Father of the Bride
Discos / Vampire Weekend

Father of the Bride

7 / 10
Carlos Pérez de Ziriza — hace 7 meses
Empresa — Sony Music
Género — Pop-Rock

A grandes rasgos, podríamos decir que Vampire Weekend optaron siempre – queriéndolo o no – a emblema de ese modelo de banda post Strokes e incluso post Arctic Monkeys, quizá los dos últimos alborotos del viejo pararadigma rock: versados, eclécticos y con su nada desdeñable pizca de africanismo. Así irrumpieron los de Brooklyn. Un nuevo cosmopolitismo sonoro que se amoldaba como un guante a tiempos líquidos, de playlists individualizadas, consumos de picoteo y poco margen para sacralizaciones en torno a la electricidad de las guitarras. Once años después de su irrupción, ya no son ese soplo de aire fresco que sacudió el tablero del pop independiente, pero al menos asumen su madurez con el mismo espíritu recreativo con el que empezaron, y esa es la mejor noticia que se puede extraer de su cuarto álbum, el primero que entregan sin Rostam Batmanglij (uno de sus bastiones creativos), que llega seis años después de su última remesa.

Han cambiado cosas desde entonces, claro. Ezra Koenig – también productor del álbum junto a Ariel Rechsthaid – ha sido padre y ha plasmado esa madurez evocando el soft rock de Fleetwood Mac (qué menos, siendo Danielle Haim su contrapunto en tres canciones) y el world folk de Paul Simon en un álbum tan excesivo como todos los dobles, nada menos que 18 canciones. Pero no ha perdido el olfato para despachar ciertas diabluras, unas llevadas a mejor puerto que otras, en las que sigue entendiendo el estudio como un patio de juegos en el que ahora plasmar su inquietud ante el cacareo de las redes sociales y el agitado clima político de una época enturbiada por los populismos.

Todo suena, desde luego, mucho más amable que en el oscuro “Modern Vampires of the City“: “Harmony Hall” es tan luminosa que podría sonar en cualquier FM de las de antes, “This Life” parece una canción de Jack Johnson, “We Belong Together” es puritito soft pop y “Sympathy” suena como el “Long Train Running” de los Doobie Brothers con palmas flamencas: hay que ver cómo patinan los anglosajones cuando se quieren poner hispanos. Un desbarre. Mejor parado sale el baladismo de la muy bonita “My Mistake” y el folk acuoso de “Big Blue”. Y, sobre todo, la retahíla de travesuras que enlazan en la recta final: los juguetones cambios de ritmo y pillerías vocales de “Sunflower” y “Flower Moon” (ambas con Steve Lacy, de The Internet, la segunda de ellas recordando al caleidoscópico Innervisions – 1974 – de Stevie Wonder), el ensoñador electropop de dormitorio de “2021” (con voz de Jenny Lewis) y el lounge pop digital de “Spring Snow”, que no queda muy lejos de los actuales Lambchop.

Father of the Bride” es un disco, en resumen, que funciona más como una colección de canciones que no como un álbum cohesionado. Reconfortante y sin grandes disrupciones. Como una lista reproducción que – en sintonía con los tiempos – puede escucharse prácticamente en modo aleatorio, en la que unos cuantos estimulantes hallazgos se dan la mano con otros momentos de amarrona y soleada complacencia.

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