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Disgregar la formación que constituye la banda Trampas supondría tener sobre la mesa nombres que han formado, o forman, parte de proyectos relevantes en la definición de la reconocida escena surgida en Getxo durante las últimas décadas. Zodiacs, El Inquilino Comunista, Arana o Gringo resultan un origen demasiado singular como para no tenerlo en cuenta a la hora de considerar a los integrantes de este combo que presenta ahora su segundo disco. Dos años después de su debut, “Here Comes”, mantienen sin fisuras, y con mayor determinación si cabe, su ámbito referencial: el indie rock original. Un término lo suficientemente emborronado a día de hoy como para no tener la necesidad de aclarar que la representación elaborada por estos vizcaínos viene de la mano de un impoluto clasicismo.

Su reafirmación en dicha apuesta musical tiene por otro lado en este nuevo trabajo un aspecto diferenciador, que si bien no resulta sustancial a la hora de alterar su personalidad, sí es decisivo en cuanto a remarcar la definición de estas actuales canciones. De hecho, la incorporación a la banda de un cuarto miembro, concretamente Borja sumándose a las seis cuerdas, puede ser perfectamente presentado como el posible detonante que haya insuflado a la fabricación final del sonido un carácter más compacto y guitarrero. Y es que si bien una de las máximas de las bandas enroladas en este tipo de ambientes es el empleo de la distorsión, en esta ocasión la manifestación de tal hecho adopta, siempre manteniendo los límites de la escena, una faceta enérgica y directa.

No supone sin embargo la imposición de este matiz formal una modificación en la lista de influencias que se pueden citar a la hora de buscar en el subconsciente artístico de Trampas, siendo desde The Lemonheads a Sebadoh, pasando por Dinosaur Jr. e incluso la crudeza, sin la virulencia de ellos, de Hüsker Dü, aquellos horizontes a los que parecen evocar. Directrices creativas que remiten al entendimiento y compenetración entre pegadizas líneas melódicas y la maraña eléctrica sobre la que se posan. Ejemplo de ese perfecto equilibrio será la inicial “Anymore” y sobre todo una excelente “Not a Minute There”. Ideal confluencia de ese dualismo que si en la primera parte de “Yellow Fever” se decanta por priorizar los juegos vocales, en su discurrir tomarán mayor presencia las guitarras, esas mismas que opacarán cualquier otra consideración en la chirriante “Radio Tovarich” o que centrarán la vista -el oído mejor dicho- en los riffs clásicos y contundentes de “Cross the Street”.

La búsqueda de un entorno algo más hipnótico y volátil, con el que dan forma a piezas como “I’ve Been to Woodstock”, representa alguno de los detalles con los que la banda alimenta a este conjunto de temas convertidos en un empujón orientado a vigorizar una propuesta que en este segundo disco toma el semblante de un notable ejercicio de concisión y contundencia.

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