“El complejo de superioridad de los EEUU se ha desmoronado”
Entrevistas / Clap Your Hands Say Yeah

“El complejo de superioridad de los EEUU se ha desmoronado”

Carlos Pérez de Ziriza — 17-02-2021
Fotógrafo — Archivo

El destino ha querido que la nueva fragilidad a la que alude Alec Ounsworth en el sexto álbum de sus Clap Your Hands Say Yeah, en realidad un guiño a un relato de David Foster Wallace, haya tenido su inesperada correspondencia en esa vulnerabilidad que a todos nos asola desde hace casi un año, y que en el caso de los músicos es más visible que en la mayoría de colectivos.

New Fragility” (4AD/Popstock!) rescata, en cualquier caso, y con la ayuda del siempre solvente Will Johnson en un estudio de Texas, algunas de las virtudes más reconocibles de la banda que hace quince años enamoró a David Bowie o a David Byrne, incorporando ahora algunos apuntes políticos que le eran casi inéditos. Ounsworth nos lo cuenta por zoom desde su casa en Philadelphia, coronado por una gorra de los 76ers, el club de basket de la ciudad.

¿Cómo estás viviendo estos tiempos tan extraños?
Pues no es fácil. Estoy acostumbrado a estar solo, no es algo que me preocupe mucho. Pero es duro ver a tantas salas independientes tratando de sobrevivir, y a muchos amigos músicos en la misma situación. No es fácil.

¿Es el título de tu nuevo álbum, New Fragility (2021), una referencia a nuestra condición humana durante estos tiempos?
Es más bien una coincidencia, pero sí. Es algo que siempre ha estado ahí, al menos para mí. No estoy seguro de si decidí el título antes de la pandemia, pero está claro que ahora tiene mucho que ver con lo que está ocurriendo, de una forma más directa.

La portada parece remitir a la inocencia de la infancia, transmite esa idea.
Sí, es la idea general del disco, en realidad. Y algunas de las canciones tienen mayor significación política que álbumes anteriores. Se trata de admitir, en resumen, que somos vulnerables, y eso afecta a un país como los EEUU, creo. Ese complejo de superioridad que el país ha estado arrastrando, y que ahora se está desmoronando, como ocurre en muchos otros lugares. Afortunadamente (risas).

“A veces, pertenecer a esta sociedad te hace sentirte muy lejano a ella, y eso es incómodo y alienante”.

De hecho, esto de escribir canciones con resonancias políticas no es algo que hayas hecho muy a menudo en tu carrera. ¿Cuál crees que es el principal riesgo que uno afronta a la hora de escribirlas? ¿Quizá evitar lo panfletario?
Nunca sé qué dirección va a tomar una canción cuando empiezo con ellas. No estoy muy seguro. Lo más parecido a lo que he hecho ahora es cuando escribí “Upon this Tidal Wave of Young Blood” (2005), del primer álbum… tengo que estar muy motivado por algo para escribir en un sentido político. Y tiene que ser sobre alguien, no sobre algo más abstracto. No pienso en términos tan generales. Probablemente “Hesitating Nation” sea una excepción, porque sí que trata sobre el asqueo político general en torno a los EEUU, pero “Thousand Oaks” trata sobre el control de la venta de armas en el país. No sabría decirte por qué suelo huir de esa clase de temas, supongo que intento no caer en lo didáctico, ni tampoco sermonear a nadie. Si intento escribir canciones de ese estilo a propósito, no surgen de forma natural. Parecen un sermón. Para mí es más fácil hablar sobre ello en una conversación cualquiera que escribir.

“Thousand Oaks”, ya que la mencionas, trata sobre el lugar en el que se cometió una matanza de trece estudiantes, el 7 de noviembre de 2018: en Europa tenemos la idea de que los norteamericanos están muy condicionados por la cultura de las armas, pero no sé hasta qué punto esa idea se corresponde con la realidad en todas las zonas de tu país.
Lo está, lo está. Philadelphia es una ciudad muy progresista, aquí eso no lo ves. Pero si te mueves a una hora de aquí, sí que tienes esa percepción de que a la gente le gusta tener armas en casa. Yo no lo entiendo. No crecí así. Así que la sensación que tengo cuando leo en la prensa las noticias de esos tiroteos, probablemente sea igual a la que tengas tú desde tu país. Me parece algo lejano y grotesco. A veces, pertenecer a esta sociedad te hace sentirte muy lejano a ella, y eso es incómodo y alienante. Quise centrarme en eso en “Thousand Oaks” por dos razones: la primera, porque vi en televisión una entrevista con una mujer, Susan Orfanos, cuyo hijo murió en el tiroteo, y me impresionó, y la segunda porque fue un tiroteo que pasó muy desapercibido, y es duro encajar que algo así ocurra y la gente se olvide a los dos días. Como ocurrió también en Sandy Hook, en 2012, en la que murieron 26 personas, entre ellas varios niños. Es horrible. Todas estas matanzas son horribles. Y no se hace nada para evitarlas. Y solo el hecho de que no muera una gran cantidad de gente, o que las víctimas no sean niños, no lo hace menos terrible.

Quizá el que la de Thousand Oaks pasara más desapercibida también es síntoma de que mucha gente lo ha normalizado.
Exacto. Probablemente mucha gente aquí en los EEUU ni siquiera sepa a qué se refiere la canción, no la identifiquen con aquel horror al leer el título. Por suerte, fui capaz de escribirla sin esconder mucho el mensaje, de forma que la gente la puede entender si la escucha.

Sobre “Hesitating Nation”, y al hilo de lo que me comentabas sobre la gran diferencia entre las grandes ciudades y las zonas rurales: da la impresión de que esa brecha, si nos atenemos a los resultados electorales de noviembre, con victorias abrumadoras demócratas en ciudades como Nueva Orleans o Austin, por ejemplo, que pertenecen a estados mayoritariamente republicanos, se ha hecho mayor. ¿No?
Totalmente. No puedes decir que sean mejores ni peores, obviamente. Pero hay una diferencia enorme. Está muy polarizado. Probablemente lo ha estado siempre, pero los cuatro años de Trump han acelerado esa brecha. No sé qué va a ocurrir durante los próximos cuatro años. Yo me he cansado de defender a los EEUU. Me rendí. Hace mucho tiempo, puede que cuando tenía unos veinte años. O más (risas). Crecí siendo muy escéptico sobre mostrar apoyo a ningún país. Y he tenido la suerte de viajar por todo el mundo, antes incluso de dedicarme a la música, con mis padres. Sin lujos. Pero era importante para ellos que conociéramos diferentes culturas, eso me hizo apreciar muy pronto que las diferencias entre la gente no son tan grandes. Siempre he huido de cualquier dogma de los que proliferan aquí.

“Es lo que más echo de menos ahora. Estar en el escenario, delante del público. Ver el paisaje cuando estás en la carretera. Conocer a gente en distintas ciudades”.

Y a lo mejor tampoco hay tanta diferencia entre un presidente republicano y otro demócrata en cuanto a políticas concretas, al menos no tanta como pueda parecer tras estos cuatro años.
Sí, eso también ocurre. No se va a limitar la venta de armas, por ejemplo, con Biden. Hay un movimiento progresista en los EEUU que está tratando de favorecer cambios significativos, algunos de ellos muy necesarios. De hecho, la presidencia de Trump ha servido para mostrar al mundo lo necesarios que son. Pero también hay división en el progresismo. Al final, supongo que se trata de convivir con ello.

Has producido el disco junto a Will Johnson. ¿Cómo ha sido el trabajo?
Ha sido como cualquier otro álbum, salvo por el hecho de que es la primera vez que trabajo con otro escritor de canciones, y era importante para mí porque le respeto mucho y me gustan todos sus discos. Fui a Austin (Texas) a trabajar con él y me ayudó porque es muy diferente a mí: es muy alentador, siempre te da su apoyo en cualquier idea (risas). Yo tiendo a ser inmediatamente escéptico, y reconozco que a veces eso puede hacer difícil trabajar conmigo. Pero con él todo fue como la seda, muy fluido, y eso se nota.

Así que te viene bien tener a alguien que te empuje a concretar y a atreverte a probar cosas…
Sí. Siempre ha sido así. Con el primer álbum, ni siquiera pensaba en editarlo, porque no pensaba que fuera bueno, en absoluto. Necesitaba que otra gente me dijera que era bueno. Es un problema cuando trabajo solo. Cuando lo hago con otra gente, me viene muy bien su apoyo. Y en el caso de Will (Johnson), yo respeto su opinión porque me gusta su música.

¿Dirías que este en un álbum de madurez?
No lo sé. Creo que no (risas). Puede que el menos completo de todos en términos de songwriting fuera el primero. Mi forma de escribir ha mejorado con cada disco, creo. Creo que en “The Tourist” (2017) empezó a mejorar, en el sentido de que por primera vez no había canciones de relleno, es muy completo.

Has titulado una de las canciones “CYHSY 2005”: ¿es un guiño a los inicios de Clap Your Hands Say Yeah?
Sí, es una canción sobre salir de gira y vivir con lo puesto, sobre ese modo de vida de estar seis semanas de gira, llegar a casa, deshacer la maleta, lavar la ropa y a los dos días volver a marcharte de gira de nuevo durante otras seis semanas. Nunca eres capaz de asentarte en ningún sitio y establecer lazos afectivos con nadie cuando vives de ese modo. De todos modos, tal y como lo recuerdo, algunos de los mejores momentos de mi vida fueron durante aquella época. Sobre todo, porque me dieron la oportunidad de conocer a mucha gente en otros países. Es lo que más echo de menos ahora. Estar en el escenario, delante del público. Ver el paisaje cuando estás en la carretera. Conocer a gente en distintas ciudades.

Por contrapartida, ¿es complicado para un músico como tú el poder echar raíces en un lugar y formar una familia?
Totalmente. Es muy difícil. Cuando empecé, tenía dos perros. Te lo pongo como ejemplo. Uno murió al primer año, y el otro se lo tuve a dar a otra persona, porque nunca estaba en casa. Últimamente he vuelto a pensar en tener uno, pero no sé cuánto va a durar esta inactividad. Es complicado para tener cualquier tipo de relación.

¿En qué sentido ha cambiado la industria de la música desde que empezaste y cómo te han afectado?
Mucha gente se interesó por nosotros cuando empezamos porque procedíamos del ámbito independiente. Para mí, esa consideración era más artística que de negocio. Hacer lo que uno quiere hacer, sin que nadie venga a decirte que vas a vender más discos por hacer canciones de una manera o de otra. Eso no me importaba. Con el tiempo, se ha convertido en un pequeño negocio. Como un pequeño restaurante. Y muchos de los artistas que ves en los Grammy forman parte de lo que sería el Starbucks. A mí siempre me ha gustado lo cercano, los conciertos en un salón, conocer a la gente que tengo delante. No quiero decir con esto que a los músicos que hacen discos que venden mucho, esto no les importe. Pero es un proceso distinto. Para grupos como el nuestro, todo se ha vuelto más complicado. No importa cuantas veces se reproduzcan tus canciones en una plataforma de streaming, porque no te va a reportar un sueldo medio decente. Vendimos cientos de miles de discos surgiendo prácticamente de la nada, de forma independiente, eso fue lo que asfaltó el camino para nuestra sostenibilidad, pero ahora las cosas no funcionan así. Y con la pandemia, sin conciertos, todo se ha vuelto más duro. Yo tengo Spotify, no reniego de ello, lo utilizo para acceder a músicas relativamente oscuras que de otro modo no conocería, pero no sé si a los músicos se les paga, o si van a tener tiempo de trabajar en cosas que aprecio… se ha hecho todo más difícil.

También es verdad que el término “indie” está totalmente vacío de contenido ahora mismo.
(risas) Siempre ha estado vacío de contenido. Nunca lo he entendido. No sé dónde esta la diferencia entre el “Highway 61 Revisited” (1965) de Bob Dylan y cualquier disco que se considere “indie”. No lo pillo. ¿Solo porque Columbia lo publicó?

“No me gusta cuando alguien descubre un nuevo modelo de sintetizador y eso determina la canción más que la propia escritura”.

Mencionabas Spotify: hace unos días publicabas en tus redes sociales la clásica lista con la música que más has escuchado en la plataforma durante 2020, con nombres como Jan Garbarek, A Tribe Called Quest, Steve Reich, Robin Guthrie, Beastie Boys, Silver Apples, DJ Shadow, Nina Simone o Tindersticks. Es un rango bastante amplio, la verdad. ¿Te influye algo de esto a la hora de componer?
En el último disco, no, la verdad. John Cale, por ejemplo, siempre ha sido una gran influencia. Pero si tuviera que concentrarme en todos los músicos que has mencionado y luego hacer un disco, sería un batiburrillo indigerible. Pero sí te puedo decir que la figura de John Cale, o la de Brian Eno, Lou Reed o Roxy Music, siempre están ahí. Diría que mi background tiene que ver con lo eso que la gente entiende por art rock. Pero puede que el trabajar con Will (Johnson) en Texas haya aproximado este disco más a lo que sería el clásico cantautor sureño. De forma premeditada, he enfocado todo más a la canción, más que en el hecho de añadir un sintetizador… no como en Some Loud Thunder (2007), por ejemplo, en el que de forma frívola me centré más en ese tipo de detalles. Quería que este disco fuera más directo.

Es curioso, porque muchos músicos del folk rock norteamericano han empezado a utilizar sintetizadores durante la última década, y algunos de tus fans se sintieron decepcionados con “Some Loud Thunder” (2007), precisamente por ese cambio de sonoridad.
Me pasa mucho. Recibo muchas quejas (risas). A mucha gente le ocurrió con “Only Run” (2014). La influencia más significativa para mí en aquella época fue Brian Eno, sobre todo sus discos “Here Come The Warm Jets” (1973) y “Before and After Science” (1977). Creo que los sintetizadores son buenos para acompañar a la melodía, y eso era importante para mí. Pero cuando los sobreutilizas, algo que creo les sucede algunas bandas recientes, puedes olvidarte de que, como todos los instrumentos, en esencia son solo soportes. También hay gente a la que le ocurre con las baterías, hasta el punto de que a veces, si eliminas la pista de la batería, la canción es la misma. No me gusta cuando alguien descubre un nuevo modelo de sintetizador y eso determina la canción más que la propia escritura. Mucha gente se deja llevar demasiado por la tecnología. El otro día estuve escuchando el “Sign O’ The Times” (1987), de Prince. Aparentemente, él hizo la primera canción, “Sign O’ The Times”, con un sintetizador modular 2600, y lo primero en lo que pensé es en que es el mismo sonido de muchas canciones de Sly & The Family Stone, muchos años antes. A lo mejor hubiera sonado ridículo en manos de otro músico, pero él supo hacerlo. Era Prince, claro. Últimamente he estado viendo conciertos de suyos de aquella época, y es increíble cómo sonaban en directo con la banda al completo y cómo sonaba luego en los discos. No es mi disco favorito suyo, pero las canciones funcionan en cualquier formato. Volviendo a lo que te decía de la tecnología, muchos críticos están fascinados con determinados beats, bleeps y bloobs, pero si rascas un poco, no hay nada bajo ellos (risas).

Has hecho muchos conciertos por streaming desde casa en los últimos meses. ¿Cómo han ido?
Me he vuelto a sentar ante el piano, que es, además, el primer instrumento que aprendí a tocar, y me he sentido muy cómodo. Cuando te remites a lo básico, si la canción se sostiene sobre el piano, sabes que lo hará en cualquier formato. Mis fans han podido disfrutar de mi música desde un ángulo diferente, así que, al menos en ese aspecto, ha estado muy bien.

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