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Perry Blake disco

Ha llovido mucho desde que Perry Blake irrumpiera como uno de los crooners del cambio de milenio, entre la estilización trip hop de su debut homónimo, su brillante giro crepuscular (“Still Life“, 1999, su cima no superada) y el exuberante cambio de tercio soft pop de “California” (2002). Luego su carrera se desinfló en un par de trabajos anémicos, y a nadie pareció importarle. Trece años, que son una enormidad en este presente hiperacelerado, es el tiempo que llevaba sin entregar disco a su nombre, enfangado en esa falta de confianza que atenaza a un buen músico (también con un carácter poco flexible, todo hay que decirlo) cuando se da cuenta de que apenas le echa de menos una minoría resistente y no hay sellos tradicionales que se aventuren a publicarle nuevas canciones.

Su vuelta nos lo presenta más electrónico que nunca: se nota la influencia del que fuera su último proyecto, Electro Sensitive Behaviour, con sus compinches Glenn Garrett y Graham Murphy (“Modern Love“, en 2014, fue su tarjeta de presentación), aunque la amplitud de registros que muestra da la sensación de obedecer o bien a un indisimulado intento por recuperar el terreno perdido o bien a una indefinición que, en su intento por seguir el rastro de sus héroes (Scott Walker, David Bowie o David Sylvian), acaba convirtiéndole en una suerte de Marc Almond de bolsillo, aunque haya quien compare su trayecto con el de John Grant. No en vano, Goldfrapp, Yello y Kraftwerk también se citan entre las influencias que luce en su perfil de facebook, y si algo predomina en este séptimo álbum son las atmósferas turbias y opresivas, sostenidas por sintetizadores que oscilan entre la agitación (las abruptas “The Lives of Strangers”y “Wrote You a Letter”) y un resultón envasado synth pop (“Broken Little Orphan”, lo más cercano a un single que encontrarán aquí).

También rescata el irlandés en este séptimo largo la canción que escribió hace años para Françoise Hardy (“So Many Things”) y saca el mayor partido posible a su imponente voz en un tramo final, con “Hypatia’s Lament” y la extraordinaria “Charlie Chaplin” (lo mejor del álbum) que prueban que, más allá de que venga a alertarnos sobre la necesidad de recuperar nuestra privacidad en un tiempo en el que todos nuestros movimientos son monitorizados a través de internet, su mejor versión es la más desnuda, la que apenas demanda ingeniería y solo requiere unos arreglos de cuerda para echar a volar. La que le podría haber convertido en una supernova en lugar de haberse quedado en seductor outsider.

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