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Siempre es un balón de oxígeno desempolvar las grabaciones de un grupo como el comandado por el desconcertante Dan Tracey. En este caso, con más razón todavía, siendo a través de cuatro reediciones entre las que se encuentra “Privilege” (1989); sin lugar a duda, su clásico perdido. Recuperar tal manjar de pop amargo es toda una invocación a los placeres de hundirse en la miseria.

Más deprimente que Elliot Smith y Nick Drake juntos, a diferencia de estos dos iconos de la tristeza estomacal, Tracey juega con el oyente y disfraza de pop celestial lamentos sin medias tintas como “A Good and Faithful Servant” o “There’s No Time for Happy Endings”: postales que empatizan desde el miedo a ver pasar el tiempo bajo el lamento constante por las cosas perdidas durante el camino. Lo impactante es que la segunda de estas cuele por prima lejana de “Just Like Heaven”, y que el resto del buffet sea capaz de oscilar entre unos Prefab Sprout de finales de los ochenta, tal que en la titular del álbum, y una suerte de medios tiempos que Florent debe haber oído hasta la saciedad.

Tras un nuevo fracaso inmerecido como “Privilege”, el siguiente paso del grupo fue “Closer to God” (1992), otra de las criaturas resucitadas, donde las miras fueron puestas hacia la oscuridad sixtie de “A Painted Word” (1984). A pesar de las buenas intenciones, estamos ante un disco fallido, incapaz de aguantar las comparaciones con su pasado más inspirado. Aun así, sería de necios no dedicarle un tiempo a este trabajo: menor para Tracey, pero infinitamente superior a la media que se postula bajo sus mismas coordenadas estilísticas.

Para redondear la oferta, también se han publicado dos puertos de entrada ideales para el desconocedor del “Universo Tracey”. El primero de ellos, y más sugerente, es nada menos que una recopilación de sus singles, publicados en su época dorada, comprendida entre 1978 y 1989. Y que responde al adecuado nombre de “Some Kind of Happening”. La segunda es “Some Kind of Trip”, donde los años escogidos son los que engloban sus años más decadentes, y aun así dignos de revisitar, entre 1990 y 1994.

En definitiva, pruebas de peso a la hora de certificar (una vez más) la unicidad del hermano melancólico de Peter Pan.

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