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Brett Anderson

Se publica en España a través de Contra, “Mañana negras como el carbón”, primera parte de la autobiografía de Brett Anderson, vocalista y líder de la banda británica Suede.

Al igual que ya hiciera Moby en su momento, el líder de Suede esquiva los lugares comunes de la fama y el éxito afrontando su autobiografía como un relato que comienza en su infancia y termina justo en la firma de su primer contrato discográfico, en los umbrales de la popularidad. Nos deja así con la miel en los labios, salvo que se anime – y sería deseable – a entregar una segunda parte. Porque su forma de contarnos su adolescencia y juventud en la anodina Haywards Heath (a medio camino de Londres y Brighton) es literariamente casi tan brillante como las memorias de Morrissey, una de las sombras creativas – la de The Smiths, vaya – que se extiende a lo largo de ciento ochenta y nueve páginas apasionantes, que se leen en un suspiro y destilan la vis más evocadora y reflexiva de uno de los mejores frontman de una de las mejores bandas que ha dado el pop británico en las últimas tres décadas.

Queda claro que la paternidad fue lo que le espoleó a dar rienda suelta a su “Amarcord” particular, y que la complicada relación que mantuvo con su padre (al fin y al cabo, eslabón de una cadena ahora prolongada por su hijo) determina gran parte de este sincero, humilde y descarnado acopio de recuerdos de un pasado curtido en la pobreza material y la irrelevancia creativa. De hecho, no escatima puyas a sus propios pinitos como vocalista, y si algo asume es el papel central que Bernard Butler – el más músico de la formación original – jugó a la hora de profesionalizar a la banda.

Relato de iniciación a la vida, de descubrimiento continuo, de lazos más o menos duraderos en torno a la juventud y al amor –que encontró por primera vez en Justine Frischmann (Elastica), central en la primera fase y en las primeras canciones de Suede– , Mañanas negras como el carbón es un libro franco y veraz, del que no emana rencor. Sin ajustes de cuentas ni carnaza para los tabloides.

Hay que estar muy al quite para localizar un par de recaditos: no se pierdan las referencias a la pintada de “Modern Life Is Rubbish” cerca de Marble Arch ni al detalle de que dejó su colección de anuarios de Popscene en casa de Justine tras su ruptura con ella, porque al innombrable (Damon Albarn) ni se le cita. Unas memorias elegantes, emotivas y –lo que es más importante– excepcionalmente escritas.

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