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tracey thorn Otro Planeta. Memorias de una adolescente en el extrarradio

Tal y como dice Tracey Thorn que le comentó su marido, Ben Watt: “nunca conocemos a nuestros padres mientras crecemos, solo acabamos entendiéndoles cuando ocupamos la antigua posición en las que ellos ya no están, y es posible que no pueda ser de otro modo”. De hecho, la conmovedora voz de Everything But The Girl confiesa que no habría sido capaz de escribir estas memorias con sus padres aún en vida. Nos creemos especiales –esto ya lo digo yo–, pero nuestra existencia no es más que otro eslabón dentro de una cadena evolutiva en la que nuestros roles se repiten hasta el infinito. Acabamos repitiendo lo mismo que odiábamos escuchar a nuestros padres cuando éramos unos críos. Solo cambian las brechas generacionales: la que separaba a Tracey de sus padres es mucho mayor que la que parece separarla a ella de sus dos hijas mayores, ya a punto de abandonar el nido.

Queda bastante claro que la ausencia definitiva de sus progenitores fue el motor que impulsó a Thorn a escribir estas memorias de adolescencia, que en realidad nacen de una serie de artículos publicados antes en prensa, y que son como una especie de spin off de su fantástico “Bedsit Disco Queen” (2013), este aún no traducido al castellano. Una pubertad que se desarrolla en la plomiza Brookmans Park, localidad del condado de Hertfordshire, a poco más de media hora de Londres, separada de ella por el enorme cinturón verde que rodea la gran capital británica. Uno de esos lugares donde nunca ocurre absolutamente nada, como esa Haywards Heath en la que creció Brett Anderson (imposible no acordarse de su excelente “Mañanas negras como el carbón”), o como cualquiera de esas pequeñas poblaciones que parecen habitar en medio de la nada, a medio camino de Londres (y su fascinante atracción) y de cualquier otra gran urbe británica. Ay, el tedio: ese gran combustible para la emergencia de creadores singulares, como el contingente de Bromley –Siouxsie Sioux, Steve Severin, Simone Thomas– que ya daba la nota bien a gusto a finales de los setenta, en pleno brote punk, y que tan referenciales fueron (es patente en estas páginas) también para la autora.

La atención al detalle, el derroche de sensibilidad sin un ápice de sensiblería, la capacidad para transmitirnos esa congénita y vaporosa combinación de humor y amargura típicamente británicas y su habilidad para legarnos una hermosa lección de vida sin intención de sentar cátedra ni adoctrinar a nadie son las principales bazas de ese delicioso libro, gestado a raíz de sus anodinos y parcos diarios de adolescencia (que siempre ocultaban lo esencial: el autoengaño como defensa), entre mediados de los setenta y principios de los ochenta: una época de sucesivos descubrimientros (los primeros discos, las primeras discotecas, los primeros ligues, los primeros viajes, la música disco, el punk, el primer synth pop, los albores del indie). Tracey Thorn lo hace con una elegancia extrema, consciente de que llega en un momento propicio (por eso menciona las memorias abiertas en canal de Viv Albertine o de Chrissie Hynde), y recordándonos que la vida puede ser muy perra, y a veces también, como decía aquel, algo maravilloso.

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