a Norteamérica”
Entrevistas / Damien Jurado

“España es muy parecida a Norteamérica”

Carlos Pérez de Ziriza — 17-03-2016
Fotógrafo — Elise Tyler

El cielo sigue siendo el límite para Damien Jurado. “Visions Of Us In The Land” (Secretly Canadian/Popstock!, 2016) prolonga el fascinante estado de gracia que ya apuntaban sus dos precedentes, los otros dos vértices de la trilogía temática a la que ha dado forma junto a su inseparable Richard Swift: “Maraqopa” (Secretly Canadian/Popstock!, 2012) y “Brothers and Sisters Of The Eternal Son” (Secretly Canadian/Popstock!, 2014).

Una suerte de americana en cinemascope que cabalga muy lejos de cualquier monocultivo folk, y que sigue propulsándole al firmamento del mejor rock norteamericano de la actualidad a través de 17 canciones rebosantes de un extraño magnetismo. Como si se hubieran gestado en la misma dimensión paralela que parece habitar su protagonista. A unas semanas de que pase por Valencia, San Sebastián, Orense, Madrid, Barcelona y por el Festival Trafalgar (Caños de Meca, 24-25 de junio), nos atiende al teléfono desde los EEUU.

Este el cuarto álbum consecutivo que grabas con Richard Swift (The Shins, Laetitia Sadier, Pure Bathing Culture, Stereolab, The Black Keys). Supongo que es una alianza tan estable que te debe resultar ya de lo más natural, ¿no? Casi como si fuerais un dúo de facto…
Sí sin duda. Me encanta trabajar con él. Es un gran amigo y un productor fabuloso, y no descarto seguir trabajando con él durante el resto de mi carrera.

¿Se puede considerar este “Visions of Us In The Land” como la tercera parte del relato que comenzó con “Maraqopa” (2012) -la historia de un individuo que desaparece de la sociedad para descubrir algunas verdades universales en una dimensión paralela e imaginaria -y que luego continuó con “Brothers and Sisters Of The Eternal Son” (2014)?
Sí, es la tercera parte.

En la última entrevista que mantuvimos comentabas que no esperabas dar continuación a esa historia. ¿Qué es lo que te hizo cambiar de opinión?
Bueno, al final no es una decisión mía. Soy de esa clase de gente que cree que la música es como un organismo vivo. La música es la que dicta a dónde nos dirigimos los músicos. Y es cierto que lo dije, una y otra vez, que no habría una continuación. Incluso antes del segundo disco de la trilogía, “Brothers and Sisters of The Eternal Son”, también lo dije. Cuando lo terminé, de todos modos, estaba muy sorprendido. Y si las canciones salen como si fueran una continuación de una historia, yo no voy a coartarlas ni a suprimirlas. Empecé a pensar en todo ello cuando ya estaba escribiendo las canciones. Vi que este iba a ser como el tercer capítulo. Pero puedo decir, con total confianza, que este sí que es el último, porque ya estoy grabando material nuevo y no tiene nada que ver, es otra historia.

Muchos de los músicos actuales hacen que sus discos suenen igual durante toda su carrera.

Podría decirse entonces que tu carrera tiene mucho de work in progress, más que de una ruta medianamente planificada…
Sí, sin duda. Siempre lo es.

Y en el que prima la intuición.
Absolutamente. Creo que nunca sería capaz de elegir anticipadamente cuál va a ser el tipo de música que voy a grabar.

La paleta cromática de tu música se ha ido haciendo más diversa con cada nuevo trabajo, hasta el punto de que sería un absoluto simplismo describirla hoy en día como folk. ¿Crees que no vale la pena establecer ninguna clase de límite estilístico? ¿Que esa evolución no tiene techo?
Toco siempre de la forma en que me resulta más natural, sin prever nada. No me gustan los géneros, o estar etiquetado de una manera concreta, y creo que durante años traté de ser folky, supongo. Y eso no funcionaba para mi. Me gustan muchas músicas muy diferentes, y durante mucho tiempo no sabía muy bien cómo proyectarlas en mi obra. ¿Por qué no las incorporaba todas a mi propia música, haciendo de ellas un solo discurso? Durante mucho tiempo, no lo hice. Creo que no fue hasta “Maraqopa” (2012). Y en realidad fue idea de Richard Swift. Cuando estábamos grabando “Saint Bartlett” (Secretly Canadian, 2010), me dijo “hay un monton de cosas que te gustan, pero nadie lo sabe porque no las incorporas a tu música. Y a lo mejor deberías. ¿De qué tienes miedo?”. Y así lo hice. Empecé a escuchar lo que mi corazón me decía. Dejándome llevar a dónde la música me guiaba. Y me llevó a lugares sorprendentes, porque no puedes señalar ningún género como algo grande, que esté por encima de los demás.

Supongo que lo más complicado en estos casos, y más tratándose de un proceso que no fue precisamente gradual por lo que cuentas, sino como una eclosión, es que todo eso al final acabe sonando a un álbum de Damien Jurado, pese a la disparidad de nutrientes.
Sí. Muchos de los músicos actuales hacen que sus discos suenen igual durante toda su carrera. Y algunos de ellos son legendarios, y a mi me encanta que hagan lo mismo una y otra vez. Pero yo no puedo, me aburriría. Para mi eso es como quedarte en el mismo lugar siempre, y no ir a ver mundo. Como no probar una comida nueva, o diferentes tipos de cocina, o no viajar.

En un texto promocional reciente que has escrito para explicar el contenido del álbum, cuentas que cuando eras joven solías escuchar algunos de tus discos favoritos en largos viajes en coche. Este álbum incorpora también nombres de localidades concretas, como “Qachina”, “Onalaska” o “Taqoma”, y en cierto modo puede ser visto como una suerte de road trip. ¿No crees que los músicos norteamericanos jugáis con una especie de ventaja a la hora de componer? Disponéis de un territorio tan vasto y diverso como para anclar cualquier sentimiento en un paisaje concreto, y tenéis la posibilidad de jugar con las resonancias míticas del viaje en carretera como una metáfora la vida misma, algo muy americano…
Seguro que sí. Norteamérica es tan grande, y su paisaje tan diferente vayas donde vayas… y no solo eso, también la gente es muy diferente según a dónde vayas. Es como un gigante, hay demasiado dónde elegir. Me gusta especialmente el oeste como marco para mis historias. La mayoría de los personajes sobre los que canto se localizan en el oeste. No he vivido nunca en la costa este, aunque he estado allí muchas veces, al igual que en el medio oeste, que es como el centro. Pero es distinto. Muchos escritores americanos, como Kerouac, usan el paisaje americano como fondo. Es curioso, porque ahora que lo pienso, creo que vuestro país es muy parecido a América. España es un sitio muy interesante: es el único, al menos que yo haya visitado, en el que el norte es húmedo, verde, montañoso, con muchos árboles, mientras que en partes del sur puedes recalar en un territorio casi desértico. O en la costa este también cambia el paisaje por completo. Y en el aspecto de la educación de la gente, también es completamente distinta. En el sureste tienes palmeras, y en el norte no las hay. Tenéis el castellano, pero luego hay otras lenguas, otros dialectos, otros acentos muy diferentes, que no tienen casi nada que ver. Diferentes cocinas tradicionales… Hay algo que trato continuamente de hacer, ver a los españoles con los que trato, y es lo mucho que me recuerda a Norteamérica por su diversidad. Creo que es el más diverso en toda la Unión Europea.

Es curiosa esa visión que tenéis a veces desde fuera. Porque aquí esa diversidad, en lugar de ser vista como una muestra de riqueza (cultural, geográfica), es muchas veces utilizada como un motivo de división.
Pero la realidad en América es exactamente la misma. Hay gente en el sur que son mucho más conservadores que la gente del norte, que son más liberales. Hay gente en la costa este que es muy de clase obrera, trabajadores muy industriales, mientras que en la oeste es todo como más relajado. Así que somos exactamente lo mismo. Conozco gente de la costa este que nunca han estado en la oeste, no tienen ni idea de cómo es. Y lo mismo pasa en España: conocí gente en Madrid que nunca ha estado en Galicia. Gente de Galicia que nunca ha estado en Cádiz. Puede que esa sea una de las razones por las que me gusta tanto España.

“Antes de internet se podía permanecer en el anonimato, hacer buena música y al mismo tiempo ganar dinero”.

Sobre el envoltorio visual del álbum: la portada, diseñada por Brian Koch, muestra platillos volantes, una montaña rematada en forma de morsa y un coche averiado, en medio de un paisaje surreal. El videoclip de “Qachina”, dirigido por Jordan Halland, muestra un paisaje desértico, a través de un relato como de road movie. Y el de “Exit 353”, dirigido por Elise Tyler, es similar en cuanto a su estructura pero muestra una historia en la que tú mismo interpretas un pequeño papel. ¿Tenían todos ellos plena libertad para hacer lo que quisieran simplemente en base al contenido de las canciones?
Sí, les di la libertad para que hicieran lo que quisieran, y para mi era importante porque nadie va a escuchar estos discos de la forma en la que yo los escucho. Nadie va a saber qué aspecto tiene Maraqopa, no al menos como yo lo imagino, porque es un lugar que yo me inventé. Quiero que ellos plasmen su propia interpretación de lo que Maraqopa significa para ellos. No quiero dictar o controlar lo que ellos ven o cómo se sienten. Y creo que es muy importante. A ver cómo lo explico: cuando era más joven, recuerdo que cualquier canción de los Ramones, o de los Rolling Stones o de Lou Reed (no importa de quién), siempre sonaba mejor en mi cabeza a como lo hace en la vida real. Y creo que eso le pasaba a más gente. Te contaré una historia real: cuando era más joven, mucho antes de que existiera internet, en 1986, descubrí el punk rock. Y el primer disco de punk rock que me compré era uno de The Cramps, “Bad Music For Bad People” (IRS, 1984). Con una gran portada. En la contraportada no había ninguna foto de la banda. No tenía ni idea de qué pinta tenían. Tampoco había mucha información disponible sobre la banda. Yo no tenía ni idea de cuál era su lugar de procedencia, de dónde puñetas venían, por ejemplo. Solo sabía que podría estar grabado en California. Pero todo eso le daba un cierto misterio. Pues bien, lo que mas me asustó fue cuando por fin les pude ver en directo, y la pinta que tenían. Su aspecto sobre el escenario era diferente a lo que yo me había imaginado durante mucho tiempo. Y en ese momento me di cuenta de que era más feliz con la imagen que yo me había creado de ellos.

Ese misterio se ha perdido para siempre desde que internet está en nuestras vidas, ¿no?
Creo que sí. Hay un artista en los EEUU, Jandek, cuya historia es muy interesante. Editó como un disco por año, durante mucho tiempo, desde los años 80. Pero nadie sabía cómo era en realidad. En 2009 o 2010 hizo su primer concierto. Nunca había tocado en directo. Nadie sabía cómo sonaría sobre un escenario. Como surgido de la nada, apareció en un festival, e hizo un concierto entero. El misterio se acabó. Recuerdo aquello como algo muy reseñable, porque era un músico que a todos nos parecía muy cool, y desde ese día nos sentimos defraudados. Para mi, Jandek fue el último misterio.

Bueno, en Europa tenemos un caso similar: el del británico Burial, un músico de dubstep que obtuvo bastante éxito de crítica y público hace unos años, sin revelar su identidad real… no sé si lo conoces. Pero sí que parece que ese misterio sea cosa del pasado…
Antes de internet se podía permanecer en el anonimato, hacer buena música y al mismo tiempo ganar dinero. Ahora solo nos queda crear nuestro propio misterio. Yo siempre he encontrado muy romántica la idea de que alguien pueda estar haciendo el mejor álbum de la historia, sin que lo sepamos, y que no lo escuchemos hasta mucho después de que se haya ido.

Vaya, es una visión francamente optimista. Por cierto, y para terminar: siempre que has venido a nuestro país ha sido solo, con tu guitarra. Esta vez será con banda, ¿no?
Sí, banda al completo. Son músicos con los que no había tocado hasta ahora. Es importante para mi, porque el tocar con gente diferente aporta potencialidades distintas al directo. (La banda que le acompaña en nuestro país está formada por el teclista Barry Uhl, el bajista Orlando Greenhill, el batería Frank Lenz, la guitarrista Courtney-Marie Andrews y la vocalista Anna Lynne Williams, todos músicos experimentados, procedentes de California, Seattle o Phoenix, y algunos de ellos ya con discografía propia a su nombre).

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