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festival guillermo sáez

Muchos nos preguntábamos cómo era posible que, siendo los grandes festivales de música uno de los grandes catalizadores de masas entre la juventud de este país, aún no hubiera una novela cuya trama se desarrollase en uno de ellos. Tampoco existían muchas películas, la verdad, y el escasísimo éxito de público de las pocas que lo intentaron (como “El mundo alrededor”, de Álex Calvo Sotelo, amnbientada en un Viña Rock y estrenada en 2006) quizá tampoco fuera el mejor augurio para que alguien lo intentase desde el folio en blanco. El periodista logroñés –afincado en Madrid– Guillermo Sáez lo ha afrontado con desenfadada solvencia en “Festival”, una novela enmarcada en una de las últimas ediciones del Primavera Sound (la disparidad de nombres, de Damon Albarn a El Inquilino Comunista –pasando por Los Ganglios o Triángulo de Amor Bizarro– bien podría ubicarla en 2013, aunque la presencia de seguidores del Athletic de Bilbao en las calles de Barcelona la ubicaría dos años después) que supone su debut, y que le ha valido uno de los premios Logroño de Narrativa para jóvenes escritores, otorgado por un jurado que presidía Luis Alberto de Cuenca.

Se ha mencionado la sombra –recurrente– de Nick Hornby, e incluso (con más razón) la de las “Historias del Kronen” de José Ángel Mañas, pero en realidad este debut está más cerca de lo que sería un “Cuatro amigos” (David Trueba) para la generación que ha vivido el boom de los grandes festivales en este país como forma de prolongar esa postadolescencia que, enfilando ya los cuarenta, empieza a boquear hasta casi quedar exangüe: el gozoso paréntesis que supone ese fin de semana en el que las obligaciones de la vida adulta quedan en suspenso, hasta que la cruda realidad del lunes abofetea al personal. Como no podía ser de otro modo en un libro capitalizado por cinco amigos de caracteres muy definidos, se trata de una novela esencialmente masculina (no por ello exenta de apuntes femeninos), muy bien tramada, sostenida sobre el uso de un lenguaje más que desenvuelto y muy versátil (el obligado tono coloquial está muy bien contrapunteado por un uso muy gráfico de las metáforas), que no niega una cierta visión crítica de los propios megafestivales y de la sociedad que los fomenta, y que el autor remata con un disparatado tour de force final que acaba como solo los buenos pasotes suelen acabar. No diremos más. No le hagan mucho caso ni a su dudosa portada (no es un dechado estético) ni a ese título tan genérico que le resta personalidad (iba a llamarse “¿Quién va a los mandos de la nave?”), porque si se hacen con ella se divertirán de lo lindo.

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