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Durante un tiempo maldije al que nos prometió el paraíso. Eso fue hace muchos años. Ya nadie sabe en qué isla está ahora. Ni el paraíso, ni el autor de la promesa. Por eso tengo dos opciones, buscar al enemigo para ajustar cuentas o encontrar en el presente autores valientes que me den consuelo.

Yahvé M. De la Cavada lleva desde 1994 dedicando su vida a la música y la escritura. Cuando alguien como él, a quien sigues regularmente, produce de pronto 180 páginas, es obligado darle su merecida atención. El siguiente impulso me lleva a devorar las líneas precipitadamente, buscando doble y triple sentido en cada esquina. Por eso, porque esa primera lectura no ha sido todo lo justa que la cosa merece, he tenido el deseo de repetir.

La segunda vez me he sentido como un dispositivo óptico que lee un filme. Como quien hace algo para lo que está destinado de forma nacida, sin forzar, ni echar de menos, ni de más. Esto es lo que quiero hacer ahora, voy a leerme este libro y no quiero desperdiciar el momento. Es lo mejor que se puede sentir cuando se lee.

Yahvé propone un viaje interior en torno a los pensamientos de los tres protagonistas, donde la acción reside en la gestión de todas y cada una de sus preocupaciones, contradicciones y, finalmente, decisiones. Una generación, de entre treinta y cuarenta y tantos, que no sabe salir del desencanto que supone vivir una vida muy distinta a la soñada.

Por tanto, cada uno de los tres protas tiene que lidiar con una realidad que no le convence. Eso crea un escenario donde se duda entre dos opciones, que son muy parecidas a las que nos asaltan a diario. Mantengo el trabajo fijo o lo dejo, sigo la relación o corto, digo esto o mejor me callo, me voy lejos o me quedo… La contextualización del drama y su posterior explicación hace que, mientras uno lee, resulte inevitable asentir levemente pensando, joder, si me pasa lo mismo.

También en esta vida de segunda que estamos condenados a vivir hay que tomar decisiones, y el no tomar parte es una decisión en sí. O, como dice el autor, para cometer estupideces nos sobra ya valentía. En esa diatriba, los actores se encuentran por azar en un mismo espacio y tiempo, cada uno con su propio desastre a cuestas. Ya que no somos capaces de decidir, serán las circunstancias las que lo hagan por nosotros.

“El deseo de repetir” saquea las herramientas de las que dispone la lengua para agitar primero y moldear después su propio discurso. A partir de ahí, la narrativa se sostiene mediante una estructurada espontaneidad. El autor encuentra su propia voz en un estilo directo que dispara al cráneo sin buscar cobijo en la azotea. No es fácil desvestir la lengua y menos que parezca fácil. Sobre todo cuando no quieres autocomplacencia.

Destaco, por último, la capacidad propia y desarrollada del autor para levantar la mirada mientras el mundo la agacha frente a la pantalla de su terminal. Observar es gratis, pero también es cansado porque a menudo hay que esperar a que suceda algo. Y, por eso, ya solo enfocamos donde hay luces y colores. En la última escena, apabullante, se nos recuerda que no podemos mirar a otro lado cuando la vida te maúlla constantemente al oído. Hay cosas más importantes que tus planes de domingo y las tienes muy cerca.

Yahvé lo ha hecho. Ha mirado, ha escuchado y ha actuado en consecuencia. Si a todo ello le sumas un empático tema principal, resulta que “El deseo de repetir” está al alcance de un considerable público potencial. Aquí hay alguien que pone palabras a lo que te está pasando. No solo te pasa a ti.

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