“La música de hoy en día es muy efímera”
Entrevistas / Candeleros

“La música de hoy en día es muy efímera”

Alan Queipo — 21-12-2018
Fotógrafo — Archivo

Hablan de sí mismos como “un grupo de Madrid del Siglo XXI”, pero la cosa va más allá. Candeleros está compuesto por tres venezolanos y tres colombianos residentes en la capital, y que han decidido poner en contacto el folclor afrocaribeño que han mamado desde la cuna con las órbitas psicodélicas del nuevo siglo, tan cerca de la música de Los Mirlos y Meridian Brothers como de King Gizzard o Toy. Con motivo de la publicación del flamante EP ¿Sabe qué pasa? (Tierra Candela, 2018), nos sentamos a hablar con la mitad del grupo sobre política, apropiación cultural, inmigración, activismo, barrios, silencio y sí, también cumbiadelia sabrosona.


Soléis remarcar mucho vuestro origen latino, vuestra militancia activa en diferentes causas sociales… ¿Hasta qué punto el posicionamiento o discurso político es importante en Candeleros? E incluso, ¿hasta qué nivel afecta en la propuesta artística y en vuestra dinámica de grupo?
Sergio: En realidad, cada quien tiene su manera de pensar. Al ser de Colombia y Venezuela, y viviendo lo que se está viviendo en nuestros países de origen, hay bastante drama, y podría haber discusiones bastante intensas entre nosotros si las quisiéramos tener. Pero sí que, como inmigrantes viviendo en Madrid, haciendo la música que nos gusta y trabajando para sobrevivir, tenemos muchos puntos en común. La mitad del grupo llegamos como indocumentados y en época de crisis, fueron unos años muy complicados y nos lo tuvimos que currar mucho. Comíamos arroz con frijoles cada día, alguno tenía que hacer lo que fuera, incluso vender droga, para enviarle dinero a su familia.
Andrés: El discurso político va sucediendo naturalmente con lo que hacemos aquí, que es vivir, guerreárnosla por seguir adelante y abrir espacios. Cada uno llegó con su historia a España y cada uno ha sabido tirar para adelante en su mundo, pero al juntarnos en un proyecto común sí que hay algo evidente de discurso, no sé si político, pero sí que hay un mensaje claro, al menos sociocultural. Muchos de los que nos conocimos en la época de crisis, en esa situación de ilegales, ahora estamos estables y haciendo cosas que, creo, han ayudado a la comunidad no solo latina.
Urko: La idea no es llevar un discurso tan claro, sino que la música hable por nosotros. No queremos llevar “lo latino” porque sí, sino abrir espacios y enriquecer a la gente desde una perspectiva artística. Al venir de donde venimos, hay un sentir afrocaribeño evidente.

A mí me llamó la atención este tema sobre todo por la manera de presentaros al mundo: en los dossieres, descripciones o presentaciones del proyecto parece que estáis más cerca de una idea de “comunidad” que de “banda al uso”.
A: Nuestro encuentro sucedió al conocernos de hacer diferentes actividades o militar en diferentes causas que ayudaban a expandir la cultura latina y a integrarla con la manera de vivir española. Nos fuimos conociendo por diferentes proyectos nuestros o de amigos en común.
Cada proyecto en los que estamos metidos ha ido bien porque se ha ido alimentando del otro. Siempre hemos tenido en nuestros proyectos la necesidad de mezclarnos con artistas, diseñadores, músicos… y se ha generado esa sensación de comunidad. Y eso ayudó a que cada uno por su camino le vaya bien, pero también de manera colectiva podamos hacer muchas cosas en común y Candeleros es una de ellas.

¿Diríais que Candeleros es una especie de reacción artística de lo que hacíais a nivel gestión en comunidad?
S: Era una manera de buscar nuestro espacio aquí. Nosotros somos latinos de clase media que llegamos aquí, ni somos de clase adinerada de nuestros países ni tampoco de los guetos. Por eso nos podemos comer una empanada en un restaurante venezolano de barrio, el de verdad, pero también podemos comunicarnos y encontraríamos cosas en común con el restaurante hípster de empanadas. Nos gusta estar en esa zona intermedia y algo de eso se ha recreado en nuestra música, también nos gusta generar espacios para que la gente se conozca: gente que quizá no tenía otro sitio donde coincidir, ahora quizá lo es un concierto de Candeleros o una fiesta de Guacamayo Tropical.
U: Queríamos darle la oportunidad a la gente para ver qué es lo que tenía que aportar. A nosotros nos gusta tocar en los escenarios de festivales más importantes, pero también nos gusta hacerlo en las fiestas de barrio, para que esa sensación de comunidad y cercanía no se pierda y sirva para unir a la gente. Esa es nuestra misión.

“Siempre hemos tenido en nuestros proyectos la necesidad de mezclarnos con artistas, diseñadores, músicos… y se ha generado esa sensación de comunidad”

En cuanto a vuestro sonido, es evidente esa tradición afrocaribeña en la música, pero también hay cosas de psicodelia, de música negra, de rock alternativo… ¿Diríais que, como os pasa cuando tenéis que decidir dónde comeros la empanada, a la hora de encontrar una “escena musical” también os sentís en un espacio mixto?
U: Nuestra idea siempre ha sido no tener fronteras, porque al final todo cae por su propio peso. Si los más hípsters gozan en un concierto nuestro, genial. Si lo hacen los más hippies, también; si lo hacen los latinos, también.
A: De momento, creo está yendo muy bien: tanto en el público latino más popular como en el circuito indie-alternativo.

¿Os sentís más a gusto en un entorno que en otro?
S: En un entorno lo más variado posible.
A: Sí, en festivales que representan la diversidad de sus lugares y que te encuentras gente europea de diferentes edades, la mamá latina, el africano hípster… Nuestra propuesta tiene una ventaja más que un hándicap: al no estar encasillados, nuestro horizonte es el que queramos que sea (y, sobre todo, el que la gente quiere que sea) y tenemos mucho más margen de maniobra.
S: Pero nuestra idea no es ser sectarios, a mí eso me aburre. Me gusta que diferentes generaciones y procedencias se encuentren, hablen, bailen, se droguen, hagan lo que quieran.

En los últimos años la música latina (no solo el reggaetón) están más integradas no solo en circuitos mainstream, sino también en los alternativos y de vanguardia. ¿Sentís que la música latina es más transversal ahora, y que ya no tiene ese carácter “exótico”?
Andrés: Sí, yo creo que se naturalizó bastante. Hubo un boom hace siete u ocho años en el que se empezaron a introducir muchas propuestas latinas, y en vez de “cumplir un cupo” comenzaron a tener un protagonismo importante dentro de los carteles. Bandas como Chico Trujillo o Bomba Estéreo, por ejemplo, que son bandas con un gen muy popular, han conseguido trascender circuitos y fronteras.
Sergio: Aquí antes lo latino estaba más asociado al circuito de fusión, en una onda más hippie-punki… Pero esa onda nunca nos ha llegado a cuajar del todo: nos gustan algunas cosas, pero no nos encanta.

Os gusta más el Primavera Sound que el Viña Rock.
Candeleros: (Ríen)
S: Nosotros vamos donde nos inviten. Si hay comida gratis y alcohol, nosotros vamos (risas). Ahora, si vamos al Primavera Sound posiblemente nos gusten muchos grupos, pero también estemos ahí hablando del postureo y en el Viña también lo pasaríamos genial, estaríamos hablando de si hay mucho tirado en el piso perroflauteando… pero tenemos capacidad de tripearnos donde sea.
A: Hemos tocando en los centros sociales okupados más malandros, pero también en el Thyssen. No tenemos límites ni una onda concreta. Formar parte de un nicho concreto nos limitaría bastante tanto como músicos, como personas y como propuesta.
U: La música que hace Candeleros es bastante diversa: hay cumbia, merengue, psicodelia…

Siendo latinos, y viendo cómo tantos proyectos occidentales están incorporando matices de músicas folclóricas latinas, ¿qué opinión tenéis sobre el monotema de los últimos meses: la apropiación cultural?
S: Eso es algo que ya se hablaba en nuestros países desde hace años, sobre todo, en eso de que los “grupos de ciudad” se ponían a tocar músicas que formaba parte de entornos más “rurales”. Seguramente, cada cual en su ámbito algo pillará del otro. Es un debate muy abierto y muy ambiguo. De alguna manera, sí que cuando ves un caso muy evidente quizá da algo de rabia, pero también ponerse a quejarse de ese tipo de cosas te convierte en un hater inflexible.
A: En Colombia hay un ejemplo con Quantic, que es un proyecto que generó mucho debate, es un inglés que llegó a Colombia, sacó un montón de música electrónica fusionada con ritmos folclóricos colombianos… y hay mucha gente que lo ve muy mal, como un “intruso”, y mucha gente que lo ve muy bien.
A mí me parece que no está mal lo que hace, no solo porque lo hace bien, sino porque ha explorado lo que había aquí y consiguió que llegara fuera y que mucha gente que igual no hubiera escuchado nunca una cumbia entró en ella a través de él. Incluso gente de Colombia, parece que tiene que venir alguien de fuera para decirte lo que forma parte de ti y que tú lo comprendas.

Pasó también con Buena Vista Social Club, por ejemplo…
A: Exactamente. Y con Sidestepper, que es una banda creada por un productor inglés llamado Richard Blair, que llegó hace más de veinte años a Colombia y empezó a grabar a Totó la Momposina, y se quedó allí, ayudó no solo a que la raíz de la música colombiana salga fuera, sino para hacernos tomar consciencia a los colombianos de esa música espectacular que teníamos alrededor nuestra y que no estábamos disfrutando. Si las cosas se hacen bien y se hacen con respecto, da igual que la haga un gringo o un chino. Hay muchas cosas mezcladas: celos, rencores, envidias… y al final eso es lo que saca a relucir la apropiación cultural.
S: A la gente le molesta que llegue alguien que tiene más mano para vender música en el mercado discográfico, sobre todo. Pero la música colombiana siempre estuvo ahí: probablemente hay muchos que, de manera inconsciente, rechazaban algunas músicas o marcas culturales de Colombia y Venezuela, pero cuando fueron asumidas por la industria discográfica occidental, acabaron teniendo interés. Lo importante es que este tipo de cosas se hagan.
A: A nosotros en las fiestas de Guacamayo Tropical nos han criticado, también: “ustedes viven en Europa de música que se hace en Colombia y no le dan nada a la gente”. Espera… ¿qué tengo que darle a la gente? Yo no tengo la culpa de las desigualdades sociales. En las fiestas ponemos de todo: folclor, música moderna… y la gente critica en la distancia con un desconocimiento absoluto de lo que hacemos.

Decís que “bailar es un acto reivindicativo”. ¿Qué pretendéis conseguir con generar ese ritual de baile? ¿Creéis que estáis consiguiendo que la gente que no estaba acostumbrada a bailar en los conciertos lo haga en los vuestros?
A: Yo siempre estuve mal acostumbrado, porque todas las fiestas que monté o que participé, incluso desde que era pequeña, en mi casa mi papá ponía vinilos, toda era música bailable. Y eso se queda. Para nosotros de Latinoamérica bailar es algo innato, instintivo, de comunidad. Y cuando tienes una propuesta artística es normal que eso salga por ahí, es una tendencia a hacer lo que sentimos y lo que somos.
S: Nuestra propuesta es bailable, pero moderada. No somos una orquesta de salsa, que te saca el diablo de adentro. Con Candeleros te puedes fumar tus porros, estar bailando, pero relajado, y tienes partes más psicodélicas y otras más de baile. A todos nos gustan… los contratiempos (risas).

Hay una frase que dijisteis una vez: “pareciera que la música del futuro evoluciona a través del reencuentro con su pasado”. ¿Diríais que esa es la deriva en la música de vanguardia?
A: Es lo que yo como proyecto de vida quise empezar a explorar. Antes de venir a España, tuve ciertas experiencias con música roots y tradicional; cuando llegué aquí me di cuenta que eso mismo estaba empezando a reclamarse, también, con añadidos electrónicos y modernos. El reencuentro con el pasado ha evolucionado a lo que hoy en día tenemos y gente como Nicola Cruz, Chancha vía circuito, Chico Trujillo, Totó la Momposina, Los Mirlos, Magín Díaz, Petrona Martínez… tocan hoy en día en festivales de todo el mundo. Hay una manera contemporánea, e igualmente honesta, de hacer música racial y pasional.
La música de hoy en día es muy efímera, dura un mes, todo es cíclico. Pero hay cosas que siguen estando ahí. La cumbia o la puya no van a pasar de moda. Son cosas que no se hicieron para la moda ni aprovechando el tirón de algo en concreto.
S: El que va de moda en moda se va a divertir bien poco.

Sois más un grupo instrumental que cantado. ¿Por qué esa decisión de quedaros callados? ¿Se pueden decir más cosas sin hablar que hablando?
A: Primero, cantamos mal, muy mal (risas). Hemos tratado de hacer como coros, pero poco más. Sí que pensamos que instrumentalmente se pueden transmitir más cosas. La música latina y de descendencia africana es muy de ritual, de entrar en trance, con un aire muy chamánico… y nos interesa más eso que tener a alguien abajo repitiendo lo que uno está diciendo sobre el escenario.
S: Tenemos muchas amigas y amigos que cantan muy bien, tanto del mundo del rap como del mundo del folclore… y tenemos mucho respeto a cantar bien. Nosotros cantamos feísimo y hay cosas que pueden resultar graciosas, pero cuando hemos metido canciones cantadas hemos contado con gente que nos gusta y que conocemos, porque nos apetecía que fueran canciones que sonasen como a nosotros nos gusta escuchar las voces. Si lo volvemos a hacer, repetiremos ese modelo.
U: Es como al principio de la entrevista: es una manera de conectarnos y relacionarnos con otra gente que está en la onda, y con la que compartimos cosas. La instrumentación de Candeleros es muy extraña: somos muy percutivos pero a la vez armónicos y todo ha sido muy experimental. Encontrar nuestro sonido nos ha llevado nuestro tiempo. Creo que tenemos una personalidad estética y musical muy potente, en ese sentido.

¿Tenías grupos-modelos a la hora de inspiraros?
Sergio: Sí y no. Sabíamos que si cantábamos no era para cantar rollo cantautores o tirar de los recursos a los que siempre se asocia lo latino: las palmeras, el aguacate, el melón, la piña, la papaya, el tucán… Las letras cursis se nos hacen bola. Le tenemos mucho respeto tanto a la vez como a las letras.
Andrés: El aporte nuestro al proyecto es en aspectos instrumentales, rítmicos… Como inspiraciones hay varios ejemplos: Los Mirlos, Los Pirañas, Romperayo, Meridian Brothers, mucho merengue, salsa, pero también King Gizzard & the Lizard Wizard.

“La música latina y de descendencia africana es muy de ritual, de entrar en trance, con un aire muy chamánico… “

¿Hasta qué punto se respira ‘barrio’ en Candeleros? Creo que todos sois o vivisteis en algún momento en Lavapiés-Arganzuela. ¿Os interesaba trasladar lo que se vivía en la calle?
Andrés: Tiene que ver mucho de dónde venimos. Ahora hemos confluido en una zona donde estamos cómoda viviendo, pero yo creo que tiene más que ver con nuestro origen. Pero sí que es cierto que la multiculturalidad que hay en estos barrios ha ayudado.
Sergio: No sé qué hubiera pasado si viviéramos en Vallecas. Supongo que no nos hubiera gustado tanto.

O podéis ir al Barrio de Salamanca y empezar a hacer música tipo Taburete.
Sergio: ¡Urko vive allí, es un infiltrado! (risas) A nosotros nos gusta la vida de calle, y Lavapiés se presta mucho para tener tanto eso de charlar con la vecina como el de tener una vida social muy activa y conocer gente y escuchar cosas muy diferentes todo el rato.

¿Vuestro plan es seguir militando en el circuito underground o tenéis intenciones de fichar por algún sello?
Andrés: El underground también tiene su industria. Yo vivo en y del circuito underground. Y nos da igual tener que cargar altavoces. La industria está cambiando mucho y se está diversificando más. Lo que antes centraba esfuerzos económicos en dos o tres, ahora es a diez o a doce. Las marcas también buscan en los pequeños nichos, en bandas que mueven cien personas. Nosotros podemos hacer veinte conciertos al año en Madrid, y todos van a ser bien recibidos. Y la gente ya tiene una consciencia mayor del circuito underground. Ya somos más reconocidos, y podemos pedir ciertos mínimos.

Acabáis de sacar el EP nuevo, “¿Sabe qué pasa?” (Tierra Candela, 2018). No sé si tenéis cosas en mente, próximos movimientos en los que estéis trabajando.
Andrés: Nos gustaría grabar un LP. Y también empezar a tocar menos en Madrid, y así el año que viene generar cierta expectación y tener un show diferente que presentar. Si bien hemos tenido la posibilidad de salir a tocar fuera, nos gustaría consolidarnos en el circuito musical español. Y que el proyecto se retroalimente económicamente: que no tengamos que sacar dinero de nuestro bolsillo para poder plasmar las ideas que se nos ocurren.
Sergio: Nosotros no tenemos dinero, y dar cada paso es muy difícil. Cada uno tiene su trabajo, somos seis personas, muchos instrumentos… y hasta que hemos podido empezar a exigir un mínimo nos ha costado lo nuestro. Pero nos gustaría estabilizarnos en España.

Porque os sentís un grupo español, entiendo.
Andrés: Sí… Hace poco estaba rellenando un formulario, y claro, puse España. No hay ningún nativo español en el grupo.
Sergio: A mí me gusta más como un “grupo inmigrante”. Tiene su encanto: no somos de un lugar específico.

Candeleros es un estado mental.
Candeleros: (Risas)
Sergio: Yo diría que somos “un grupo de Madrid del Siglo XXI”. Yo no me siento español, aunque me guste mucho España y viva aquí.

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