Semilla del Son. Crónica de un hechizo
Libros / Santiago Auserón

Semilla del Son. Crónica de un hechizo

7 / 10
Carlos Pérez de Ziriza — hace 4 semanas
Empresa — Libros del Kultrum

Topándose con los encastillados prejuicios del rockismo más recalcitrante, Santiago Auserón enfiló los noventa con la obsesión por descubrir a quienes, en cierto modo, fueron algo así como los John Lee Hooker o los Robert Johnson de la música popular en castellano: aquellos viejos soneros cubanos que habían entrado en contacto con la rítmica africana desde principios del siglo XX. Fue una empresa coherente con la propia travesía de Radio Futura, que se fue latinizando hasta tocar a su fin con “Veneno en la piel” (1990). Rebuscando en los archivos de la EGREM (la discográfica estatal cubana) y contando con el inestimable apoyo de Bladimir Zamora, Auserón agrupó grabaciones de Trío Matamoros, Faustino Oramas “El Guayabero” o Arsenio Rodríguez en “Semilla del son” (1991), puerta de entrada para el público español en un universo de sonidos que ni siquiera en su propio país había sido revisitado con todos los honores. Más tarde haría lo propio con Compay Segundo, al tiempo que emprendía su trayecto de rock montuno ya como Juan Perro.

Este libro, que es la reedición ampliada del que él mismo autoeditó hace un par de años en La Huella Sonora, explica los motivos, el transcurso y todos los pormenores de esa antigua querencia por Cuba, desde su primer viaje (en 1984) hasta la actualidad. Es un cuaderno de bitácora escrito con el detalle al que acostumbra, en el que reivindica con recato –el que procura la inteligencia– un trabajo, su afán investigador y su propósito por dar visibilidad a un legado musical que iba mucho más allá del postrero estereotipo salsero con el que trascendió sus fronteras. Un empeño en el que se topó con la voracidad anglosajona, primero la de David Byrne y luego la de Ry Cooder, sobre las que aquí se moja emitiendo su propio juicio: a la primera, la de Luaka Bop, la calificó como “algo presurosa y miscelánea, en tanto que ‘Semilla del son’ se propuso transmitir una imagen coherente y rigurosa”. A la segunda, la afamada “Buena Vista Social Club” (1996), la tilda de “disco apreciable, de repertorio habitual y sin aportaciones originales, en el que la función musical de Ry Cooder se limitó a realizar un par de slides que no venían a cuento”, y no queda más remedio que asentir al unísono cuando remata su argumento diciendo que Cooder “no dio verdadera muestra de interacción creativa con lo cubano hasta ‘Chavez Rávine’, en 2005”.

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