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mark lanegan

Mark Lanegan lleva más de tres décadas metido de lleno en el negocio, periplo faraónico que, además de su generosa retahíla de discos en solitario, incluyó el liderazgo de Screaming Trees en los 80 y un sinfín de colaboraciones, de uno u otro tipo, que abarcan desde la ex Belle & Sebastian Isobel Campbell a los Twilight Singers de Greg Dulli, pasando por Soulsavers, Duke Garwood, Queens Of The Stone Age o el supergrupo Mad Season. Treinta años y el norteamericano no sólo continúa resultando un seguro de fiabilidad por creatividad e incorruptibilidad, sino que los últimos años ha consolidado poderosamente esa posición de artista de culto, solvente y férrea personalidad.

Ya en 2012 firmó una obra intachable como fue “Blues Funeral” (4AD, 12), y ahora repite con otro acierto pleno en el que no sobra ni una sola de las diez seleccionadas. Lanegan mantiene (y realza) su capacidad para inquietar y remover entrañas, al tiempo de sonar tan arrasadoramente contemporáneo como fiel a su propio estilo, ése que ha tejido y retocado con inteligencia al paso del tiempo. Y lo consigue ya sea a través de piezas directas como “Death’s Head Tattoo”, “Nocturne” (con homenaje interpretativo a Leonard Cohen incluido en su inicio), o al desplegar toda su alma de crooner en “Drunk On Destruction”. También funciona “Beehive”, a medio camino entre el Krautrock y The Velvet Undergorund, o el acercamiento al indie-pop desprejuiciado de una “Emperor” que bien podría haber venido firmada por The Dandy Warhols. El autor destaca además cuando acomete piezas de profundidad y desgarrador sentimiento como “Sister”, “Blue Blue Sea” o la desoladora “Goodbye To Beauty”.

“Gargoyle” ([PIAS], 17) se mueve en torno a una ejecución vocal tan reconocible como ardorosa, a la solidez y riqueza (bien medida) de la instrumentación, y a una acertadísima producción (la colaboración de Rob Marshall en el disco es imprescindible) homogenizando el sonido global. Mark Lanegan aúna instinto y tormento con elegancia y sensibilidad, y es en ese extraño choque de sentimientos, visceral y a la vez emocionante, donde concentra su campo de trabajo. Una parcela que unida al brillante momento creativo del músico y las jugosas colaboraciones de nombres sagrados como los de Josh Homme, y los mencionados Greg Dulli y Duke Garwood, deriva en la que es una de las entregas más coherentes, jugosas y, en definitiva, mejores de toda su discografía.

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