Cuánto se pierden de la vida aquellos que renuncian a sus tormentos interiores. Eso parece querer decir Billie Lindahl y no puedo estar más de acuerdo.
Ni cuando sugiere que tenga cuidado, que no tropiece, que acechan los monstruos, que vivimos de la electricidad pero cada vez más a oscuras. Lindahl susurra, acaricia y no rasga, es inocente pero no tiene miedo: tiene el antídoto. Para ella son sus canciones, compuestas tras imitar canciones de otros tan livianos como ella en su habitación. Ahora tiene veinte años y un disco que suena como su habitación, pero ahora todo es suyo: su timidez, su debilidad, su fortaleza y, otra vez, su oscuridad. Lindahl parece querer transmitirme una especie de inquietud, la que tienen todos los que hablan con el corazón en la mano, sobre la posibilidad de tomar con ligereza su mensaje, sus canciones son para quien no tenga miedo de cerrar los ojos y mirar cara a cara a sus propios fantasmas y monstruos mientras escucha a los de Billie. En su habitación hay muchos. Y en la tuya. No sigas preguntándote a qué suenan, tienes que escucharlos tú mismo: es el último reducto de la sinceridad.
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